Vuelta al pingüino
Allá por el año 2000 (pudo ser un poco antes, o un poco más tarde), con la inestimable ayuda de galdecoa, montamos el que sería mi ordenador durante prácticamente toda la carrera, y que vio Windows en contadas ocasiones. En un principio llevó Mandrake, cuando todavía daba mis primeros pasos con Linux (y antes del horrible cambio de nombre), y más tarde, con un poco de experiencia ganada, Debian.
El verano pasado la tarjeta gráfica decidió que se iba a tomar un descanso. Siguió el mismo camino que el lector de CD y dos discos duros, que fueron convenientemente reemplazados. A esas alturas de la partida, no merecía la pena seguir poniendo parches en algo que se estaba cayendo a pedazos.
La defunción definitiva del antiguo ordenador coincidió con la adquisición de uno nuevo, un portátil, regalo de mi padre por terminar la carrera (por terminar de una puta vez, añado yo, que ya olía. Y re-añado: ¿quién dijo que una carrera universitaria no vale para nada?). Fue un Dell Latitude D830 (por si alguien tiene un modelo similar), y tras un breve tira y afloja con la comercial conseguí obtenerlo con Windows XP en lugar de la pesadilla de Vista. Adquirirlo con Linux, de momento, no era una posibilidad.
El caso es que, por vaguería, comodidad, o como quieran llamarlo, seguí con el Windows que tenía instalado. Total, los programas que utilizaba o sus sustitutivos estaban a tiro de piedra y seguían siendo software libre: Firefox y Thunderbird, Open Office, GIMP, Pidgin y otro puñado más que tenían versiones para el sistema de Redmond.
Sin embargo, seguía echando de menos mi vieja terminal, mis pequeñas chapuzas en Python y Perl, los varios escritorios (aunque sé que hay programas en Windows que ofrecen esa funcionalidad) y otro puñado de cosas que hacían que, simplemente, no fuese lo mismo. Fue un paso desde un equipo que me dejaba manosearlo hasta la náusea a otro que llevaba una filosofía de mira y no toques. Era incómodo.
La catarsis llegó el sábado por la mañana, cuando me sorprendí pasando el antivirus. Por si acaso, ya saben. ¿Me merecía la pena andar perdiendo el tiempo con esas chorradas cuando podía olvidarme de ese tipo de molestias? La respuesta estaba clara: me descargué la última versión de Ubuntu y la instalé, previa copia de todos los datos que eran importantes.
Me sentí hasta mal: todo funcionó a la primera. Recuerdo con lágrimas en los ojos cuando me compré la cámara de fotos que tengo ahora: tardé cuatro horas en echarla a andar y tuve que recompilar una versión nueva del kernel varias veces porque el que tenía no llevaba el soporte específico que me hacía falta. El sábado, tras veinte minutos escasos de instalación, arrancó una bonita interfaz gráfica en la que todo tiraba como debía. Y gratis. Y legal.
Si no le han pegado un tiento todavía, les recomiendo que lo hagan. La pueden probar sin necesidad de instalarla y a lo mejor descubren que, para todo lo que suelen hacer en casa, les basta y les sobra. Sólo hace falta paciencia para aprender.








