Cuando dejé el mundo académico1 hubo varios cambios en mi vida que pude notar inmediatamente. Uno fue que al salir del trabajo, el trabajo se quedaba detrás de mí al cerrar la puerta y no me seguía por las calles echándome el aliento en el cogote, ni me ponía avisos en el calendario personal, ni me mandaba recados de fin de semana, ni me pedía que revisase textos gratis. Otro fue que empecé a pagar impuestos; aquí en Quebec los postdocs estaban exentos de pagar la parte provincial (ahora ya no, cambiaron la ley a principios del año pasado).

Así que a principios de 2016 me encontré siendo un casi-ciudadano --papeles al margen-- con plenas obligaciones, y comencé a contribuir a sostener los tres pilares fundamentales de la sociedad montrealense: las máquinas quitanieves, el equipo de relaciones públicas de Justin Trudeau y las bibliotecas de la isla. De lo primero no quiero hablar y lo segundo vive de ello, así que vamos con lo último.

No nos trajimos libros cuando vinimos a Montreal y apenas hemos comprado durante estos años. La causa principal de todo esto son pesadillas logísticas sufridas en carnes propias. La primera mudanza que hice, la de mentira, la de dejar casa padres pero convertir la habitación en almacén padres, no fue muy dolorosa; la segunda, la de vaciar las estanterías y meter de verdad todo en cajas, ya fue otra cosa. Todo esto está muy bien, John, pero eso ocupa espacio. Y además, si casi todo está en libgen, para qué vamos a almacenar más bártulos. Una cosa menos.

La red de bibliotecas públicas de Montreal es extensa y tiene un catálogo muy completo tanto en inglés como en francés. El servicio de préstamo on-line funciona estupendamente (el libro se reserva vía web, al lector le llega un e-mail cuando está disponible y en la biblioteca del barrio hay una estantería y un ordenador para que uno mismo se apunte el préstamo) y si alguien tiene problemas de movilidad le llevan los libros a casa. Además tiene múltiples actividades, relacionadas con la lectura o no. El otro día estaban anunciando un curso para que enseñar a mejorar el currículum antes de empezar a enviarlo por ahí, tienen un programa en el que voluntarios de la tercera edad van a leer a niños, y de vez en cuando montan exposiciones chulas como esta. Las bibliotecas son, en definitiva, uno de los pocos lugares realmente públicos que quedan, en el que uno puede reunirse por el mero hecho de ser, en lugar de consumir, lo que se agradece enormemente en esta época del tanto debes, tanto vales. Así que un día según salía del Metro (la biblioteca del barrio pilla justo frente a la estación), entré y me hice socio, por aquello de que en alguna hoja de cálculo aparecería un usuario más, y empecé a sacar libros que de otra manera me hubiera descargado.

Lo de leer libros de la biblioteca tiene su cosa. Uno tiene que tener un poco más de cuidado que con los que son suyos; los propios, una vez leídos, viven su retiro en una estantería cogiendo polvo, pero los que son de todos van acumulando el daño de uno y de otro, así que uno intenta que dejen sus manos como llegaron. A veces ocurren accidentes, claro. Alguien ha puesto un vaso de café encima, ha estado leyendo mientras comía patatas fritas o chocolate y ha dejado las hojas manchadas; estaremos de acuerdo en que merece cuarenta latigazos con la goma del butano y que le quiten la custodia de hasta los tebeos que tenga. Pero al menos no se ha metido en mi cabeza ni ha guiado mi proceso de lectura; la gracia de prestarse libros es que no se van agotando con sucesivas lecturas y que la persona que cogió este tomo que tengo ahora en la mochila lo leyó a su manera particular sin que yo tenga que seguirla.

Salvo que ese lector previo sea un hijo de puta de biblioteca.

Los verdaderos hijos de puta de biblioteca cogen el libro, lo consideran suyo y van marcando por dónde van. Luego, al terminar, le pasan al siguiente el libro y sus marcas. Tienen dos subespecies: los que doblan las páginas (hijoputismo ligero) y los que subrayan (hijoputismo cinco jotas).

Los primeros son los menos dañinos. Son los que doblan las esquinas del papel a modo de marcapáginas. Las enderezan cuando retoman la lectura, pero queda el doblez. Y luego cojo yo el libro y de repente me encuentro con una esquina doblada y me pregunto por qué alguien pararía justamente ahí y empiezan las dudas y me pongo a preguntarle mentalmente al hijoputa. ¿Por qué aquí? ¿Te has parado de verdad en mitad de todo esto? ¿Te estabas durmiendo? Si te estabas durmiendo lo puedo entender, yo a veces también pego cabezadas. Pero si no te estabas durmiendo, ¿es que esto que se lleva hilando desde hace un rato se va a terminar a la vuelta de la hoja? Miro a la marca del doblez. Ella me mira. Echo un ojo furtivo pasando la página y eso sigue y no tiene pinta de ir a acabar pronto. Igual te tenías que levantar al baño y no querías dejar el libro boca abajo. Eso sería natural; si hay algo que no es natural es parar aquí y nadie está poniéndole autobuses a esto.

En fin. Los chungos de verdad son los otros.

Los otros van leyendo con un lápiz en la mano (o, en cursos superiores, un bolígrafo, o ya en nivel Militante del PP, un rotulador) y van subrayando lo que ellos creen que es importante. No se lo marcan para ellos solamente, claro, se lo marcan a todo el que venga después. Así que cuando me toca uno de estos (durante el año pasado solamente recibí dos o tres tomos agraciados con motivos decorativos, afortunadamente, pero en alguna caja perdida en España hay alguno más, fruto de una compra de segunda mano que por otra aparte salió mayormente bien) voy haciendo grandes esfuerzos por hacer una lectura independiente, pero es como ver una película con alguien que ya la ha visto y te va diciendo atento aquí, que esto es important, o escuchar una canción y que alguien te diga ahora viene el solo, ya verás. Es como leerse un artículo en Medium, en el que el subrayado colectivo elige el fragmento más relevante (democráticamente relevante; es decir, el más muermo) y queda resaltado, no sea que uno lea mal. Al igual que en el caso anterior, pero con más fuerza, me encuentro debatiendo con alguien a quien no conozco pero que me ha dejado un camino marcado: ¿por qué esta frase es importante, si hace tres párrafos se dijo lo mismo y mejor? ¿Qué pretendes al resaltar esto si te estás dejando esto otro? Me entra un poco de síndrome del impostor, pensando que se me está escapando algo que debería estar claro, o incluso que no estoy entendiendo nada de nada. Como bola extra, uno subrayó con lápiz y luego intentó borrarlo, así que me dejó las marcas y las virutillas.

Por favor, dejen los libros como los encuentran. Es por el bien de todos.


Unos minutos musicales.


  1. de esto hace ya más de dos años y todavía no he contado la historia, pero igual un día de estos cae. Es muy divertida, e incluye un viaje de ida y vuelta a Estados Unidos para parar en la frontera a hacer papeles.