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(Historia de la Ciencia. Javier Ordóñez, Víctor Navarro, José Manuel Sánchez Ron. Austral).

Me crucé con este libro en una de mis visitas a Aquí la Ciencia, una pequeña librería dedicada exclusivamente a títulos de divulgación científica situada en Madrid. Allí estaba, acechando en uno de los estantes, con ese color verde tan característico de algunos títulos de la Colección Austral. Como parecía fino para el tema tratado (532 páginas), decidí pegarle un tiento, aún teniendo en cuenta que esta editorial tiene en mi cabeza la fama de publicar textos bastante áridos.

Afortunadamente, pude completar la lectura sin sobresaltos ni bostezos. La estructura lógica seguida (en tres divisiones fundamentales, tantas como autores: «antigüedad y Edad Media», «Edad Moderna» (hasta el siglo XIX) y «Edad Contemporánea»), así como el estilo de escritura (bastante unificado, diría yo), permiten que el texto se deje leer en cómodas etapas. He de reconocer que la parte final tuvo más interés para mí, pues es ahí donde surgen la mayor parte de los nombres cuyos descubrimientos me enseñaron durante la carrera y, por lo tanto, me resultaban más familiares.

Como texto introductorio es muy asequible, aunque se echa en falta más profundidad (fórmulas mediante, si fuese necesario) a la hora de explicar en qué consistieron los hitos de cada época que permitieron modificar el pensamiento anterior para poder pasar a la siguiente etapa. Aunque se explican los descubrimientos que dieron paso a nuevos avances, en ocasiones dicha explicación pide a gritos una ampliación. Quizá para eso esté la amplia bibliografía del final, pero ese pequeño detalle es el que impide que este libro sea una gran obra de historia de la Ciencia y se quede en una mera introducción.

Negocio zombie, en este artículo, es todo aquel que, en lugar de seguir su tránsito pacífico hasta la extinción, se mantiene vivo de maneras artificiales más allá de su fecha de caducidad natural. Su mantenimiento no consiste únicamente en realizar un trasvase de sangre fresca en forma de canon, por poner un ejemplo. Hay medios más sibilinos.

Hace unos meses, en una visita por la sección de ficción de la Fnac, me topé con lo último de Dan Simmons, un tipo al que estoy dispuesto a perdonar Ilium y Olympos por los buenos momentos que me hicieron pasar Hyperion y Endymion. Me lo compré en tapa blanda (diría que es la edición de bolsillo, pero no hay bolsillo que aguante este ladrillo) por el módico precio de 11,75€. Siguiendo la lógica que he visto seguir a los editores con otros títulos, cuando lo traduzcan al castellano serán dos libros a 10 machacantes cada uno. Al tiempo.

Después, al llegar a casa, se me ocurrió mirar en Amazon cuánto me habría costado si me hubiese esperado y lo hubiese pedido ahí. Ahí cuesta 10.87$. Quizá, entre lo que supone el cambio del dólar al euro y lo que añaden los gastos de envío, me habría quedado aproximadamente igual (el cálculo, a día de hoy, dice que me costaría 13.84€. Salí ganando). Eso, la versión de bolsillo. La versión de Kindle cuesta 12.41$. Y eso sí es algo que no entiendo.

El coste de producir un libro no es solamente el de impresión: hay una serie de costes fijos (la cadena desde el manuscrito final hasta el libro es larga) que hay que cubrir. Pero incluso teniendo eso en cuenta, el hecho de tener libros electrónicos más caros que el libro en papel no terminaba de tener sentido, sobre todo teniendo en cuenta que hay que añadir el precio del lector.

Hace un rato, en el blog de Charles Stross, he un enlace a este artículo del New York Times que discute los costes de la producción de libros en general. ¿Quieren saber por qué la versión electrónica puede ser más cara? No les sorprenderá mucho la respuesta (la negrita es mía):

Another reason publishers want to avoid lower e-book prices is that print booksellers like Barnes & Noble, Borders and independents across the country would be unable to compete. As more consumers buy electronic readers and become comfortable with reading digitally, if the e-books are priced much lower than the print editions, no one but the aficionados and collectors will want to buy paper books.

If you want bookstores to stay alive, then you want to slow down this movement to e-books,” said Mike Shatzkin, chief executive of the Idea Logical Company, a consultant to publishers. “The simplest way to slow down e-books is not to make them too cheap.”

