Las penas del Agente Smith

23/6/2008

Puedes ser lo que quieras

Archivado en: Ida de Olla, Ficción — Perpetrado por RinzeWind a las 7:00 am

Los ojos, de lado a lado rápidamente, y mi capa roja se agitaba tras de mí abanicando una estela de nubes despedazadas por mi vuelo supersónico. La tierra era de mantequilla, y de un extremo a otro del planeta no había distancias, sino un abrir y cerrar de ojos de ingravidez. Las balas fueron esquivadas, paradas con la fuerza de una mano, sopladas de vuelta a los malos, que huían, caían, se rendían a mis botas.

Un tumbo y un manotazo y las ruedas del Aston Martin giraban a millas por hora, y mi esmoquin sin arrugas recordaba el olor del Martini, del Vodka y de la agitación de la espía rusa que había querido quedarse con la pajarita. Y con cuatro inventos y más trucos que Houdini soy amo y señor de cualquier situación imposible a tres minutos del penúltimo fin del mundo. Dios salve a la reina.

Media vuelta y un carraspeo, y una libreta y un bolígrafo a medio gastar. Era más alto de Hoffman y escribía mejor que Redford, era el confidente de Murrow en el bar a las cinco de la mañana con el malta ya caliente y aguado y el seco sabor de la ceniza por doquier. Y tres folios de mala letra repartidos por la mesa, y al otro lado del teléfono un silencio interminable; y una mujer de labios rojos en blanco y negro se levanta y se acerca al escritorio.

De una oreja a otra, y más allá del escenario se extiende un mar humano que acaricia el horizonte, manos al aire pidiendo otra tras pedir otra. Un gesto y un guiño al vacío, y dos baquetas chocan en el aire, dos, cuatro veces, y una sinfonía de tres acordes se estrella contra el espacio, y mi meñique y mi pulgar tienen ampollas, pero el sonido… el sonido…

El despertador. Es lunes. No soy Superman, ni Bond, ni un candidato al Pulitzer, ni una estrella del rock. Probablemente ustedes tampoco.

Pero soñar sigue siendo gratis.

20/2/2007

No cambien de canal

Archivado en: Ficción — Perpetrado por RinzeWind a las 7:52 am

Lo noté por primera vez hace ya varios meses. Fue gracias a una explosión: si a esa hora no hubiesen programado aquella película del tipo de apellido impronunciable yo no estaría contándoles esto. Dio la casualidad de que yo pasaba por delante de la puerta en el mismo instante en el que un coche saltaba por los aires. No le di mayor importancia.

Al volver a casa, bien entrada la madrugada, me dio por acercar la cabeza a la puerta. Tenía que pasar por allí para llegar tanto a la escalera como al ascensor que me llevaban a mi piso, no pude evitarlo. Sólo pude distinguir un ligerísimo zumbido. Lo dejé pasar.

Dos días más tarde, a las siete de la mañana, volví a caminar por delante de la puerta de aquel piso cuando iba de camino al trabajo. Me pareció oír un eco lejano. Consciente de que quedaría muy feo si alguien me viese, y aún más consciente de las horas que eran, decidí pegar la oreja con todo el descaro del que era capaz. Una voz lejana, con forzada seriedad, distorsionada posiblemente por la distancia y probablemente por una mala sintonización, informaba de que cierto jugador de fútbol se había lesionado el tabique nasal en una fiesta (aunque decían que era el ligamento cruzado). En algún país terminado en -istán había explotado algo cerca de algún sitio y había ocasionado algunos muertos. Tal cantante había confesado que su mayor éxito era un plagio de una canción menor de una banda desconocida.

A las 7:00, las noticias de la mañana.

En un principio lo consideré una afición. Le dije a mi mujer que no fumaría más dentro del piso y que saldría a la calle a dar un paseo cada vez que quisiese echarme un cigarro. Al pasar por delante del Bajo C, escuchaba. Me quedaba allí unos minutos: a veces se me olvidaba bajarme el paquete de palitos para el cáncer.

