Se habla mucho últimamente de la necesidad de los estados de protegerse contra ataques informáticos que puedan poner en peligro tanto la integridad de sus instituciones (o la que quede) o directamente vidas humanas. Elijan su villano favorito: Israel, Corea del Norte, Rusia, China o Estados Unidos. Tienen muchos ejemplos de cosas que pueden caerse a pedazos: los hospitales que se quedaron off-line cuando el WannaCry, el sistema de gestión de residuos, los sistemas de control eléctrico, centrifugadoras en instalaciones nucleares, las elecciones (así, en genérico), vibradores, etc.

Sin embargo, les tengo que decir: todo esto no son más que obviedades contra las que uno se puede preparar. Con la autoridad que me otorga el haberme pasado esta mañana cuatro horas con un destornillador en la mano, vengo a comentarles el ataque definitivo:

Hacer que los sistemas de perforación de IKEA se salten un agujero en cada mueble, y que los paquetitos con las piezas contengan tornillos un centímetro más largo que la medida correcta.

El primer día, el porcentaje de la población que duda de su propia cordura alcanza masa crítica. Al tercero, las autoridades ya ni se preocuparían de retirar los cadáveres de las calles. Acuérdense de lo que les digo.


Unos minutos musicales.