The Hawk is howling
Lo que hay ahí arriba es una entrada para el concierto que dará Mogwai en Madrid el 6 de febrero del año que viene. Les puede parecer que yo he pagado 30 euros (más gastos de venta anticipada) para ir a ver a un grupo de música que me gusta, pero siguiendo el ideario del Ministerio de Cultura, lo que realmente estoy haciendo es matar la música. Hoy vengo a contarles una historia aderezada con canciones de este grupo escocés.
Mis archivos no conservan la fecha, pero juraría que todo esto arranca allá por 2003. Por aquel entonces yo todavía solía utilizar el IRC y andaba desperdigado por varias redes. En una de ellas había un canal llamado #geekissues en el que alguien, en algún momento, comentó lo buena que era la música de un grupo llamado Godspeed You! Black Emperor. ¿Qué demonios era aquello de lo que cantaban tantas alabanzas? En la Fnac no lo tenían, y patearme las tiendas pequeñas de discos de la ciudad para luego descubrir que ni dios tiene una copia de su primer álbum no me ponía lo más mínimo; y a eso había que añadirle el peligro de gastarme la pasta en una música que no me gustaba. Sin que me temblase el pulso, abrí el mldonkey y empecé a descargar. En alguna parte del mundo, un artista moría de hambre y dejaba huérfanas y entonando un lamento por su alma a tres discográficas.
Resultó que el grupo me encantó. Leyendo cosas acerca de él, vi que estaba enmarcado dentro de un estilo conocido como post-rock. Pensé que, si un grupo de ese género me gustaba, era bastante probable que otros de temática similar también lo hiciesen. Así que me hice con una lista, seguí rebuscando por ahí para reducir el número de nombres a una cifra manejable y le di más comida a la mula. Mi plan para apuñalar a la cultura por la espalda seguía su curso previsto.
De todos los grupos que escuché, algunos no me gustaron nada: Sigur Rós, Tortoise y Fly Pan Am, por ejemplo, fueron borrados a las pocas escuchas. Obviamente, aquello no era para mí. A Silver Mt. Zion, Esmerine, Explosions in the sky, Set fire to flames y Mogwai, sin embargo, se quedaron habitando en mi disco duro. Y si ellos vienen, yo voy.
En realidad todo esto es un trato implícito establecido unilateralmente por mí: yo les escucho gratis y les doy la oportunidad de convencerme para ir a un concierto suyo; si lo hacen, pago el pastizal que sea necesario y allí me planto (ver la imagen que corona este artículo). Si no, los dos nos quedamos como estábamos: yo no les escucho y ellos ni lo han notado, porque muy posiblemente no me habría comprado el disco en primer lugar. O dicho de otra forma: ellos ganan algo si y sólo si yo gano algo. Parece un trato justo. En la vergonzosa campaña del Ministerio, alguien se lo dejó claro. Puede ser un testimonio tan falso como los demás que han aparecido, pero resume muy bien todo el asunto:
Soy músico y las redes P2P han ayudado a lanzar mi carrera. Sin el emule la mayoría de fanzines no habrían podido acceder a mi música, ya que la industria discográfica hace las cosas bien…cuando quiere. Mi primer disco estuvo a la venta en tiendas durante 3 semanas hace más de un año. Aún hoy la gente sigue bajándose mi música y gracias a ello lleno salas de conciertos.
Estamos viviendo nuevamente la época en la que los que siguen arando con burro y se resisten a permitir el uso del tractor, porque el burro es suyo y lo alquilan por el precio que quieran, se dedican a sostener a lo más parecido que hay ahora mismo a un sindicato vertical cuya función principar es influir y no discutir, y peregrinan en masa a decirle al cura del pueblo que sería muy feo que no pregonase que el engendro a motor es la obra directa de Satán. Si llega a ocurrir que mi proveedor de acceso a Internet me avisa de que estoy descargando contenidos protegidos, y finalmente me desconecta, no podré seguir haciendo esto. Me queda la duda acerca de cómo van a ser los famosos avisos, pero imagino que el texto irá en la línea de sabemos que estás haciendo algo legal, y te estamos viendo.
I love you, I’m going to blow up your school.
Si me quitan la posibilidad de utilizar el nuevo canal de distribución (el viejo, el CD de toda la vida bien situado en el escaparate de la tienda de moda, lleva tiempo agonizando), malamente lo llevan, especialmente los grupos. Yo, por mi parte, dejaré de ir a conciertos. ¿Para qué, si no voy a conocer las canciones, y no voy a gastarme el dinero en comprarme un disco que a lo mejor ni me gusta? Y además será (es ya) una cuestión de principios: si por cada CD que me compro le estoy dando el dinero a una discográfica que lo que quiere es joderme contra el suelo a la primera de cambio, mal negocio.
Para terminar, les dejo con el pianista que, no se olviden, es del gremio de los autores (la negrita es mía):
Falta por tocar esa cuestión de la que hablábamos hace poco, y que tan esclarecedora resulta siempre: qui prodest? ¿Quién sale ganando con la legislación mal llamada “antipiratería”, y que en realidad es anti P2P? ¿Los autores? NO ME HAGAN REÍR. Desde que la SGAE cambió la “E” de España por la “E” de Editores, los intereses de los autores se fueron a tomar viento. Además, ¿no hay un contraste sorprendente entre el alcance global de la lucha contra el P2P y la relajación con la que se combate el top manta? Todos esos ridículos anuncios que el Ministerio de Cultura paga a precio de oro intentan convencernos de que no descarguemos obras, no de que no las compremos en el top manta. ¿Por qué?
Porque la oferta del top manta reproduce las imposiciones culturales del mainstream. En el top manta sólo se venden best-sellers y blockbusters. Representa un diezmo económico, pero es una pérdida asumible, un mal menor. Sin embargo, el P2P es un verdadero desafío al sistema, porque rodea sus imposiciones, recupera títulos que las grandes empresas decidieron enterrar, permiten que el espectador/oyente configure su propio catálogo cultural, fomenta la distribución horizontal, permite una comunicación directa entre el autor y el espectador. En definitiva, revive a la bestia negra de una empresa global de distribución de contenidos: la libertad. Y si no, piensen una cosa: la intención de las grandes empresas no es acabar sólo con las descargas de obras sobre las que tienen derechos. Es acabar con la propia tecnología P2P. Es impedir que los usuarios compartan material audiovisual, incluso libre de derechos. ¿No es curioso? ¿No se parece mucho a… no sé, ¿acabar con las bibliotecas porque hay gente que roba libros? Me voy a callar, que no quiero dar ideas…