No es sólo el hecho de que sean más caros: también intuyo que tendrá que ver la ausencia de muchos títulos en los catálogos. Y luego más de uno se quejará de la piratería; y la culpa será precisamente suya por querer mantener viva (viva y a todo gas, aquí nadie –al menos yo no– está pidiendo la desaparición de las librerías tradicionales, a las que todavía creo que les queda bastante para esfumarse) una cadena de distribución ya superada.

A voces. Lo están pidiendo a voces. Mientras tanto, sus criaturas, ya en descomposición, siguen demandando cerebros frescos.

Página 191:

Como hemos comprobado en otros apartados del libro, el mecanismo de recurrir a la expresión «según analistas» para presentar con una pátina técnica lo que sólo es una opinión del periódico, es frecuente al tratar la política venezolana. [...] Lo que hace el diario es buscar sólo a los que coinciden con su línea editorial; por supuesto, el diario no opina.

Página 196:

Los medios de comunicación, como han señalado la gran mayoría de los analistas socialmente comprometidos, hace tiempo que sólo son la voz de las grandes empresas que componen su accionariado o sanean sus cuentas de resultados mediante la publicidad.

Entre esos dos párrafos de ahí arriba solamente median cinco páginas del libro. Al menos el segundo párrafo explicita ese de los míos que tan ácida crítica provoca en el primero. Y el uso en el segundo caso puede ser perfectamente legítimo, pero también puede serlo en el primero. En defensa del autor, esto es un libro, no un periódico.

Portada. Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo.Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, de Pascual Serrano, es un libro tremendamente útil para todo aquél que quiera conocer los detalles del mundo político que habitualmente no aparecen en los medios de comunicación, pero tengo que referirme a la cita anterior para lanzar una advertencia respecto al contenido: hay que leerlo con cuidado, pues en algunos pasajes adolece precisamente de eso que denuncia. Otro ejemplo más (p. 206, la negrita es mía):

La obligación de pertenecer al Partido Comunista para ser candidato sigue siendo una obsesión en los medios a pesar de su falsedad. La agencia Efe, con motivo de las elecciones de enero de 2008, difundió en un teletipo este fragmento del que se deduce que sólo el Partido Comunista se puede presentar a las elecciones:

«”Yo puedo asegurarle que yo voy a votar por él [se refería a Fidel Castro]“, dijo Lage tras participar en las elecciones, a las que no concurren partidos políticos, todos ilegales en la isla, salvo el Comunista, al que pertenecen la mayoría de los candidatos.

En realidad, del párrafo no se deduce eso (la palabra mayoría implica que hay una parte de los candidatos que se presentan de forma independiente — siendo cierto que el Partido Comunista es el único que hay en la isla). Si para denunciar un tipo de manipulación hay que retorcer las atribuciones, mal ejemplo se está dando.

En todo caso, como decía más arriba, sigue siendo un buen ejemplo de omisiones habituales en prensa, siendo la principal de ellas, y esa es la idea básica que sobrevuela al texto desde el comienzo, la falta de contexto. Una noticia de 800 ó 1000 palabras difícilmente puede proporcionar el contexto que necesita el lector para poder enterarse. Puede darse la situación de que una persona lea el periódico, crea que se está informando y resulte que no tiene más idea de lo que ocurre después de leer el artículo: quizá tenga conocimiento de unos hechos puntuales (un atentado, una guerra, una manifestación), pero no porqué ocurren, qué circunstancias han llevado a que se produzcan esos eventos ni la relación con su propio entorno (como cuando se aprueban leyes que hacen que nos llevemos las manos a la cabeza cuando aquí tenemos algunas parecidas — véase el caso de Irlanda y la blasfemia). Y luego, claro, están las noticias directamente inventadas; véase como ejemplo reciente el caso de Chávez y el terremoto de Haití.

En las noticias todo tiene que contarse y contarse ya, antes de que el espectador se levante al baño o el internauta cambie de pestaña porque se aburre con nuestra página. Esa inmediatez que los medios se creen que necesitan (o, como dijo Enric González, «la industria [de la prensa] ha supuesto que el lector de periódicos es un tipo al que no le gusta leer») hace que todo el espacio necesario para entender los entresijos del asunto se vaya en una columna de un tema completamente aparte o en un anuncio.

