Los votantes británicos que participaron en el referéndum del Brexit eligen largarse de la Unión Europea. Una campaña de propaganda rusa apoyó ese resultado (ejemplo).

Donald Trump gana las elecciones en Estados Unidos. La culpa es de las fake news (ejemplo).

Un partido de ultraderecha se lleva más votos de los que serían deseables en las elecciones alemanas. Atención, no vaya a ser que los rusos metan la zarpa (ejemplo).

España, a finales de 2017, tiene la cosa esta de Cataluña. ¡Cuidado con los bots rusos en Twitter! (ejemplo).


Se nombra la propaganda y las fake news, pero no se nombra el contexto sobre el que actúan. Cada vez que se mencionan, la idea que se está apuntalando realmente es:

Todo va bien. Tenemos (en Occidente) un sistema social, político y económico envidiable que tiene mecanismos para cambiarse desde dentro. Alguien que vote de forma radical contra este sistema solamente puede hacerlo azuzado por agentes externos que quieren debilitarlo por oscuros motivos; nadie actuaría de esta manera. La única opción racional es seguir como estamos.

Yossarian quería dejar de salir a volar, porque las misiones eran peligrosas. Podía intentarlo obteniendo un certificado que afirmase que estaba loco, pero querer permanecer en tierra era signo inequívoco de cordura. Su única opción es boicotear cada misión en la medida de sus posibilidades.

El votante que protesta quiere cambiar el sistema, porque ha asumido racionalmente que el sistema está actuando contra él. El cambio puede intentarse desde dentro, pero los mecanismos de cambio son realmente mecanismos de protección que además han de ejecutarse mediante el conformismo. La opción restante es una locura1.

Vivimos en un Catch-22 muy chungo.


  1. estoy intentando establecer un paralelismo según me levanto de la siesta con la legaña puesta. No estoy juzgando aquí estos actos de protesta, pero pueden leerlo así si quieren.