Al cabo de un par de semanas me compré una guía de programación, y en tres días logré averiguar el canal.

A las 13:30, la Ruleta de la Fortuna.
A las 17:50, un documental. Mañana, otro. Los sábados, una película dos horas antes.

Cada vez pasaba con más asiduidad. Necesitaba oír aquellas voces relajantes, personalizadas. No tenía que pelearme por el mando a distancia. El canal que necesitaba ya estaba puesto cuatro pisos más abajo. Y me daba lo que quería; sólo tenía que ir a él. Los presentadores, las modelos, el hombre del tiempo, todos eran amables conmigo.

A las 19:00, entrevista con una médium.

Todo va a salir bien.

A cualquier hora, publicidad.

Sabes quien eres. Sabes lo que quieres.

Una noche, ya tarde, comenté que iba a bajar la basura y a dar una vuelta, justo cuando mi mujer y yo íbamos a irnos a la cama. El sofá cama del salón se abrió del portazo. Me daba igual.

A las 2:00, Rocco conquista Polonia.

Ayer por la mañana supe que algo andaba mal cuando oí más ruido del habitual en el pasillo al bajar las escaleras. La policía estaba sacando los restos del dueño de la casa en una camilla cubierta con una sábana. Al parecer, le había dado un infarto mientras estaba sentado en el sillón, varios meses atrás.

Del interior del piso no salía ningún ruido.

Ninguno en absoluto.

Les cuento esto mientras rompo el precinto judicial de la puerta. Necesito oír su voz una vez más. Por lo menos otra vez. No, no sólo otra vez: necesito sacarla de ahí y despertarla. Porque sé que ella me cuidará como cuidó a su anterior dueño, que siempre podré contar con sus historias cada vez que la necesite. Porque sé que, en el fondo, ella me hablaba a mí y sólo a mí. Y que me mantendrá entretenido siempre.

Siempre.

Puedo contar con ello.

(Hace unos días, la policía encontró el cadáver momificado de un anciano, Vincenzo Riccardi, que había muerto hacía más de un año. La televisión que tenía puesta cuando falleció aún estaba encendida. No serán las cucarachas las que hereden el planeta: será nuestro ejército de cajas tontas emitiendo estupideces 24 horas al día a través de la señal de alguna pequeña emisora local que sufrió un corto.)

La sustancia que pudre el cerebro
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26/10/2006

De los eventos que rodearon mi muerte en desigual batalla

Archivado en: Ficción — Perpetrado por RinzeWind a las 7:27 am

Durante mucho tiempo me había preguntado qué me ocurriría cuando dejase el mundo, ese bello eufemismo que tanto nos gusta emplear porque nos ahorra pronunciar palabras mucho menos cómodas. Mis creencias personales me habían preparado para la nada, el cese de la existencia, la oscuridad. Sólo hay derecho a una partida en esta máquina recreativa que es la Tierra.

Aquella mañana supe que estaba fuera de mi cuerpo cuando comprobé que no necesitaba girarme para averiguar lo que había tras de mí, cuando me vi liberado de las restricciones de las cuatro dimensiones tradicionales, cuando encontré la facilidad para pensar con una claridad nunca antes conocida, cuando me libré de la torpeza electroquímica de la sinapsis. No hay espacio y tiempo fuera de la materia, el aquí y el ahora quedan como el recuerdo de una cárcel lejana. Todos los sitios en cualquier momento son cercanos y presentes. No existen ni el mucho ni el poco; nada es demasiado pequeño, ni está demasiado lejos, ni llegará más tarde de lo esperado. Las escalas son una reliquia de eso que se solía llamar pasado. No hay límites si no hay materia.

Con la conciencia aún torpe por mi nueva situación incorpórea inspeccioné el último lugar donde mi cuerpo físico había realizado sus funciones biológicas: mi lecho de muerte resultó ser el suelo de la cocina, convertida en un dantesco escenario. Un reguero de sangre atravesaba las baldosas blancas y negras del suelo, siguiendo el movimiento del alfil, dirigiéndose al pasillo. Ese líquido que abandonaba mi cuerpo serviría para que media hora más tarde una de las vecinas residentes dos plantas más arriba que pasaba por delante de la puerta se percatase de que algo no iba bien y llamase a una ambulancia.