Las soluciones a esta situación, aunque al final del libro hay un capítulo con el muy explícito título de Qué hacer, no están claras, al menos para mí. Lo de suscribirse a publicaciones alternativas que dicen cosas que agraden al lector (y darles una colleja cuando se lo merezcan, si se da el caso) no me termina de convencer: que algo me guste no implica necesariamente que sea cierto; que un medio cuente una historia que no sale en ninguna otra parte tampoco es una garantía de absolutamente nada. La única solución es arremangarse e intentar acceder directamente al origen de las noticias. Desgraciadamente, el acceso a las fuentes de información muchas veces es una tarea imposible. No es lo mismo encontrar el último informe acerca de un determinado tema publicado por la Organización Mundial de la Salud que enterarse de lo que ocurre en una remota aldea de Kenia.

A día de hoy, y visto cómo está el panorama periodístico español, lo de salir de casa por las mañanas sabiendo lo que pasa en el mundo, a pesar de esfuerzos como los de este libro, es una tarea imposible.

Si yo ahora les dijese que la bandera ondeaba y eso en aquellas circunstancias era imposible, luego nadie estuvo allí nunca, posiblemente ya sepan a qué me estoy refiriendo, a pesar de las pistas tan vagas que estoy dando.

A fecha de hoy (año 2010, que ya ha llovido) sigue habiendo gente que niega que el hombre haya estado jamás en la Luna. Algunas versiones de la conspiración incluyen tantos elementos delirantes que sus argumentaciones (por decir algo) vienen a decir que nunca estuvimos allí, y que al volver tuvieron que borrar la mayoría de las cintas de vídeo para que la gente no conociese la existencia de una civilización selenita. Todo de golpe y en la misma frase.

La conspiración Lunar, ¡vaya timo! (portada)El negacionista cansino puede aparecer tras cualquier esquina y es difícil sacudírselo de encima. La baraja de argumentos con la que intentan construir su repóquer de delirios tiene un puñado largo de cartas y nunca se sabe qué llevan en la mano. Dominar todas las teorías existentes requiere tiempo y esfuerzo; es muy parecido a lo que ocurre al discutir con un creacionista.

Contra estos últimos, sin embargo, existen herramientas tan útiles como Talk Origins, una página que recopila todas las hipótesis (o al menos gran parte de ellas) mantenidas por los chalados del cuento bíblico. Hacía falta algo así que explicase que en la Luna se puede sacar una fotografía y las estrellas no se verán en el firmamento. Ahora, afortunadamente, este recetario existe.

De la mano de Eugenio Manuel Fernández Aguilar llegó hace ya unos meses este título, integrante de la colección ¡Vaya timo! de la editorial Laetoli, dirigida por Javier Armentia. El libro es un recopilatorio de toda la ristra de supuestas irregularidades, anomalías, extrañezas y falsedades que se han extraído de la documentación puesta a disposición por la NASA acerca del aterrizaje del Apolo XI (y posteriores), o directamente inventadas de la nada. El espíritu es puramente divulgativo y, aunque hay alguna que otra fórmula, no conviene tener miedo: todo se resuelve aplicando algo de física elemental y un poco de sentido común (y, en general, más de lo segundo que de lo primero). Si los números se nos atragantan, hay multitud de ejemplos para hacer cada caso perfectamente comprensible al lector medio (ejemplo: «El módulo lunar ejercía una fuerza sobre la superficie equivalente a unos 1.200 kg en la Tierra (300 kg por pata), la masa de un turismo. ¿A alguien se le ha hundido el suelo del garaje al aparcar el coche?»).

Son 176 páginas que se leen del tirón, con las hipótesis agrupadas según hagan referencia a la física de la misión, las sombras de las imágenes, las fotografías, la tecnología empleada, los peligros para la salud de los astronautas y un apartado de bulos. Es uno de esos libros que no se cierran al salir del Metro y nos ponen en peligro de caer en una zanja por seguir leyendo mientras seguimos caminando sin prestar atención al camino. Es un regalo perfecto para tanto para la tía abuela recalcitrante que tiene a Íker Jiménez en un altar como para cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad y quiera acercarse a estudiar qué tipo de dudas (bienintencionadas o no) rodearon (y rodean) a las misiones lunares tripuladas de la NASA.

De regalo, un vídeo de un experimento sobre la superficie de la Luna. Si soltamos a la vez un martillo y una pluma en un entorno en el que no hay rozamiento con el aire, ¿qué cae antes? Lo que Galileo dijo que tendría que caer antes:

Aprovecho esta breve crítica para anunciar que este viernes 29 de enero habrá una presentación del libro en Madrid a las 20:00 en la librería Aqui la Ciencia.

