Archivo de ‘Ficción’

(Empecé a escribir esto hace ya bastante tiempo, un poco después de la fecha en la que ocurrió el accidente de Spanair, mientras me sacudía de las gafas los restos carbonizados que me saltaban desde las páginas de algunos periódicos. Luego tuve mis dudas y pensé que quizá sería mejor dejarlo correr, pero dejé el borrador guardado, por si acaso. Estos días, mientras los buzos buscan un cadáver en Andalucía, la telebasura, que no necesariamente es un programa del corazón, encuentra su nicho; la misma telebasura de la que ahora parecen beber otros medios que se descuelgan con artículos lamentables con un 2.0 en el titular. Algún día, las cámaras llegarán primero y se quedarán con la exclusiva. Quizá sea mejor terminar ese borrador y escupirlo. Y que no nos pase nada.)

Ocurrió en algún punto del futuro. El auge del turismo espacial, hoteles-cápsula incluidos, había visto nacer la moda de pasar, al menos una vez en la vida, un fin de semana en una habitación geoestacionaria sobre las Bahamas, el Vaticano o el Gran Cañón. Durante un tiempo, tomarse un mojito sorbiendo burbujas ingrávidas a cientos de kilómetros sobre el Caribe fue la nueva histeria colectiva, primero con tarjeta a cuenta de la empresa y putas de lujo y más tarde a base de crédito y niños con los abuelos.

Después llegó el primer accidente.

Las antenas terrestres empezaron a retransmitir mensajes confusos primero, delirantes después y contradictorios cerca del final. Primero había sido un trozo de chatarra espacial el que había impactado contra uno de los módulos vacíos del Hilton Orbital 3, o el Orbital 2, o el Ritz Space Suite, sobre las Islas Canarias, encima de Sudáfrica o proyectando su invisible sombra sobre Nueva Zelanda. Más tarde empezaron a llegar informaciones que aseguraban que había sido una de las lanzaderas encargadas de llevar y traer pasajeros la que había tenido un impacto con un pedazo de basura primero, y se había estrellado a toda velocidad contra los tanques de oxígeno del complejo después. Quizá había sido encima del Índico. Había quién decía que había sido un misil iraní. Otros, que habían sido los chinos. Y todas las combinaciones posibles. Ninguna es cierta. Todas las anteriores. Al final, fueron las Canarias, la chatarra y el Orbital 2. Dos de la tarde, hora local.

Las televisiones españolas se hicieron rápidamente un hueco en la retransmisión mundial del desastre. La retransmisión por Intenet, o por lo que antiguamente se había conocido como Internet, antes de que los políticos decidiesen que lo de la cultura generada por los ciudadanos nunca podría acaparar tanta pasta para gastar en convites como los contenidos manoseados por los intermediarios, y se transformase en un canuto más a través del cuál emitir mierda convenientemente patrocinada y enlatada, fue seguida fundamentalmente por el público patrio. Se reciclaron platós, se cortaron las emisiones de los espacios programados para esa hora, se pasó a publicidad. En dos minutos una, dos, una miríada de caras afectadas en otros tantos distintos escenarios clónicos nos informaban de la terrible tragedia que había ocurrido allí arriba; que estaban con los familiares; que en seguida ofrecerían nuevos datos. Los becarios salieron a la calle armados con cámara, micrófono y la necesidad de rellenar varios minutos de drama humano: el de unas personas a través de los ojos de otras que no tenían nada que ver, convenientemente editado para todos los públicos de la sobremesa. Televisión de entrantes de lágrimas y ánimos mientras encontraban a los allegados de las víctimas y llegaba la carne.

¿Cómo se sentiría usted si alguna víctima hubiese sido un familiar suyo?

La Agencia Espacial Europea, reconvertida en parte en una empresa privada que ofrecía vuelos espaciales a viejos y nuevos ricos, cedió la nave con la que partió el primer equipo de rescate. Era un modelo viejo con tres módulos independientes que podían separarse hasta un máximo de cien metros del componente principal; era el máximo que daba el cable al que estaban anclados. Fue un recurso rápido de emergencia que se puso en marcha mientras otra nave, un modelo mucho más nuevo, más rápido y más versátil, se terminaba de despejar de material científico y se adaptaba su interior para dar cabida a los equipos de reanimación, los electrocardiógrafos, los medicamentos, los tanques de oxígeno, las mantas térmicas y toda la parafernalia necesaria.

Las televisiones consiguieron hacerse con otro vehículo. A día de hoy, nadie sabe de dónde salió, ni cuánto se pagó con él, ni como consiguieron la tripulación ni los sistemas de soporte, ni cómo se pusieron de acuerdo.

Un mensaje de nuestros patrocinadores.

Una grabación telefónica enviada por un telespectador muestra las últimas palabras de su padre antes de oír una fuerte explosión y los gritos de los ocupantes del módulo vital. ¿Quieren obtenerla? Manden un mensaje con la palabra QUIEROMAS al 5454. ¡Envíen sus grabaciones y consigan ustedes también una suscripción a nuestro canal de autopsias de famosos!