También había salpicaduras de sangre en las paredes. Sobre la encimera de mármol, encima de un bote de azúcar que había vertido la mitad de su contenido, reposaba lo que antaño había sido uno de mis brazos, arrancado y retorcido de forma imposible a la altura del hombro. Una mano que asomaba tímidamente por encima de la nevera indicaba a dónde había ido a parar el otro.

Y, finalmente, antes de partir hacia otros lugares y otras épocas, siguiendo el rastro de lo que anteriormente habían sido mis dientes, encontré, magullado pero triunfante, derramando su contenido por todas las aberturas menos por la indicada, al causante de mi desgracia.

Un tetra-brick de leche de Hacendado. Con abrefácil.

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26/9/2006

Capítulo VIII (Apócrifo, extracto)

Archivado en: Ida de Olla, Ficción, Imágenes — Perpetrado por RinzeWind a las 7:31 am

Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos pálidos, que los suelen tener algunos de una transparencia casi cristalina. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son caballeros que vienen a atacarnos, sino nuestros reflejos en el agua, y lo que en ellos parecen lanzas amenazantes no son sino las nuestras propias, que agitadas por el viento hacen el efecto de atacar. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son caballeros enemigos, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran reflejos, y no otros caballeros aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran enemigos, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las aguas comenzaron a ondularse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque corráis más rápido que Berthold, me lo habéis de pagar.

Quijote, Sancho y sus reflejos
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20/9/2006

Revisión médica

Archivado en: Ficción — Perpetrado por RinzeWind a las 7:36 am

Llevaba diez años trabajando en aquel periódico. Me gustaba decirlo así, sonaba bien: Llevo diez años trabajando aquí. Pero no era exactamente la verdad: había empezado en una delegación regional de otra agencia; al principio les vendía mis fotografías de forma independiente, después me pusieron en nómina como chico para todo; la plantilla era pequeña y había que repartirse el trabajo. A los tres meses firmé mi primera columna. Año y medio más tarde fuimos absorbidos por una empresa más grande, la que desde entonces pasó a ser mi casa.

Llevo algo más de ocho años aquí. No impresiona tanto.

Podía presumir de haber tenido múltiples posibilidades de ascenso, pero yo sólo quería ser reportero en la sección de información internacional; promocionar hasta mi nivel de máxima incompetencia no era ningún sueño dorado. En ciertas circunstancias incluso ejercí labores de corresponsal en el exterior, cuando la información requería un periodista a la altura de la noticia. Recibía más cartas en mi buzón que el director del periódico, y comparativamente muchas menos críticas. No podía quejarme.

Todo iba viento en popa hasta que contrataron al nuevo jefe de personal. Un niñato encorbatado, peinado a gominazos con las puntas teñidas, que había llegado al puesto gracias a la pericia de su madre con las cremalleras. Quien crea discernir rencor en las líneas anteriores no anda errado.

Me caló desde el principio. El cómo lo hizo aún sigue siendo un misterio. Notaba que se paseaba a menudo por la redacción y se me quedaba mirando largo rato desde detrás de algún informe; yo procuraba ignorarle en la medida de lo posible, pero las miradas furtivas se notan más que las descaradas. No intentó echarme de allí desde el primer momento, decidió tomarse su tiempo y esperar a ver por dónde podía jugármela. Eso hay que reconocérselo.

Finalmente, convenció a la dirección para que todos los empleados tuviesen que pasar una revisión médica de forma anual. Hasta entonces no se había hecho nada parecido, la salud de cada trabajador era asunto suyo. Por supuesto, el chequeo corría a cuenta de la empresa: se daba buena imagen de cara al exterior y todo el personal pasaba unas horas pagadas en una clínica privada, que a su vez se beneficiaba del trato obteniendo un sustancial descuento en publicidad. Nadie puso mala cara a la iniciativa.