Recuerdo con lágrimas en los ojos (pero de las de llorar mucho) aquella vez que dije que iba a comentar aquí los libros inmediatamente después de que me los leyese para que no se me acumulasen. Este artículo lleva en estado de borrador desde finales del año pasado, y las únicas ediciones que le he hecho desde entonces han sido para añadir títulos nuevos, pero sin rellenar absolutamente ningún texto.

Como precisamente por eso la lista se me ha hecho un poco más larga de lo habitual (y eso que no están todos, algunos han aparecido fugazmente en el blog en forma de cita), me voy a limitar a un breve comentario de cada uno. Va siendo hora de ir haciendo limpieza en la pila de libros leídos. Atención, que empezamos:

Zaplana, el brazo incorrupto del PP (Alfredo Grimaldos)

Me lo compré en un momento de debilidad porque lo vi en una estantería en la Fnac (o quizá fue en la Casa del Libro). No es que el tema me interesase especialmente, sobre todo teniendo en cuenta que una simple búsqueda en Google ya da idea de la catadura moral del personaje. En todo caso, tener una lista pormenorizada de todos los chanchullos abiertos siempre viene bien. Luego uno lee noticias como ésta y se le cae el alma a los pies. Eso sí, no se puede negar que, cuando fue ministro, tuvo algunas iniciativas por voluntad propia que son para quitarse el sombrero.

La posibilidad de una isla (Michel Houellebecq)

Houellebecq me sigue pareciendo una especie de Chuck Palahniuk pero con más mala uva, un estilo más simple y bastante más asqueroso, quizá por narrar las cosas desde una perspectiva más realista, más humana, menos humanizada y más personal. No hay grandes diferencias entre éste título y el anterior que me leí del mismo autor (Plataforma). Al que le haya gustado el primero, posiblemente le gustará el segundo, y viceversa.

The men who stare at goats (Jon Ronson)

El 22 de enero estrenan la película en España. Si se quieren ahorrar la lectura del libro, la película es un resumen que mantiene cierta fidelidad con el texto original, o al menos eso aseguró el autor en el reciente TAM London. De todas formas, yo tengo que recomendar que se agencien este libro (en inglés, pues me temo que en castellano todavía no está), que cuenta ni más ni menos que las peripecias por las que pasó el autor cuando empezó a investigar el interés del ejército de los Estados Unidos en la componente ofensiva (y defensiva) de lo paranormal. El título es real: en una base americana ensayaban con soldados supuestamente agraciados con poderes para ver quién podía matar a las cabras simplemente mirándolas.

Y eso se lo creen los que, hoy día, y en este planeta, tienen las armas gordas.

Singularity sky (Charles Stross)

Había oído cosas muy buenas de este autor pero no había tenido la oportunidad de hincarle el diente. Como primera obra de este hombre no la recomendaría: empieza muy bien, las 20 primeras páginas van muy fuerte, pero poco a poco va perdiendo fuelle, promete una historia que no es, se centra en un puñado de personajes que, a priori, son los menos interesantes de todo el conflicto (la llegada a un planeta con un férreo régimen casi feudal de una civilización tecnológicamente más avanzada que promete a los ciudadanos los medios para poder llevar a cabo su revolución a cambio de historias), y acaba renqueando sin saber muy bien dónde está el final. Afortunadamente, le di una segunda oportunidad. Afortunadamente porque

Halting state (Charles Stross)

es un pedazo de libro de ciencia ficción. De ésos que enganchan desde el principio y hasta el final, con una premisa tan absurda que tiene que ser divertida: en una empresa de la República de Escocia (fecha de independencia: 2012), una horda de orcos ha robado el banco de uno de los juegos virtuales que estaban bajo su gestión. Mucho futuro cercano, mucha realidad aumentada (todo implícito, como lo explicaría -es un decir- William Gibson, pero entendiéndose) y mucha sensación de que lo que ahora es una historia de ficción mañana puede ser una noticia en un telediario, a pocas vueltas que dé el mundo.

Vacío perfecto (Stanislaw Lem)

¿Qué mejor excusa para hablar de cualquier cosa que a uno se le venga a la cabeza que escribir una compilación de críticas de libros que no existen? Este libro es Lem escribiendo de lo que le da la gana, tan pronto desde su punto de vista humorístico como saltando a su faceta de filósofo de la ciencia, pero nunca en serio.

