El otro día pude ver La muerte de Stalin en los cines de mi barrio en Montreal. Como con tantas otras cosas (*cof*Fariña*cof*), la mejor campaña de promoción ha sido su prohibición, en este caso en Rusia.

La película es una joya a la que le han dado el trabajo hecho. Suele pasar que cuando se coge un puñado de hombres muy dignos y muy ridículos y se enseñan las costuras de una dignidad que no es más que una pose aceptada por su entorno, queda el ridículo.

Mientras la veía, me imaginaba qué pasaría si alguien rodase algo similar en España de 2018. La muerte de Franco.

Seguro que también la podría ver en Canadá.