Casi nadie, claro.

Un mes después del chequeo vi entrar en el despacho del director al jefe de personal y a uno de los médicos de la clínica con una carpeta debajo del brazo. Ya había comenzado a recoger mis cosas cuando me llamaron para que entrase.

Había estado multitud de veces en aquella sala y casi cada vez había estado decorada de una forma distinta. Ese año se llevaba la estética zen: orden austero en forma de muebles blancos y negros y caos humano repartido en cientos de recortes, revistas y trozos de papel de origen indeterminado diseminados por el metal retorcido en diseño moderno.

-Tome asiento, por favor -dijo el director del periódico, sentado en la cabecera de una larga mesa ovalada. A un lado y a otro, el médico que había visto entrar minutos antes y el niño del impecable peinado. En el otro extremo de la mesa me estaba reservada una silla vacía. Me puse lo más cómodo que pude, dadas las circunstancias. El doctor, un hombre que ya no peinaba nada que no fuese una cana, revisaba algunos de sus papeles.

-Durante la revisión rutinaria que llevamos a cabo hace apenas un mes… -comenzó a decir.
-No es rutinaria. Era la primera vez que se hacía -le interrumpí.
-Será rutinaria a partir de ahora -sentenció el jefe de personal ante el asentimiento del director. Comprendí que estaba en minoría.
-Como iba diciendo -prosiguió el doctor-, durante la revisión hemos encontrado algo curioso en sus análisis. Al principio no estábamos seguros, tuvimos que llamar a un experto de otro área para que nos lo confirmase, pero la certeza que tenemos es del 100% -levantó la mirada por encima de sus gafas y se dirigió a mí directamente por primera vez-. Estoy convencido de que sabe de qué le hablo.
-¿Vuelvo a tener el colesterol alto? -Un farol más o menos. ¿Qué más daba?

El director se revolvió inquieto en su asiento. Obviamente la situación le incomodaba por momentos. Le hizo gestos con una mano al médico para que se apresurase. El viejo pasó una hoja y tragó saliva, bajo la atenta mirada del jefe de personal, que jugaba distraído con un mechón de pelo.

-Es… es usted una ardilla -dijo, blandiendo una pequeña cuartilla-. Está todo aquí.
-Oh -susurré-. ¿Está seguro?

El niñato dejó de juguetear con su pelo y se incorporó, apoyándose sobre la mesa mientras gritaba.

-¡Claro que está seguro! ¡Lo que no me puedo explicar es cómo nadie se dio cuenta antes!

Me subí a la mesa rápidamente y en tres pequeños saltos me puse a su altura. Le pegué un fuerte tirón de la corbata que hizo que se diese un cabezazo contra la madera, momento que aproveché para empezar a saltar sobre su sesera. El director salió corriendo llamando a seguridad y el médico se acurrucó en una esquina, entre una escultura en espiral de color negro y una mesita de cristal con burbujas. Entonces lo vi, escrito en el análisis de sangre, con claridad cristalina:

¡Atención! Contiene trazas de nuez

Antes de conseguir romperle algún hueso a la cara de aquel mocoso, dos guardias me agarraron por las patas delanteras y me sacaron de allí. Ni siquiera me dejaron llevarme mis cosas.

Llevaba 10 años trabajando en aquel periódico. Había escogido mal momento para volver a vicios pasados, pero en ese momento más que nunca necesitaba roer algo. Tendría que volver a llamar a mi colega en California…

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9/8/2006

Cuadernos de Historia Española - Año 2142

Archivado en: Ficción — Perpetrado por RinzeWind a las 7:03 am

Entrada 3.456.93-B: “De los eventos que rodearon la racionalización de las elecciones”

