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Cine España

En ese hueco que tanto se parece al que deja un diente mal arrancado vi, entre otras cosas que no recuerdo, Indiana Jones y la Última Cruzada. En aquel momento yo tenía 8 años, y mi tía me tapó los ojos cuando Walter Donovan elige el Grial equivocado; sabía que tenía un sobrino bastante cobarde. Allí estaba el cine España.

Aquí, en lo que ahora es un edificio de viviendas, tuve los santos cojones de ver Los Vengadores. Aunque era tan mala que incluso yo me daba cuenta, me quedé hasta el final. Ahora es un edificio de viviendas; antes era el Cine Florida.

Estos días, en la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (Academia del Cine, en versión corta, calle Zurbano, 3) se está exponiendo una serie de fotografías de Paco Garrido que ilustran el cierre y/o abandono de diversas salas de cine a lo largo de nuestro país. El Cine España, donde ahora hay un solar, aparece en esa exposición. La entrada es gratuita hasta completar aforo y el horario es de 11 a 1 de la mañana y de 5 a 8 de la tarde.

El otro día estuve en el cine viendo District 9. Como ya me había dicho un puñado de personas de cuyo criterio me puedo fiar bastante a la hora de hacer estas valoraciones, la película es una maravilla. Creo que hacía ya un tiempo que no veía una película de ciencia ficción que me gustase tanto (y la que van a estrenar en breve con Bruce Willis, The Surrogates, también apunta maneras).

De todas formas, no vengo a hablar de la película. Vengo a hablar de un detalle en los subtítulos (la vi en los cines Ideal, que pasan las películas en versión original y subtituladas en castellano). El protagonista de la historia (o uno de los protagonistas) es un hombre llamado Wikus van de Merwe. Sin necesidad de destripar nada de la película, en un momento dado otro de los personajes le llama, de forma obviamente despectiva, Dickus.

¿Cómo quedó subtitulado aquello en castellano? A estas alturas de la historia más de uno habrá aventurado la respuesta: Pijus. Y, con eso, una escena de otra película me vino a la cabeza:

En la versión en castellano de la película La Vida de Brian, el personaje de Biggus Dickus se tradujo por Pijus Magníficus. Que no estuvo mal, pero luego perdió gracia la parte del nombre de su mujer: Incontinencia Suma. En todo caso, no sé si es casualidad o un guiño de la persona (o personas, seguramente esto último) que se encargó de la traducción.

Dos locos consiguen escapar de las habitaciones en las que estaban recluidos dentro de un psiquiátrico. Tras mucho perderse por los pasillos, consiguen llegar a la azotea del edificio, desde la que no se puede llegar a ninguna parte. A cierta distancia, consiguen avistar el tejado de otra casa desde el que podrían alcanzar, si son capaces de llegar, la ansiada libertad.

Uno de ellos saca una linterna del bolsillo y dice:

- Tengo un plan. Yo enciendo la linterna, apunto a la casa y tú caminas sobre la luz hasta que llegues. Luego te tiro la linterna y haces lo mismo, y escapamos.
- ¡Eres idiota! ¡Ese plan no funcionará nunca!
- ¿Por qué?
- Porque cuando vaya por la mitad, seguro que apagas la linterna.

Mis recuerdos me dicen (y la mayor parte de las veces me cuentan lo que quiero oír, no lo que ocurrió en realidad) que ese chiste de ahí arriba se lo contó, con otras palabras, el Joker a Batman en las últimas páginas de The killing joke. Como he podido comprobar mientras escribía esto y leyendo en la Wikipedia, por una vez mi cabeza tiene razón (el chiste es parecido, no igual; pueden leer el original en el enlace anterior).

El chiste es gracioso por varios motivos. Para empezar, sabemos que es un chiste. Lo es para nosotros, porque vemos la acción desde fuera; el interior de una historia es un sitio oscuro y confuso en el que uno no sabe si se encuentra en una comedia o en una tragedia. Harold Crick tuvo que llevar un cuaderno para apuntar qué demonios estaba pasando y aún así las pasó putas. También sabemos que están locos. No solamente es un dato de partida, sino que además sus acciones concuerdan con lo que una gran parte de nuestros coetáneos (no voy a decir que todos, que hay genta pa tó) consideraría que corresponde a los actos de un verdadero zumbado. Si alguien no se ríe del chiste, hay motivos para pensar que cree que el plan de fuga, en el fondo, era bueno.

Y esto es porque los locos no ven a los locos. Ni siquiera se ven a sí mismos: tiene que llegar primero alguien y explicarles que, por muy real que parezca, el elefante que les transmite los pensamientos de la vecina de abajo desde el armario en realidad no está ahí. La línea que separa una comedia de tarados de una tragedia de gente perfectamente cuerda puede ser tan fina que solamente puede verse desde fuera de la historia.