Un remolcador que se encargaba de retirar piezas de basura espacial consiguió apartarse de su trayectoria y acercarse lo suficiente al complejo como para captar algunas imágenes nítidas. Aunque el lugar del impacto estaba al otro lado de la estructura, toda la zona estaba cubierta de desperdicios. Algunos se movían. Parece ser que algunos ocupantes del hotel habían conseguido ponerse los trajes de emergencia antes de que la despresurización de los distintos módulos los expulsara al vacío.

Otros, al parecer, también habían conseguido acoplar los tanques de oxígeno portátiles.

Nunca hemos emitido otra cosa. Siempre hemos estado trabajando en esta tragedia.

En el espacio nadie podía oír los gritos de los supervivientes flotando a la deriva. Descubran por qué con nuestro experto después de la publicidad.

La nave fletada por las televisiones consiguió llegar al lugar del impacto media hora antes que la segunda nave de rescate. La primera, con toda su antigüedad, sus grietas reparadas y su antiguo motor de fisión, se había quedado finalmente en tierra mientras los técnicos intentaban encontrar una avería en el sistema de navegación.

Al teléfono, recibiendo la mirada afectada del presentador a través de la pantalla, estaba una chica de menos de treinta años que explicaba, entre sollozos, que su padre estaba en el hotel; que su habitación se encontraba al otro extremo de donde se produjo la colisión inicial; que, por favor, le buscasen.

¿Será su padre el ocupante del traje al que se acerca el cámara en estos momentos? Envíen SI o NO al 5544 y consigan una estancia en el Ritz Space Suite para dos personas.

Un miembro del equipo de rescate consiguió llegar a tiempo de evitar que el asistente soltase el último cierre del casco de aquel cadáver errante. El share bajó veinte puntos.

Las hojas de los árboles amanecieron escarchadas bajo las metálicas nubes de la ciudad, asimilando su tonalidades al alma de la mole de hormigón y cristal que cerraba la avenida. Frente a ella, miríadas de vehículos se arrastraban, enquistados en el asfalto, tratando de abrir paso, cerrar huecos, rellenar filas como en aquel viejo juego ruso. Las puertas del edificio estaban hechas de ese cristal automático que rehuye el contacto humano, permitiendo la entrada hacia un recibidor perpetuo de moqueta nueva y muebles recién barnizados. Los ascensores de los laterales, con esas aberturas reflectantes de brillos opacos que se deslizan imitando el sonido de una culebra de latón, llevaban a un pasillo en la parte alta de aquel engendro lleno de contratos a medio firmar.

La puerta al final de la hilera de luces blancas se abría a un despacho con el fondo acristalado de ese material tímido, no como el de la entrada del edificio, sino del que resulta impermeable a las miradas del exterior. La iluminación caía desde el techo en manchas, como el sol entrando en una habitación a través de los agujeros de una uralita metódicamente descuidada, sobre muebles aburridos sacados de algún catálogo estándar para ejecutivos innovadores.

A un lado de una mesa imposiblemente inmaculada se sentaba, flanqueado por montañas de papeles, un hombre de los de manicura semanal y cambio de corbata y marca de colonia diario. Manoseaba, disimuladamente, uno de esos móviles que son todo preocupaciones constantes. Desde el otro lado le miraba una cara con ojos a lomos de ojeras de varios días y una barba de la misma edad que la unía al cuerpo menudo mediante la garganta cazallera que todo el mundo esperaría. Discutía los últimos cabos del asunto que le había llevado allí, agazapado bajo el peso de un cigarrillo sin encender.

- ¿Y me podría explicar el funcionamiento?

- Lo desconozco completamente. Toda mi vida me he dedicado a empaquetar formatos nuevos y jamás he conseguido comprender cómo ha funcionado ni uno solo de ellos. Puedo ir un poco más allá de lo que dicen los panfletos publicitarios: este tipo de grabaciones proporciona en el usuario unas sensaciones asombrosamente similares a las que experimentó la persona que realizó la grabación originalmente. Le hablo de miedo, de emoción, de arrebato…

- ¿Lo ha probado usted alguna vez?

- Claro. Tengo un reproductor en casa.

- ¿Es tan parecido como me ha dicho?

- Depende en gran medida de la grabación inicial. Las primeras eran muy burdas, todo avanzaba a trompicones. Más adelante se refinaron los mecanismos y los resultados comenzaron a ser impresionantes. Hay por ahí una copia adquirida durante un safari en África, en un país de esos con animales, ya sabe, que quita el aliento. Si está interesado, creo que tengo por aquí algunos artículos del personal de desarrollo…

Se inclinó hacia sus pilas de papeles y empezó a rebuscar algunos documentos.