En los dos meses que precedieron a las elecciones del 26 de Marzo de 2108 se dieron de alta en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior y Asuntos Andorranos un total de 223 formaciones diferentes, que añadidas a las ya existentes arrojaban un total de 314 grupos. Algunos, como el Partido por la Legalización de la Heroína, no pudieron renovar su inscripción al no poder presentar a más de 50 miembros vivos plenamente humanos, tal y como estableció la reforma de la Ley de Ciudadanos Cibernéticos de 2105 (más en la entrada 3.405.02-A). Las nuevas normas establecidas para la legalización de los partidos políticos tras la Revuelta de Guadarrama ocasionaron que se establecieran alianzas allí donde previamente no había sido posible. El Partido Copero se presentó en coalición con el Grupo Liberal, después de que los primeros retirasen de su sede la momia de Federico Jiménez Losantos, famoso comentarista radiofónico de finales del siglo XX y principios del XXI que pasó sus últimos años en prisión al comandar un asalto al Palacio de la Moncloa junto con otro periodista y escritor, César Vidal, y un ex-terrorista, Pío Moa, el día siguiente al anuncio de ETA de abandono definitivo de las armas (más en la entrada 3.390.03-C). La intentona fue abortada por la Guardia Civil tras un soplo del mismo Vidal, que a cambio obtuvo un jugoso contrato para editar otros 50 libros al año siguiente.

La gran proliferación de las distintas agrupaciones fue, en gran medida, ocasionada por descontento debido al elevado precio del agua, a las condiciones precarias de los jóvenes “milloneuristas” (término de la época referido al sueldo medio de una persona de entre 20 y 90 años, en la arcaica moneda de la extinta Unión Europea) y a la aprobación de la Ley de Matrimonio Robosexual (más en la entrada 3.400.32-P), que las comunidades pijipis no llegaron a aceptar nunca en su totalidad. Se rumoreaba insistentemente que el precio del agua (3.000 rupias por 200 cl.) era debido a una burbuja hidrográfica similar a la burbuja inmobiliaria que hundió la economía española en el primer cuarto del siglo XXI.

Las encuestas, transmitidas por primera vez a través de la HoloRed, mostraban la disparidad de resultados habitual, aunque prácticamente todas daba por hecho que el Grupo Triunfito Independiente (GTI), formado con los ganadores de Operación Triunfo, un programa de televisión de gran éxito en aquella época, y que llevaba más de 100 años en antena, tenía grandes probabilidades de gobernar, aunque fuese en coalición con el Partido Popular Socialista de Izquierda Convergente, reducto de la política del siglo anterior y cuyo lema fue: “Te vamos a robar. La honestidad por delante”.

Ante la perspectiva de que las elecciones se hubiesen convertido en un circo mediático, y no “representasen ya la voluntad democrática de un pueblo que vota de manera informada” (declaraciones del presidente 100010, el segundo nacido no-humano en ocupar tan alto puesto), se decidió, a un mes de las elecciones, en el límite legal para cambiar la ley electoral, y por una mayoría de 900 votos frente a 37 (todo el arco parlamentario frente al Partido Por la Vuelta del Carlismo), prohibir las campañas electorales.

Desde ese momento, tal y como especificaba la Ley para la Racionalización del Proceso Electoral, quedaba terminantemente prohibido todo acto publicitario de un partido político llevado a cabo por todo ente que no fuese un avatar estandarizado de acuerdo a una norma publicada en el BOE (Boletín Oficial de los Estados). Además, a cada partido le fue asignado un número de forma aleatoria que pasó a sustituir su nombre oficial, siendo completamente secreta la correspondencia entre la cifra y el partido al que representaba, lo que provocó de manera efectiva que la propaganda realizada anteriormente a la aprobación de la ley quedase automáticamente invalidada al desconocer la población qué número había correspondido a cada partido concreto. Se autorizó asimismo el envío de un único archivo conteniendo el programa electoral de cada partido, por riguroso orden numérico y según un modelo formalizado, a cada ciudadano del país a través de la HoloRed.

De esa manera, según el presidente 100010, se perseguía “que el voto sea emitido en base a la ideología o proyectos de un partido y no por las filias o fobias despertadas por sus respectivos líderes, militantes o simpatizantes”.

Tras comprobar que la medida ocasionó las cifras más altas de abstención (95%) y de voto en blanco (80%) conocidas desde la Transición, se decidió…

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