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El título de este artículo es engañoso: no voy a pronosticar nada. Dejar profecías por escrito tiene la desventaja de que, cuando no pasen, todo el mundo podrá señalar lo equivocado que estaba. La otra opción es montar una secta y entonces ya se encargarán los acólitos de ir elaborando un análisis de texto muy complejo para dejar claro que no, que todo lo que se dejó escrito es en realidad correcto pero se está malinterpretando. Cuando esto consigue masa crítica, se le llama teología.

En todo caso, a lo que iba. 2022. Podemos elegir entre varias puertas con sus correspondientes premios. A saber: catástrofes naturales amplificadas por el cambio climático; crisis financieras de las de una vez cada milenio (según los modelos) que ocurren cada década; pandemia tras pandemia con variantes que agotarán no solamente las letras griegas, sino también los números naturales; guerras donde menos se lo esperan uno (no sé a cuánto se paga un Arabia Saudí - El Salvador, pero estoy dispuesto a meter 10 pavos ahí); y seguramente alguna que otra cosa que me esté olvidando, pero mi capacidad para pensar en distintos apocalipsis simultáneamente es limitada.

No sé dónde estará el premio gordo, pero sí puedo anticipar esto: va a ser mucho más grande y mucho más estúpido de lo que cualquiera podría esperarse. Echaremos la vista atrás y nos preguntaremos si la crisis de turno la ha gestionado un equipo de consultores.


Una cosa que leí el otro día en la que quizá no habían pensado y que creo que conviene tener en cuenta, por si fuese de utilidad en un futuro cercano: no es necesario afilar las guillotinas.