Ayer, en una parada de autobús de Madrid, entre anuncios que ofrecían los servicios de una chica con excelente educación que solamente buscaba cuidar bebés o ancianos o el alquiler de una habitación, alguien había colocado un anuncio de venta de un piso por un millón de euros. En una parada de autobús. Un millón de euros. Un uno seguido de seis ceros. Un esquizofrénico encendiendo su linterna.

Y no solamente no había gente partiéndose la caja alrededor, sino que algunos de los flecos en los que se había apuntado el número de teléfono estaban arrancados. Alguien que cree que se puede huir de un manicomio paseando sobre un haz de luz.

Estamos locos.

PD: si durante este artículo se han dado cuenta de que no saben quién es Harold Crick, no hay gran cosa que yo pueda hacer por ustedes. Lo más, dejarles aquí el principio de la historia y confiar en que se dejen convencer.

Si de pequeño me hubiesen preguntado cómo suena un teléfono, habría contestado sin dudar que “ring”, o alguna cercana variante onomatopéyica. Eso fue, claro, porque nací en los 80. Hoy resulta que los teléfonos suenan como el último grito, desafinado pero corregido con el correspondiente autotuning, de la estrella de turno del videoclip. O como aquella canción que sonó aquella vez en aquel anuncio que anunciaba aquel producto del que ya nadie se acuerda, pero cuya melodía todo el mundo es capaz de tararear sin esfuerzo. O como Chiquito de la Calzada. La oferta de politonos es interminable, sin duda un gran síntoma de que las telecomunicaciones en nuestro país van de puta madre. Por un puñado de euros puedes ser tener un móvil tan diferente como todos los demás, siempre y cuando tu personalización se encuentre disponible en el catálogo.

Teléfono de baquelitaComo recientemente he cambiado de compañía de telefonía móvil, he aprovechado para cambiar mi viejo ladrillo y conseguir uno que saca unas fotografías decentes y tiene GPS y Google Maps y Twitter y me deja leer y enviar e-mails. Creo que también se puede llamar y enviar mensajes de texto, pero este todavía no he podido comprobar este extremo. Lo que no podía hacer, eso sí, es sonar como un teléfono. Ring, que decía antes. Ahí es cuando uno descubre que el mundo de los teléfonos antiguos es un mundo de locos, y que hay páginas con estupendos archivos de sonidos viejunos, el sueño de todo cascarrabias como yo. Pero claro, hay sonidos y sonidos. Quizá merece la pena rascar más y no ponerse el primero que parece grabado de un viejo trasto de los de baquelita de verdad (hablando de lo cual: hay un Museo de la Baquelita).

En algunos de sus libros (la memoria me dice que fue en Superviviente pero, como de costumbre, no me fío), Chuck Palahniuk escribió que las risas de lata que se utilizan en las series de hoy en día fueron grabadas durante los años 50. La gente que se descojona de las bromas detrás de la pantalla ya está muerta.

<RISAS>

No obstante, Palahniuk es conocido por insertar en sus novelas datos que no tienen necesariamente que ser ciertos, pero que aportan una sensación de realismo a la historia (en inglés: factoids). Lo que no quita que sí que existan archivos de audio que han sido utilizados una y otra y otra y otra vez, y las que les quedan. Uno de los ejemplos más conocidos de esto es el grito de Wilhelm. La historia de este corte de audio empieza en 1951, cuando se grabaron seis tomas de un grito de dolor para Tambores lejanos, en una escena en la que uno de los personajes es mordido por un cocodrilo y arrastrado por el animal al fondo de un lago. Por aquel entonces, era simplemente hombre mordido por cocodrilo que grita, y fue reutilizado en un puñado de películas de la Warner. Tiempo después, Ben Burtt, un ingeniero de sonido que fue contratado para realizar parte de los efectos especiales de La Guerra de las Galaxias, se puso a rastrear el origen de ese característico grito. Llegó tan atrás como The Charge at Feather River, de 1953, que aquí en España se estrenó como La carga de los jinetes indios. Es en esa película en la que un personaje, el soldado Wilhelm, emite el distintivo grito al ser alcanzado en la pierna por una flecha. Burtt comenzó a emplear ese clip en todas las películas en las que le ha sido posible, como una especie de sello personal. No es el único: a día de hoy se contabilizan 149 películas en las que, en un momento u otro, hace acto de aparición el famoso chillido.

Esto es sólo un grito. Hay otros archivos de audio que han sido utilizados hasta la náusea en series y películas de televisión. Uno de ellos es el trueno tenebroso de castillo sobre una colina, que lleva coleando desde el Frankenstein de 1931. Otro, que me lleva al principio del artículo, es el teléfono de la Universal. Durante los 70 y 80, si sonaba un teléfono en El equipo A, El hombre de los seis millones de dólares, Magnum, Cazafantasmas, Juegos de Guerra o Encuentros en la tercera fase, muy probablemente fuese utilizando esta grabación.

