De esos que no conocen la usura
En la línea 6 de Metro de Madrid, cerca de la estación de Oporto, existe una iglesia evangélica cuyos miembros tienen a bien bajar a peregrinar de vagón en vagón para difundir la palabra del Señor (que resulta que, a merced de uno de los primeros usos conocidos de la publicidad engañosa, no es sino una retahíla bastante cansina), megáfono en mano si fuese preciso.
Ayer, además de la consabida ristra de citas de la Biblia en las que nadie muere de forma especialmente sangrienta (digo yo que, en el siglo XXI, podrían tirar de algo un poco más hardcore; Tarantino lo hace y le va bien), se dedicaron a repartir un pequeño panfletillo que explicaba, utilizando una gramática y una ortografía bastante laxas, que Jesucristo nos ama infinitamente pero que tengamos cuidado, que él también anda bastante necesitado y en cualquier momento se le pueden cruzar los cables y mandarnos a arder durante toda la eternidad, pero de buen rollito, amén.
Lo mejor es que viene una representación de Dios. Los días de la Capilla Sixtina y el viejo desnudo rodeado de tiernos mancebos alados ya pasaron. Ahora lo que se lleva como símbolo de poder es el traje, la corbata y el contrato. Yahvé no tiene cara pero a día de hoy es banquero:
Lo decía ayer el pianista: todo consiste en comenzar la partida entrampado hasta las cejas y acordarse cada poco tiempo de los favores debidos.
Inciso: yo no voy a bautizos. Las bodas tampoco me gustan, pero como ceremonia civil tienen su sentido, así que en algún caso excepcional puedo transigir con su ridícula versión católica. Pero el bautizo es genuinamente sectario. Consiste en lavar el pecado original. O sea, en decirnos que nacemos ya con deudas, y que saldarlas nos va a costar Dios y ayuda. Y por ahí no paso.
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Y es que así funcionan las sectas. Primero, identifican la debilidad de su público: inseguridad en cualquiera de sus variantes. Segundo, potencian esa inseguridad con mensajes que van desde “el apocalipsis está a la vuelta de la esquina” hasta el sencillo y contundente “ya eras pecador desde antes de nacer”. Y tercero, ofrecen la redención/salvación a cambio de la observancia de determinadas reglas de la congregación. Partiendo siempre del arrepentimiento y la penitencia.
Todo esto no tiene otro fin que el de avisarles de que el pianista ha vuelto, pero si no había una historieta de por medio no me iba a quedar tranquilo.