- No, no, déjelo -le interrumpió su interlocutor-. De todas formas no iba a entender una mierda de lo que pone. Pero déjeme ver si lo he captado: yo me pongo el trasto ése en el pecho mientras toco en el concierto, ustedes sacan de ahí una cinta, o lo que coño sea, y luego la gente en su casa, con ese casco color retrete que me ha enseñado antes, sentirá lo que yo sentí. ¿Es eso?

- Precisamente. Están trabajando en un emisor más elegante…

- Disculpe que le interrumpa. No sé mucho de llevar negocios, pero… ¿grabarme mientras toco en un puto concierto? ¿No les saldría más rentable ponerle la cosa esa a un soldado, o a un yonqui mientras se mete un pico?

- Bueno, se nos juntan varias cosas aquí. Tiene usted que entender, en primer lugar, que esto salió de los sótanos de una universidad. Para cuando la industria quiso entrar en el juego, ya había varios prototipos para construir sistemas de bajo coste. ¡Hasta los planos están por Internet! Parece que los inventores rechazaron patentar su creación, Dios sabe por qué… -se interrumpió con leve carraspeo-. El caso es que los productores aficionados nos han puesto las cosas muy difíciles. Un actor jamás puede tener las mismas sensaciones que una persona que realiza el acto de verdad. Hemos intentado grabar a dobles de acción durante algún rodaje pero el resultado no es el mismo. Fíjese: existe por ahí una grabación de un adolescente que se aparta de las vías del tren justo antes de que pase un convoy de mercancías. ¡Y se puede conseguir gratis, como lo oye! Tuvo una audiencia cien veces superior a cualquier cosa que nosotros podamos soñar hacer. Entenderá que no podemos adosarle el equipo al primer adolescente que nos acepte un triste cheque y soltarle al lado de la estación. Tendríamos un producto cojonudo que no podríamos vender, ¡los abogados, los reguladores, la puta prensa y las asociaciones de consumidores se nos tirarían encima! No podemos competir contra lo real, y para lo genuino de cierto nivel, para llegar a donde nadie más puede… le necesitamos a usted -sentenció con una sonrisa falsa. Él sabía que era falsa. El músico también. A ninguno le importó.

Diez minutos más tarde, el guitarrista abandonó el despacho mientras se encendía, por fin, el arrugado cigarrillo. Exhaló el humo de la primera calada fuera del ascensor justo antes de que comenzase a bajar.

Ahora ya, sin disimulos, podía dedicarse por completo a su teléfono, como un niño con su juguete, recostado en su butaca. No levantó la vista cuando oyó abrirse y cerrarse la puerta. Tampoco le hacía falta.

- El guitarrista ha aceptado -dijo.

- ¿Y el resto?

- Tengo a tres miembros del público dispuestos a grabar a cambio de una entrada y merchandising gratis; migajas. ¿Y tú?

- Está todo hablado. Entrará dos horas antes del concierto, ya sabe por dónde. Hay un lugar elevado tras las gradas de la derecha que le deja bastante cómodo. El primer disparo en un descanso entre canciones, haciendo ruido, para que se sepa de qué va la cosa. El resto con silenciador, al aire, para que no le encuentren. Luego se va, tres minutos máximo. Se le paga sacando de aquí y de allá, sin que se note.

- ¿Al aire?

- Al aire.

- Eso no es lo que acordamos.

- Lo sé.

- ¿Pero está dispuesto a hacerlo?

- Está dispuesto a lo que se le diga. Para eso cobra.

- Entonces al cantante, te dije. Y lo que sobre, que rompa algo, no sé, un altavoz, lo que sea -dijo, mientras machacaba repetidamente una tecla con evidente gesto de fastidio.

- No hace falta matar a nadie para grabar un tiroteo.

- Si nos cargamos a alguien, tendremos mucho más cuidado en decir que hemos sido nosotros. A nadie le gustan los engaños.

- Es un engaño igualmente.

- Pues a nadie le gusta saber que le están engañando. Y, ¡qué cojones!, el último concierto de esta banda, sentido por las grabaciones de cuatro personas simultáneamente, una de ellas sobre el escenario… será un bombazo, ¡un bombazo a tiros! -se rio de su propia ocurrencia.

Oyó la puerta de nuevo al cabo de unos segundos. Ensimismado como estaba en organizar su agenda, apenas si percibía el galimatías motorizado a varios pisos de distancia, convertido tras su cristalera en el siseo blanco de una frecuencia muerta de onda media. Oculto entre la cacofonía de los tubos de escape, una ventanilla dejaba escapar, perfecta como en el original, la copia de una copia de una copia de Blaise Bailey Finnegan… there’s an evil virus that’s threatening mankind, it’s not state of the art, it’s a serious state of the mind. The muggers, the backstabbers, the two faced elite. A menace to society, a social disease, to brainwash the mind is a social disorder. The cynics, the apathy one-upmanship order …

Ocurrió un sábado por la tarde, aproximadamente en el mismo instante en el que me levantaba de la siesta. Me levanté con la cara rayada por las sábanas, me puse un café y unas galletas y terminé de ver la película que había dejado a medias después de comer. Ahora mismo no puedo recordar cuál era el título, pero creo que pasaban cosas interesantes; incluso me parece que al final algún protagonista era feliz. Cuando finalizó, me di cuenta de lo que había ocurrido, y tuve que empezar a atar cabos hacia atrás en el tiempo. Yo les narraré la secuencia en orden.

