Me leí el libro relativamente tarde, para el tiempo que llevaba ya publicado y la cantidad de gente que me lo había recomendado, pero al menos fue antes de que estrenasen la película. Me lo finiquité en el viaje a Londres que hice a finales del año pasado, entre el avión de ida y mi inclinación por ser puntual, o al menos con no hacer esperar al resto del mundo, mezclada con mi desconocimiento de la ciudad, que me hacía presentarme en los lugares en los que habíamos quedado una hora antes de tiempo; así que me metía en una cafetería y leía. Antes, de Saramago sólo me había leído El Evangelio según Jesucristo, que me encantó. Fue un primer punto de contacto con el peculiar estilo narrativo del escritor portugués, en el que la acción, los pensamientos y los diálogos se entremezclan entre sí sin puntuación que los separe.
El Ensayo sobre la ceguera fue un libro desagradable de principio a fin, violento, triste y asqueroso. Me encantó. Era un relato crudo de lo bueno y lo hijo de puta que puede llegar a comportarse el ser humano al estilo Saramago, todo seguido. Cuando terminé de leerlo vi que la adaptación al cine iba a ser difícil pues, si bien a lo largo de la historia hay una persona que ve, lo que facilita tener un punto de vista real sobre todo el asunto, el texto está lleno de pensamientos de un personaje, sentimientos de otro, pareceres de aquél de más allá y discursos del narrador.
Ayer por fin pude acercarme a verla y, efectivamente, salí ligeramente decepcionado. Si bien se ha adaptado prácticamente todo el libro, prescindiendo únicamente de una parte menor (la visita a la casa de los padres de uno de los protagonistas), a esta versión con imágenes en movimiento le falta chicha. Le falta mierda, para empezar: si el libro es uno de los relatos más escatológicos que conozco, la película tiene algunas pinceladas, pero no llega a los extremos de la historia original, en la que uno se ve inundado por el hedor cada vez que prosigue la lectura y los personajes caminan sucios y desaliñados; aquí sólo hay desaliño, y poco. La otra escatología, la ética, la de la ley de la selva metida en un manicomio, está algo mejor trasladada, y la escena de la violación es, si cabe, más cruda que en el libro.
Me gustó, eso sí, el juego de luces y sombras que hay en muchas de las escenas, planos que deslumbran al espectador y lo dejan temporalmente ciego (pues la ceguera que afecta a la población es blanca, es “como estar nadando en leche”, como se describe en la historia), imágenes desenfocadas y cosas que deberían verse y no se ven.
En el libro, los personajes muchas veces van asumiendo su propia ceguera y sus circunstancias con una especie de estoicismo resignado, o al menos la forma de escribir de Saramago es lo que me lleva a pensar; esto no ocurre en la película, en la que hay gritos y voces y desesperación cada vez que alguien pierde la vista. Más humano, podría decirse, más real.
No es, en resumen, la mejor adaptación de una novela que haya visto en una pantalla, pero imagino que dadas las dificultades que plantea el relato original es más que digna. De las tres personas que fuimos ayer al cine, se nos hizo un poco de bola a las dos que nos habíamos leído el libro, por si a alguien le sirve de guía.