Llevaba diez años trabajando en aquel periódico. Me gustaba decirlo así, sonaba bien: Llevo diez años trabajando aquí. Pero no era exactamente la verdad: había empezado en una delegación regional de otra agencia; al principio les vendía mis fotografías de forma independiente, después me pusieron en nómina como chico para todo; la plantilla era pequeña y había que repartirse el trabajo. A los tres meses firmé mi primera columna. Año y medio más tarde fuimos absorbidos por una empresa más grande, la que desde entonces pasó a ser mi casa.
Llevo algo más de ocho años aquí. No impresiona tanto.
Podía presumir de haber tenido múltiples posibilidades de ascenso, pero yo sólo quería ser reportero en la sección de información internacional; promocionar hasta mi nivel de máxima incompetencia no era ningún sueño dorado. En ciertas circunstancias incluso ejercí labores de corresponsal en el exterior, cuando la información requería un periodista a la altura de la noticia. Recibía más cartas en mi buzón que el director del periódico, y comparativamente muchas menos críticas. No podía quejarme.
Todo iba viento en popa hasta que contrataron al nuevo jefe de personal. Un niñato encorbatado, peinado a gominazos con las puntas teñidas, que había llegado al puesto gracias a la pericia de su madre con las cremalleras. Quien crea discernir rencor en las líneas anteriores no anda errado.
Me caló desde el principio. El cómo lo hizo aún sigue siendo un misterio. Notaba que se paseaba a menudo por la redacción y se me quedaba mirando largo rato desde detrás de algún informe; yo procuraba ignorarle en la medida de lo posible, pero las miradas furtivas se notan más que las descaradas. No intentó echarme de allí desde el primer momento, decidió tomarse su tiempo y esperar a ver por dónde podía jugármela. Eso hay que reconocérselo.
Finalmente, convenció a la dirección para que todos los empleados tuviesen que pasar una revisión médica de forma anual. Hasta entonces no se había hecho nada parecido, la salud de cada trabajador era asunto suyo. Por supuesto, el chequeo corría a cuenta de la empresa: se daba buena imagen de cara al exterior y todo el personal pasaba unas horas pagadas en una clínica privada, que a su vez se beneficiaba del trato obteniendo un sustancial descuento en publicidad. Nadie puso mala cara a la iniciativa.
Casi nadie, claro.
Un mes después del chequeo vi entrar en el despacho del director al jefe de personal y a uno de los médicos de la clínica con una carpeta debajo del brazo. Ya había comenzado a recoger mis cosas cuando me llamaron para que entrase.
Había estado multitud de veces en aquella sala y casi cada vez había estado decorada de una forma distinta. Ese año se llevaba la estética zen: orden austero en forma de muebles blancos y negros y caos humano repartido en cientos de recortes, revistas y trozos de papel de origen indeterminado diseminados por el metal retorcido en diseño moderno.
-Tome asiento, por favor -dijo el director del periódico, sentado en la cabecera de una larga mesa ovalada. A un lado y a otro, el médico que había visto entrar minutos antes y el niño del impecable peinado. En el otro extremo de la mesa me estaba reservada una silla vacía. Me puse lo más cómodo que pude, dadas las circunstancias. El doctor, un hombre que ya no peinaba nada que no fuese una cana, revisaba algunos de sus papeles.
-Durante la revisión rutinaria que llevamos a cabo hace apenas un mes… -comenzó a decir.
-No es rutinaria. Era la primera vez que se hacía -le interrumpí.
-Será rutinaria a partir de ahora -sentenció el jefe de personal ante el asentimiento del director. Comprendí que estaba en minoría.
-Como iba diciendo -prosiguió el doctor-, durante la revisión hemos encontrado algo curioso en sus análisis. Al principio no estábamos seguros, tuvimos que llamar a un experto de otro área para que nos lo confirmase, pero la certeza que tenemos es del 100% -levantó la mirada por encima de sus gafas y se dirigió a mí directamente por primera vez-. Estoy convencido de que sabe de qué le hablo.
-¿Vuelvo a tener el colesterol alto? -Un farol más o menos. ¿Qué más daba?
El director se revolvió inquieto en su asiento. Obviamente la situación le incomodaba por momentos. Le hizo gestos con una mano al médico para que se apresurase. El viejo pasó una hoja y tragó saliva, bajo la atenta mirada del jefe de personal, que jugaba distraído con un mechón de pelo.
-Es… es usted una ardilla -dijo, blandiendo una pequeña cuartilla-. Está todo aquí.
-Oh -susurré-. ¿Está seguro?
El niñato dejó de juguetear con su pelo y se incorporó, apoyándose sobre la mesa mientras gritaba.
-¡Claro que está seguro! ¡Lo que no me puedo explicar es cómo nadie se dio cuenta antes!
Me subí a la mesa rápidamente y en tres pequeños saltos me puse a su altura. Le pegué un fuerte tirón de la corbata que hizo que se diese un cabezazo contra la madera, momento que aproveché para empezar a saltar sobre su sesera. El director salió corriendo llamando a seguridad y el médico se acurrucó en una esquina, entre una escultura en espiral de color negro y una mesita de cristal con burbujas. Entonces lo vi, escrito en el análisis de sangre, con claridad cristalina:
¡Atención! Contiene trazas de nuez
Antes de conseguir romperle algún hueso a la cara de aquel mocoso, dos guardias me agarraron por las patas delanteras y me sacaron de allí. Ni siquiera me dejaron llevarme mis cosas.
Llevaba 10 años trabajando en aquel periódico. Había escogido mal momento para volver a vicios pasados, pero en ese momento más que nunca necesitaba roer algo. Tendría que volver a llamar a mi colega en California…