Las primeras informaciones llegaron de mano de internautas de la India. El relato de los hechos era confuso, pero todo parecía indicar que, ligeramente pasadas las diez de la noche (hora local), un inmenso resplandor había iluminado el cielo en todas direcciones y el firmamento seguía refulgiendo desde entonces de forma permanente. Algunos testimonios iniciales simplemente se centraban en que las estrellas parecían haber desaparecido.

En algunas páginas web rusas empezaron a publicarse las primeras imágenes con una calidad aceptable, a la vez que los periódicos de todo el mundo colocaban el hecho en las portadas de sus ediciones en Internet junto a la fotografía tomada en la plaza central de una ciudad de nombre remoto y frío. El reloj de la torre marcaba las once de la noche, pero el cielo era el de mediodía de un extraño día sin Sol. Realmente parecía que toda la cúpula celeste emitía luz. Flickr se convirtió en la sala de revelado mundial de la Noche de la Luz. Light Night, la había bautizado alguien desde Minnesota. Allí era de día pero, como en el resto del planeta, grandes masas de gente estaban congregándose alrededor de improvisados y multitudinarios puestos de observación, esperando al momento en el que el Sol se ocultase tras el horizonte. Otras partes del globo habían tenido un amanecer tan temprano como repentino; las zonas en las que era de día apenas si habían notado cambio alguno. El cielo, decían ciertos testimonios, parecía más claro, pero aquella percepción también podía ser influencia de las noticias que llegaban de fuera.

Fuese lo que fuese lo que causaba aquella luz, o no estaba cerca o no interfería con nuestros sistemas de comunicaciones vía radio. Los satélites geoestacionarios funcionaban sin novedad, la Luna llena se seguía divisando desde aquellos lugares desde los que se estaba viendo normalmente antes de que sucediese aquella anomalía, y la Agencia Espacial Europea emitió un comunicado confirmando que la Cassini, en órbita alrededor de Saturno, estaba enviando sus imágenes y respondiendo a las órdenes enviadas desde la Tierra como habitualmente. Algo más de media hora después, la NASA publicó en su página web un texto que afirmaba que el Hubble, con cierta dificultad, había conseguido recoger imágenes de la nebulosa de Orión, y que estaban trabajando para intentar captar datos empleando sus telescopios de infrarrojos y rayos gamma, pero aún tardarían algunas horas. Aquella capa, aquella membrana, aquella fuente omnipresente de fulgor… aquello estaba lejos.

Algunas fuentes de noticias informaban de sectas religiosas que se habían encerrado en sus sedes, y cientos de iluminados y contactados se habían echado a las calles pregonando el fin de los tiempos, el advenimiento de la nave que les llevaría a un refugio estelar más allá de la nube de Oort o la vuelta del Mesías, todo a la vez. Las principales páginas en Internet dedicadas a la astronomía especulaban con que quizá la luz irradiaba desde el borde mismo del universo; Phil Plait, desde Bad Astronomy, sugería que quizá el volumen de Hubble fuese finito y se hubiese llegado al límite precisamente en ese instante.

Ensimismado como estaba leyendo mensajes, enviando enlaces y contestando e-mails, no me di cuenta de que había llegado la noche, aunque la oscuridad estaba en otra parte. Decidido a salir a la calle junto con el resto de la gente que ya estaba ocupando las calzadas y los huecos entre los coches abandonados, cogí mi pequeña radio a pilas y bajé las escaleras. El locutor de la primera emisora que conseguí sintonizar informaba sobre atascos y cortes de tráfico generalizados en las entradas y salidas de todas las grandes ciudades, y prevenía acerca de algunos disturbios aislados. La gente se arremolinaba en los puntos elevados, intentando buscar algún detalle en aquel cielo completamente blanco sin nubes. Las sombras eran un tenue círculo gris proyectado en el suelo alrededor de cada persona y cada objeto. Conseguí encontrar un hueco relativamente despejado en lo alto de una colina situada en un parque cercano a mi casa. Un pequeño grupo de gente charlaba animadamente compartiendo teorías, a cada cuál más peregrina.