Catedral (Raymond Carver)

Leí que Chuck Palahniuk tuvo grandes influencias en su estilo de este autor y de Amy Hempel, entre otros, así que había que pegarle un tiento. Una amiga estuvo al quite y me lo regaló por mi cumpleaños. Es una recopilación de historias cortas peculiares cuanto menos. La narracción comienza en medio de la vida de una persona (da igual quién, en cada historia es alguien diferente), se describen una serie de acontecimientos, que no tienen por qué desencadenar ninguna tragedia, drama o catarsis, y como empezó termina. Tengo que recomendarlo por lo extraño. La primera historia descoloca un poco, pero las siguientes no hacen nada por mejorar la situación. Al cerrarlo uno tiene la sensación de habérselo pasado bien, pero no sabría decir por qué.

Rant (Chuck Palahniuk)

El tío Chuck me gusta hasta cuando se sale de lo que uno espera de él: el relato en primera persona de una historia que va a terminar como el Rosario de la Aurora. Este libro está escrito en forma de testimonios de amigos, familiares y conocidos de Buster “Rant” Casey, cuyos detalles vitales no puedo comentar porque seguramente destripe algo del libro a los que se lo están deseando leer. Como todo lo que escribe este hombre, es muy recomendable.

Catch-22 (Joseph Heller)

Había oído esta frase utilizada en algún escrito en inglés, pero no sabía que era una novela hasta que un colega estadounidense me dijo que es la mejor novela americana jamás escrita. “¡Y ese hombre nunca volvió a escribir nada de provecho!”, añadía siempre. Catch-22 (en español, Trampa 22) es una historia sobre la Segunda Guerra Mundial que roza el absurdo, pero por la parte de dentro; es una novela de ésas que se quedan durante mucho tiempo en la memoria porque todos y cada uno de los personajes que lleva dentro son memorables. Aquí en España me temo que no es muy conocido y es una verdadera lástima. Que me digan dónde está el club de fans de Yossarian más cercano, que me apunto.

Ensayo sobre la lucidez (José Saramago)

Me temo que no hacía falta. Después del grandioso Ensayo sobre la ceguera, esta segunda parte sabe a poco, y además a refrito. En el mismo país que hace unos años se vio invadido por una ceguera blanca, el día de las elecciones todos los habitantes de la capital deciden presentarse en las urnas con un voto en blanco. A partir de aquí todo se fuerza para acabar llegando a los protagonistas de la primera novela de una forma muy triste. Aunque sea Saramago y cada página sea un monumento a la literatura, la historia en este caso no merece la pena. Parece que empieza bien, pero es una ilusión. Si lo sé, me lo ahorro.

Me envía Multimaníaco (a mí y a otro puñado de gente, quiero decir) un enlace que compara dos de las distopías más famosas que se han escrito: Un mundo feliz y 1984.

Orwell vs. Huxley

La comparativa completa, en el enlace de más arriba o pinchando en la imagen.

Oh, corredor, que vienes de Heliópolis,
no he cometido iniquidades.
Oh, resplandeciente, que vienes de las fuentes del Nilo,
no he robado.
Oh, cara tremenda, que vienes de Rosetau,
no he matado.
Oh, quebrantahuesos, que vienes de Heracleópolis,
no he dado falso testimonio.
Oh, malvado, que vienes de Busiri,
no he deseado los bienes ajenos.
Oh, vidente, que vienes del matadero,
no he fornicado con la mujer ajena.
Oh, comandante, que vienes de Un,
no he blasfemado.

Esas frases de ahí arriba son parte de las 42 declaraciones de inocencia que el difunto debía dirigir a los 42 dioses componentes del tribunal de Osiris, según el Libro de los Muertos egipcio. Quizá algunas les suenen, y puede que algunas les recuerden a una lista de solo diez que circula por ahí, aunque al autor se le olvidó citar la fuente correctamente. Cosas de lo humano y lo divino.

(Extraído sin vergüenza ninguna de Por qué no podemos ser cristianos (y menos aún católicos), de Piergiorgio Odifreddi, que es un complemento perfecto a La Puta de Babilonia, de Fernando Vallejo; éste segundo se centra más en los desbarres de los papas y la iglesia en general, y el primero se cisca en los textos sagrados de forma más abundante.)