Y, ahora sí, mi teléfono suena como un teléfono.

Avisaba ayer el señor Otis B. Driftwood de que se iba a tomar una semana pythoniana y que, aprovechando que La vida de Brian cumple 30 años en agosto, se dedicará a colocar una frase o un minidiálogo en su blog cada día hasta el domingo. Yo no puedo sino unirme, aunque sea únicamente por hoy; y confío en no pisarle ninguna escena, aunque va a estar jodido.

Éste es uno de mis diálogos favoritos, tanto por lo absurdo como por el hecho de que me viene a la memoria cada vez que leo o escucho ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas, discriminaciones positivas y demás patadas al lenguaje y al sentido común. El siguiente fragmento viene por cortesía de esta página, que es la primera que aparece en Google al buscar monty python life of brian script:

JUDITH: I do feel, Reg, that any Anti-Imperialist group like ours must reflect such a divergence of interests within its power-base.

REG: Agreed. Francis?

FRANCIS: Yeah. I think Judith’s point of view is very valid, Reg, provided the Movement never forgets that it is the inalienable right of every man–

STAN: Or woman.

FRANCIS: Or woman… to rid himself–

STAN: Or herself.

FRANCIS: Or herself.

REG: Agreed.

FRANCIS: Thank you, brother.

STAN: Or sister.

FRANCIS: Or sister. Where was I?

REG: I think you’d finished.

FRANCIS: Oh. Right.

REG: Furthermore, it is the birthright of every man–

STAN: Or woman.

REG: Why don’t you shut up about women, Stan. You’re putting us off.

STAN: Women have a perfect right to play a part in our movement, Reg.

FRANCIS: Why are you always on about women, Stan?

STAN: I want to be one.

REG: What?

STAN: I want to be a woman. From now on, I want you all to call me ‘Loretta’.

REG: What?!

LORETTA: It’s my right as a man.

JUDITH: Well, why do you want to be Loretta, Stan?

LORETTA: I want to have babies.

REG: You want to have babies?!

LORETTA: It’s every man’s right to have babies if he wants them.

REG: But… you can’t have babies.

LORETTA: Don’t you oppress me.

REG: I’m not oppressing you, Stan. You haven’t got a womb! — Where’s the fetus going to gestate?! You going to keep it in a box?!

LORETTA: [crying]

JUDITH: Here! I– I’ve got an idea. Suppose you agree that he can’t actually have babies, not having a womb, which is nobody’s fault, not even the Romans’, but that he can have the right to have babies.

FRANCIS: Good idea, Judith. We shall fight the oppressors for your right to have babies, brother. Sister. Sorry.

REG: What’s the point?

FRANCIS: What?

REG: What’s the point of fighting for his right to have babies when he can’t have babies?!

FRANCIS: It is symbolic of our struggle against oppression.

REG: Symbolic of his struggle against reality.

Para ahorrarme la traducción, aquí está la escena en inglés, con subtítulos en castellano.

Nunca fui mucho de Star Trek. Tampoco, para el caso, de La Guerra de las Galaxias; las tres primeras las vi según las iban echando en televisión, o quizá mi padre alquiló alguna en un videoclub (cuando estas cosas existían) en algún momento. Estaban entretenidas, aunque lo mejor fueron los juegos X-Wing y Tie Fighter; luego hicieron tres películas malas para pegar más pelotazos en taquilla. Star Trek lo veía irregularmente cuando lo echaban por las mañanas en Telemadrid; era la época en la que lo más alienígena que salía por la pantalla de la autonómica eran las orejas de Spock y no las opiniones vertidas en los telediarios.

Creo que la primera película de Star Trek que vi entera, y de la que me puedo acordar, fue Star Trek VI: Aquel país desconocido. La echaron en su momento en Canal +, y me gustó. Creo que a partir de entonces le intenté prestar un poco más de atención a la serie, pero no terminé de engancharme. La nueva generación se me antojaba vieja, y las nuevas películas tenían un aire rancio que no conseguían quitarse ni haciendo que Data tararease un par de canciones. A la franquicia le hacía falta ventilar los uniformes como el comer.

La primera crítica que me llegó de la nueva película, que se estrenó ayer, fue este vídeo de The Onion: Trekkies Bash New Star Trek Film As ‘Fun, Watchable’. Desde luego, eso era lo que prometía el trailer: más allá de ser un comienzo desde cero con unos personajes ya creados (que se podrían manosear más o menos para adaptarlos a los nuevos tiempos, o sin más, porque los experimentos siempre se pueden hacer en el cine sin gaseosa), las secuencias mostraban una película de ciencia ficción de las de nave con cien cañones por banda, explosiones, disparos y peleas. Una space opera de las de libro, vamos.