Al cabo de pocos minutos, lo que parecían unas formaciones nubosas de tormenta, por lo oscuro, y completamente imperceptibles inmediatamente antes, comenzaron a tomar formas extrañas a grandes velocidades. En unos pocos segundos, se dispusieron en grupos de unos seis círculos y otros tantos semicírculos, ordenados de una manera determinada. A su derecha, otra de esas extrañas agrupaciones, en la que no había reparado al principio, asimilaba varias formas tubulares que se entrecruzaban extrañamente. A lo largo de todo el horizonte, y en cualquier dirección hacia arriba, empezaron a aparecer más y más de estas curiosas estructuras. Una de ellas estaba formada, de forma bastante elegante, por kanjis. Consciente de que aquello parecía ser un mensaje, comencé a buscar caracteres que yo pudiese comprender y en alguna lengua que yo supiese leer. No me llevó mucho tiempo: al instante localicé una frase en perfecto castellano.

Decía: Era broma.

Sus zapatos marrones repiqueteaban rítmicamente sobre el rayado parqué. Nervioso, encorvado, con los codos apoyados sobre las piernas, su viejo traje gris era un manojo espasmódico de inquietud. Jugaba distraídamente con sus dedos entrelazados mientra dirigía miradas furtivas a la habitación vacía, quizá temeroso de que la severa mirada que le dirigía la figura del único retrato que decoraba la sala, colgado sobre un pequeño archivador, fuese de desaprobación en lugar de acuarela roída. Frente a él, un pesado y antiguo escritorio de madera con varias capas de barniz descascarilladas por el paso del tiempo y un sillón al otro lado era todo el resto del mobiliario. Olía a papel seco y a polvo quemado en la bombilla del techo.

En una pérdida del compás de sus talones, la puerta a sus espaldas se abrió. Un hombre alto y delgado, rozando la cincuentena y con una raya perfecta en sus peinadas canas, que vestía un traje negro y una estrecha corbata traída directamente de alguna olvidada película de los setenta, entró en la habitación sin mediar palabra llevando una pequeña carpeta de cartón amarillo en su mano derecha y se sentó al otro lado de la mesa bajo la atenta mirada del hombre de la silla.

- Buenos días, señor… -dijo mientras abría la carpeta y echaba un vistazo a los papeles en su interior- Fhernández. ¿Fhernández? ¿Es una errata en nuestros archivos? -preguntó en tono serio.

- N… no -tartamudeó su interlocutor. Seguía apoyado sobre sus piernas y se miraba los pulgares al hablar -. Es por… razones… motivos de anonimato. No me… no me decidía por ninguno de los dos. Espero que no sea…

- No se preocupe -interrumpió-, lo entendemos perfectamente. Preservar la intimidad de los clientes es uno de los aspectos más importantes para esta empresa y entendemos que la gestión de asuntos tan delicados como el que nos ocupa deba llevarse a cabo bajo la más absoluta discreción.

Fhernández levantó la mirada por primera vez desde que había comenzado la conversación.

- Gracias por su comprensión.

- No hay de qué, créame. Soy el señor Muro, con el número de empleado que podrá encontrar en una placa en la puerta a la salida, y estaré a su disposición hasta que solventemos el problema que le ha traído hasta aquí. Si fuese tan amable de relatarme los pormenores del asunto me pondré de inmediato a trabajar en ello. La solicitud de cita previa que realizó no contiene ningún tipo de información acerca de sus requerimientos -dijo, mientras hojeaba unas cuartillas grapadas en una esquina.

- Prefería explicar el asunto en persona.

- Adelante, por favor. ¿Desea algo para beber?

- Pues verá… no, gracias… yo simplemente quería res… uhm, rescindir el contrato -se atragantó Fhernández.

El señor Muro levantó la mirada de la carpeta, cuyas hojas había estado distribuyendo cuidadosamente sobre la mesa, y la dirigió al otro lado de la mole de madera, sobre el hombrecillo que parecía menguar por momentos y que tuvo que apartar la vista al cabo de unos segundos.

- ¿Cómo dice?

- Quería recuperarla. La necesito.

El representante de la compañía localizó con calma un puñado de folios grapados en un lateral y ojeó el texto en silencio. Al cabo de unos segundos, se incorporó para tenderle las hojas al reclamante mientras señalaba unas líneas.

- Por favor, léame desde ahí hasta el final del párrafo -dijo. Fhernández recogió el documento con manos temblorosas.

- “YO, el cliente 459, con DNI en el mundo real terminado en 74, y una vez expuestos los problemas que su posesión me ha causado, decido ceder MI ALMA en custodia a LA EMPRESA por tiempo indefinido, y así lo afirmo en plena posesión de mi voluntad y facultades…”. ¡Sé lo que hice -exclamó-, pero necesito… !

- No es necesario que grite -le aplacó el señor Muro mientras volvía a su sitio con los papeles-, y no hay ningún motivo para perder la calma. Sabrá, porque lo leyó exhaustivamente antes de firmarlo, que el contrato contiene una cláusula que permite su terminación siempre y cuando exponga sus motivos ante un agente autorizado y éste dé su visto bueno. En este caso, como supondrá, yo soy ese agente.

