Excma. Sra. Ángeles González-Sinde, Ministra de Cultura:
Permítame, antes de nada, felicitarla por su nuevo cargo. Tenga cuidado con él y no lo rompa, porque, como aprendimos muchos con su predecesor, el nunca suficientemente valorado D. César Antonio Molina, otro vendrá que buena la hará.
Me veo en la obligación de enviarle la presente misiva en relación a dos incidentes, sin relación aparente entre ellos, que me han sucedido recientemente. Ambos tienen que ver con el mundo de la cultura y, más concretamente, de la distribución de productos culturales por parte de la industria. Considero que la narración de los hechos le resultará de lo más interesante.
El primero de ellos tiene que ver con un libro que leí hará unos meses: Los orígenes del pensamiento reaccionario español, de Javier Herrero, en una edición de 1971. Tuve la suerte de poder hacerme con un ejemplar en el mercado de segunda mano hará ahora cosa de un año. Comoquiera que el tema me gustó, y se me ocurrió que más gente podría querer tener acceso al texto, o incluso yo mismo podría querer regalarlo, escribí a a Alianza Editorial, responsable de la última reedición de la que tengo noticia, en 1994, para preguntar si están pensando en volver a sacarlo al mercado. Me contestaron que no, a lo que respondí pidiendo los datos del autor, para poder ponerme en contacto con él e inquirirle si podría ser posible abordar por mi cuenta y riesgo un proceso de digitalización de mi ejemplar que, aunque con escasos medios y un hipotético resultado de calidad más que dudosa, pudiese proporcionar una copia digital de un producto que, a día de hoy, es difícil de conseguir en muchos casos, e imposible en la mayoría.
Intenté localizar al autor por todos los medios que se me ocurrieron, incluyendo a CEDRO y a su propio Ministerio. Un funcionario a su cargo me indicó muy amablemente que, por temas de protección de datos, no podía proporcionarme la información que le requería. La entidad de gestión sí me dijo que lo último que les figuraba de ese autor, o de otro del mismo nombre al menos, es una colaboración con la Concejalía de Medio Ambiente de Valladolid, dato que me lleva a otro punto muerto.
Resumiendo la situación: es un libro que no se puede conseguir comprándoselo a la editorial, que de todas maneras a estas alturas ya no tiene los derechos, el autor está ilocalizable y las copias disponibles son escasas, siendo posible acceder a ellas mediante el mercado de coleccionista o el de segunda mano.
La segunda historia que quiero comentarle es más sencilla , en cuanto a que su resolución me ofrece menos quebraderos de cabeza, pero ésta a su vez proporciona un problema interesante. Fui consciente de una situación similar gracias a la despedida de un compañero de trabajo, extranjero él y aficionado al cine, de forma que me acerqué un día a un centro comercial para comprarle un regalo en nombre de todos los demás. Dos de los títulos que llevaba apuntados eran El día de la bestia y Airbag. Tras una tarde recorriendo varias tiendas, salí de allí sin aquellos DVDs y con la misma respuesta de todos los dependientes: están descatalogadas.
Por supuesto, al ser para un regalo, quedaba feo entregarle un disco grabado y rotulado a mano, pero una solución posible (en realidad, una solución probable) es la de usar un programa de intercambio de archivos (P2P, para entendernos) y descargármelas. Utilizando Google directamente porque, digan lo que digan los periódicos, The Pirate Bay hay cosas que no encuentra, logré localizar ambos títulos: http://isohunt.com/download/63873817/el+d%C3%ADa+de+la+bestia.torrent y http://torrentportal.com/download/1038823/Airbag.281996%29.DVDRip.Xvid.Spanish.Mp3.%5Bwww.btvideoclub.com%5D.avi.torrent.
En este caso se me antoja un dilema: no puedo acceder comercialmente a estos productos, porque la distribuidora ha decidido por mí que es mejor que no los compre por el sencillo sistema de no vendérmelos. Por otra parte, si hacemos caso a las campañas azuzadas por su ministerio, cada vez que alguien se descarga una película de Internet, dos actores mueren de hambre. Y, sin embargo, se producen casos en los que por mucho que se retuerza el argumento resulta que una descarga jamás podrá ser equiparada a una copia no vendida ni a una pérdida de ingresos en ningún sentido, como en el caso que nos ocupa. Y no le quepa duda de que me habría gustado tener ya disponible una copia digital del libro que buscaba en el primer caso, pero me temo que los chicos de Google Books todavía tienen mucho trabajo hasta llegar a pelearse con las editoriales españolas, que sin duda querrán su parte del pastel, esté el libro en su catálogo o no.
Llego ya a la conclusión y no me alargo más. Creo que los casos que le he expuesto son solamente la punta del iceberg, y que hay ejemplos similares por doquier. El acceso a la cultura no puede dejarse en mano de un mercado de la cultura abastecido por una industria de la cultura, porque en ese caso nos encontraremos con el problema de que los productos que dejan de ser rentables dejan de ser productos comerciables y dejan de ser productos accesibles. Lo sangrante del asunto es que, a merced como estamos de unas leyes de copyright draconianas, nadie puede salir a corregir ese desequilibrio: se produce la paradoja de que la ley, en su empeño por proteger al autor, consigue que nadie pueda leer la obra, que queda no ya huérfana, sino presa. Otro buen ejemplo de esto lo expone Diego A. Manrique en un artículo publicado en El País el 18 de mayo de 2009, Decoradores de tumbas:
¿Y qué decir de esa indignación de los árbitros de las buenas maneras funerarias? Me refiero a la repulsa ante el anuncio de la apresurada recopilación que publica EMI. ¿Cuál es el problema? ¿El buen hipócrita debería editar esas antologías con un pudoroso retraso? El martes, día de su muerte, alguien acudía a unos grandes almacenes para comprar música de Antonio: en la sección correspondiente, no sólo ignoraban su óbito; tampoco tenían discos suyos.
Es de suponer que alguien que se descargase uno de esos discos de Antonio Vega el martes habría sido tachado directamente, y sin ningún rubor, de pirata.
Sí es cierto que en el caso del libro de Javier Herrero es posible conseguir una copia a través de la red de bibliotecas públicas, pero esto no será así para todos los libros que actualmente se encuentran descatalogados. A veces me gustaría disponer de un verdadero Ministerio de Cultura, que no de Industria Cultural, que se encargase de digitalizar y poner a disposición del público obras que no se hayan comercializado en el plazo de dos años, por poner un ejemplo. Visto cómo están las cosas se me antoja difícil.
Atentamente,
El tío Rinze