Eso es precisamente lo que da la nueva película: poco más de dos horas de acción de la de antes, pero hecha ahora, sin que se vean los hilos ni los disfraces de gomaespuma. Ha cambiado todo para que no cambie nada, o casi nada. O se haya retocado lo que quedaba sin tocar. Además, si la misión empieza con los protagonistas como cadetes de la academia, ¿a alguien le va a importar que los uniformes no sean del mismo color o que el centro de mando del Enterprise sea una reunión de golferas? El nuevo capitán Kirk es el Han Solo que no estuvo en las nuevas películas de La Guerra de las Galaxias y Scotty es dios, versión escocesa. Mientras las orejas de Spock se mantengan de punta y perfectamente lógicas, nadie se rasgará las vestiduras: a la hora de escribir estas líneas, esta entrega de Star Trek acumula un 96% en Rottentomatoes y un 8.6 en la IMDB. Y eso que es una entrega impar.

Mi desconocimiento casi completo de los personajes originales, más allá de las excentricidades de Spock -pero no hay que ser un aficionado a la serie para eso-, no me permite decir con fiabilidad en qué se diferencian los nuevos de los viejos. Quizá la mención de que ahora Scotty está interpretado por Simon Pegg le dirá algo a los antiguos seguidores de la serie. Lo mismo al salir del cine hoy algún niño que quiere ser ingeniero, quién sabe. Yo no le culparía, pero espero que sus padres sepan reconducirle por el buen camino.

Me leí el libro relativamente tarde, para el tiempo que llevaba ya publicado y la cantidad de gente que me lo había recomendado, pero al menos fue antes de que estrenasen la película. Me lo finiquité en el viaje a Londres que hice a finales del año pasado, entre el avión de ida y mi inclinación por ser puntual, o al menos con no hacer esperar al resto del mundo, mezclada con mi desconocimiento de la ciudad, que me hacía presentarme en los lugares en los que habíamos quedado una hora antes de tiempo; así que me metía en una cafetería y leía. Antes, de Saramago sólo me había leído El Evangelio según Jesucristo, que me encantó. Fue un primer punto de contacto con el peculiar estilo narrativo del escritor portugués, en el que la acción, los pensamientos y los diálogos se entremezclan entre sí sin puntuación que los separe.

El Ensayo sobre la ceguera fue un libro desagradable de principio a fin, violento, triste y asqueroso. Me encantó. Era un relato crudo de lo bueno y lo hijo de puta que puede llegar a comportarse el ser humano al estilo Saramago, todo seguido. Cuando terminé de leerlo vi que la adaptación al cine iba a ser difícil pues, si bien a lo largo de la historia hay una persona que ve, lo que facilita tener un punto de vista real sobre todo el asunto, el texto está lleno de pensamientos de un personaje, sentimientos de otro, pareceres de aquél de más allá y discursos del narrador.

Ayer por fin pude acercarme a verla y, efectivamente, salí ligeramente decepcionado. Si bien se ha adaptado prácticamente todo el libro, prescindiendo únicamente de una parte menor (la visita a la casa de los padres de uno de los protagonistas), a esta versión con imágenes en movimiento le falta chicha. Le falta mierda, para empezar: si el libro es uno de los relatos más escatológicos que conozco, la película tiene algunas pinceladas, pero no llega a los extremos de la historia original, en la que uno se ve inundado por el hedor cada vez que prosigue la lectura y los personajes caminan sucios y desaliñados; aquí sólo hay desaliño, y poco. La otra escatología, la ética, la de la ley de la selva metida en un manicomio, está algo mejor trasladada, y la escena de la violación es, si cabe, más cruda que en el libro.

Me gustó, eso sí, el juego de luces y sombras que hay en muchas de las escenas, planos que deslumbran al espectador y lo dejan temporalmente ciego (pues la ceguera que afecta a la población es blanca, es “como estar nadando en leche”, como se describe en la historia), imágenes desenfocadas y cosas que deberían verse y no se ven.

En el libro, los personajes muchas veces van asumiendo su propia ceguera y sus circunstancias con una especie de estoicismo resignado, o al menos la forma de escribir de Saramago es lo que me lleva a pensar; esto no ocurre en la película, en la que hay gritos y voces y desesperación cada vez que alguien pierde la vista. Más humano, podría decirse, más real.

No es, en resumen, la mejor adaptación de una novela que haya visto en una pantalla, pero imagino que dadas las dificultades que plantea el relato original es más que digna. De las tres personas que fuimos ayer al cine, se nos hizo un poco de bola a las dos que nos habíamos leído el libro, por si a alguien le sirve de guía.