- Sí, soy… soy consciente de todo eso.

- En ese caso, soy todo oídos. Por favor, expóngame su caso y le prometo que lo valoraré.

- Bueno, verá… hay… hay una mujer…

El señor Muro no pudo evitar soltar una risotada.

- ¡Hay muchas, realmente! ¡Muchas!

- ¡No! ¡Ella es especial! -gritó, mientras se levantaba de la silla.

- Tranquilo, cálmese -le interrumpió el encargado, dedicándole un ademán apaciguador con la mano-. Me veo en la obligación de recordarle que usted, ¡usted!, solicitó la inclusión de una cláusula adicional en el apartado de condiciones. No se le puede realizar la devolución del alma si su propósito es el de amar a otro ser humano. ¿Tengo que leerle la sección de antecedentes?

- No -dijo Fhernández, mirándose ahora de forma insistente la punta de los zapatos.

- Espero que entienda que únicamente estoy respetando nuestra parte del acuerdo de forma estricta, como no podría ser de otra manera; más de la mitad de las peticiones de este tipo son denegadas porque se solicita la devolución alegando exactamente el mismo motivo que propició la entrega en custodia. No crea que usted es el único que ha solicitado una cláusula en ese sentido, ¡ni mucho menos! Además, como apreciación personal, los dos sabemos que sin alma no tiene usted ninguna manera de saber si esa mujer de la que me habla es especial o no. Su situación requiere un motivo y lo que yo estoy oyendo es una mera excusa. Si desea explicarme de verdad qué le ha traído aquí, adelante. En caso contrario, me temo que tendré que dar por terminada la reunión y archivar su expediente.

Ambos hombres estuvieron sentados en silencio durante dos minutos. Pasado ese tiempo, el señor Muro recogió todos los papeles que había desperdigado por el escritorio, los volvió a meter en la carpeta, la cerró y se levantó de su sillón. Pasó junto a Fhernández sin despedirse y, justo antes de alcanzar el pomo de la puerta, oyó una voz a sus espaldas.

- Quiero odiar.

- ¿Perdone? -inquirió el encargado, mientras se giraba.

- No puedo seguir así. No se puede vivir sin odiar. Hay demasiada gente estúpida, demasiada gente malvada y demasiada gente que es ambas cosas a la vez. No puedo mantener este estoicismo absoluto sin volverme loco, no en el mundo en el que vivimos. Necesito llamar idiota a los idiotas y escupir al que se lo merece. Necesito reírme del débil y hacer bromas a costa del fuerte porque cojea, porque es bajito o porque su mujer le ha dejado. Quiero recuperar la parte negativa de lo que dejé aquí; es lo que realmente hace feliz a la gente.

- ¿Sabe? Normalmente la gente que viene a solicitar la liquidación del acuerdo suele emplear argumentos mucho más nobles que los suyos.

- Yo no quiero ser noble. Sólo quiero ser como todos los demás.

El hombre del pelo blanco abrió la carpeta y sacó un pequeño cuadrado de papel azul que tendió por encima del hombro al hombre del traje gris, quien lo cogió dubitativo. En la hoja, únicamente una palabra: DEVOLUCIÓN.

- La próxima vez -dijo el señor Muro mientras salía al pasillo-, piense mejor si realmente desea deshacerse de usted mismo. Le entregarán lo que busca presentando esa autorización en el mostrador que encontrará al salir del ascensor dos plantas más abajo. Que tenga un buen día.

FUNDIDO DESDE ABRE DE NEGRO. INTERIOR. PLANO CENITAL SOBRE UNA MESA DE MADERA QUE LLENA TODA LA IMAGEN. DE FONDO, SONIDO DE UN TELEVISOR SONANDO EN UN PROGRAMA INDETERMINADO. DESDE LA PARTE INFERIOR DE LA PANTALLA SE DEJAN CAER PERIÓDICOS SOBRE LA SUPERFICIE DE LA MESA. LOS TITULARES, LAS ENTRADILLAS Y PARTE DEL TEXTO SON LEGIBLES. LA FECHA NO SE EXPLICITA Y CADA PERIÓDICO ES DIFERENTE AL ANTERIOR.

Bradbury House anuncia la publicación de una polémica obra sobre el Islam

La nota de prensa anuncia que se trata “de uno de los relatos más violentos y más sexualmente explícitos de las enseñanzas de Mahoma”.

Asaltada la embajada británica en Teherán

El anuncio ayer de la publicación de una obra con una visión polémica sobre el Islam ha ocasionado una movilización en los alrededores de la embajada británica en la capital iraní que ha terminado en disturbios.
Se han registrado concentraciones en otras capitales europeas que no han desembocado en incidentes.

Líderes islámicos británicos advierten del peligro de seguir adelante con la publicación

50 manifestantes marcharon ayer por las calles de Londres pidiendo la suspensión de la actividad editorial para la obra anunciada el pasado martes.
El anuncio coincide con el asalto de la embajada inglesa en Irán por una turba portadora de piedras y cócteles molotov. Hay 3 heridos de diversa consideración.

Un clérigo saudí promulga una fatwa condenando la publicación y llama a atentar contra los autores

El ilustrador del libro se encuentra en paradero desconocido desde el viernes.

Cumbre europea para tratar el “caso Bradbury”

Los líderes europeos llaman a la suspensión de la publicación “mientras se buscan soluciones alternativas”.
Zapatero, Merkel y Sarkozy firman una declaración conjunta “por el respeto a todas las creencias”.

ZOOM.

“La obra que vamos a publicar es el Corán”

El presidente de Bradbury House celebró ayer una rueda de prensa en la que explicó que la polémica obra que ha provocado disturbios a lo largo de medio mundo es una reedición más del Corán.
“Nunca pensamos que la nota de prensa original tendría estas consecuencias. Si bien intentaba exagerar acerca del contenido del libro, supusimos que la gente se lo leería antes de protestar”.

FUNDIDO A NEGRO. DE LA TELEVISIÓN SALEN UNAS VIEJAS RISAS DE LATA. SILENCIO. FIN

Habíamos ganado. Con el 95% de los votos escrutados, y a falta del voto por correo, habíamos conseguido más de dos tercios de todos los diputados en juego en esas elecciones. Las felicitaciones titubeantes de los líderes del resto de partidos habían empezado a llegar a mi teléfono móvil hacía ya más de una hora, mientras sus portavoces -algunos- pedían prudencia en televisión y -la mayoría- se sumaba como buenamente podía a lo inevitable. Las encuestas llevaban meses pronosticando este resultado. Las gestiones del anterior gobierno habían sido tan nefastas en todos los aspectos que todo el mundo estaba de acuerdo en que esta legislatura era nuestra. Quizá eso fue lo que motivó todo.

Fuera del edificio, miles de personas enfervorecidas agitaban pancartas, inflaban globos con los colores del partido, aplaudían y coreaban al ritmo de la pegadiza melodía de campaña. Al otro lado del balcón en el que solicitaban mi presencia triunfal, atravesando la habitación y girando por el pasillo, me encontraba yo. De pie, sereno, sabiendo justamente lo que había que hacer en ese momento. Meses de trabajo dependían de unos pocos minutos en ese balcón. A mi lado, con la mirada serena al frente, mis colaboradores más cercanos; los que habían entendido el plan desde el principio; los que se habían unido de forma entusiasta después; los que lo entendieron solamente al final y vieron que era bueno.

Delante de mí, en otro grupo más numeroso, caras desencajadas imploraban en vaivenes arrítmicos que no siguiese adelante. Sus estruendosos pensamientos llenaban la habitación más allá del ruido de la celebración en la calle. No hace falta, Es inútil a estas alturas, Podemos esperar a la próxima vez y Seguro que hay otra forma eran las facciones en las que se habían dividido. Sus ojos lo decían todo. Algunos, incluso llevaban pequeñas hojas de papel en sus manos. Sabía que esas cuartillas estaban escritas con la vana esperanza de sustituir las frases que llevaban días perfectamente hiladas en mi cabeza. No quise no hacerles pasar por la pequeña derrota de ofrecérmelas y tener guardárselas inmediatamente después: dirigí una mirada al grupo y simplemente asentí con los labios apretados. Sí hace falta. Me encaminé hacia el balcón. Ninguno de ellos se interpuso.

Dos intensos focos anticiparon mi presencia en el exterior del edificio. Las banderas se agitaron más deprisa y los gritos alcanzaron niveles difícilmente soportables. Allí, delante del atril que había colocado, extendí un par de recortes que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, mientras con la otra mano saludaba a los allí presentes. Poco a poco, tras un par de golpes en el micrófono para comprobar su correcto funcionamiento, se fue haciendo el silencio.

- Buenas noches -saludé, y me fue devuelto miles de veces hasta que, varios segundos después, pude continuar-. Quiero darles las gracias porque todos ustedes son gilipollas.

Las banderas cayeron. Si antes había habido algún ruido, se esfumó. La música de los altavoces, tal y como había sido acordado, cesó en ese mismo instante. Un globo solitario explotó en alguna parte.

- A día de hoy, terminada esta jornada de elecciones generales, tres partidos minoritarios que tenían presencia parlamentaria en la anterior legislatura no han alcanzado en esta ocasión el mínimo necesario. El grupo mixto se ha esfumado. Y el partido político al que yo represento se ha hecho con la mayoría absoluta en el congreso y en el senado. Un partido que llevaba en su programa propuestas como las siguientes, y leo textualmente: Se subirán los impuestos un 50% en los tramos inferiores sin repercusión alguna en las arcas públicas: todo lo recaudado se repartirá entre los amiguetes del presidente para sus tapeos de fin de semana. O también: Se tomarán medidas antibotellón, haciendo efectiva una nueva orden ministerial que obligará a los bares a servir únicamente DYC y refresco de cola del LIDL. ¡Oh, ésta me encanta! Se propondrá que el nuevo himno de España sea una canción de Jarabe de Palo. Aún no sabemos cuál. Y el colofón: Se avanzará en la ilegalización de las paellas sin guisantes.

Un rumor comenzó a avanzar entre la asombrada audiencia. Rápidamente se formaron corrillos alrededor de los pocos que llevaban una copia del programa mientras se empezaron a atisbar las primeras miradas perdidas entre la multitud.

- Claro, a ustedes nunca se les ocurrió leerse el programa. ¡Qué estupidez! Nosotros somos los buenos, ¿verdad? ¿Cómo va a tener otro partido un programa mejor? Ninguno de ustedes se preocupó nunca por ojearlo siquiera. Tampoco leyeron nada en prensa porque prefirieron la sensación de levantarse con la reafirmación de las ideas propias atendiendo a los medios que les venían bien. ¿Cómo pueden ser tan profundamente idiotas? ¡Hemos usado fotografías de asesinos en serie en nuestros carteles electorales, maldita sea! ¿Son felices viviendo con la cabeza de adorno?

Eché un último vistazo a todas esas personas que minutos antes habían estado exultantes. Ante mí se extendía una masa de gente que vigilaba muy atentamente la punta de sus zapatos. No tenía sentido alargarlo más: era hora de echar el cierre.

- Quizá se convoquen elecciones anticipadas y tengan en breve la oportunidad de votar con el cerebro en vez de con las tripas. Quizá, por una vez, se tomen esto en serio, una vez demostrado que en vez de salir de casa a depositar el voto han empleado ustedes el domingo en salir del redil y volver trasquilados. Quizá descubran que una vez cada cuatro años conviene sentarse un par de días en casa a pensar y que el voto no es un pedazo de papel. Por otra parte -concluí-, quizá no. Quizá hagamos todo lo que dijimos que íbamos a hacer y que ustedes tan felizmente han apoyado. En todo caso, mañana será otro día. Yo dormiré estupendamente. No creo que pueda decir lo mismo de todos ustedes. Buenas noches.

Allí cayó el telón de mi carrera política. Me despedí como hay que despedirse. Con una reverencia.

He hecho la última comprobación por hoy. La alarma de mi reloj de pulsera indica que la media noche está a quince minutos de distancia. Hace una hora terminé de echar los cierres metálicos sobre el porche y cerré la puerta de la calle con tres vueltas de la llave. La planta baja de la casa tiene las ventanas selladas (comprobado, dos veces) y he quitado todas las puertas de sus bisagras. Los fluorescentes halógenos del techo de cada habitación están encendidos tras sus rejas protectoras, alimentándose de la batería de emergencia. La corriente principal se cortó con el mando a distancia, como todas las noches. La comida que había en la nevera está aquí a mi lado, en el refrigerador portátil de la primera planta. No hay rincón oscuro ni escondite posible.

Las escaleras de subida (las únicas escaleras de subida) están despojadas de su habitual alfombra. Yo sé debajo de qué escalones están los cepos (revisados esta mañana y hace tres cuartos de hora), pero ellos no. He replegado la barandilla de subida para no ofrecer posibles ayudas. La parte final de la escalera está cerrada por una plancha metálica anclada firmemente al suelo. Me gustaría que fuese más pesada, pero no podría moverla todos los días sin hacerme daño.

La habitación que hay cruzando el pasillo está llena de comida enlatada y agua embotellada. No tiene ventanas que cerrar y tengo la llave de la puerta de acero que la cierra guardada en el bolsillo. En la otra habitación estoy yo (puerta idéntica, misma llave), dos minutos antes de las doce. El revólver está cargado con seis balas de plata y la escopeta tiene en posición sus cartuchos impregnados de ajo; los rifles están dentro de un armario lleno de munición. Bajo la cama, junto a cajas de libros sagrados, hay una estaca de madera, una de hierro y una de marfil (en ese orden, de izquierda a derecha; me aseguré al caer la tarde). En un lateral, la luz de la parte trasera del generador de protones me indica que está encendido y listo para disparar. Pensé en tener dos, pero no quise arriesgarme a cruzar los rayos. A duras penas, antes de comenzar a escribir, terminé de meter al gato negro en el saco mientras me repetía, incansablemente, que no creo en las hadas. Ustedes no saben lo que yo sé. No creo en las hadas. Me sentiré mejor si me prometen que lo dirán un par de veces al día. Por lo menos.

Ahora sólo queda esperar, como cada noche. Lo mejor que puede pasar es que llegue el día siguiente. Falta un minuto para las doce.

Según mi reloj, el sol ha salido hace escasos minutos. Sin novedad. Ayer no fue el día.

Pero nunca se sabe si vendrán esta noche.