
"Compruebo el e-mail cada pocos minutos, pero no contesto inmediatamente. No quiero que la gente crea que soy compulsiva". ¿Alguien se ve retratado?
Un buen día de abril de este año, James Sturm, un dibujante americano, decidió que ya estaba bien de ser esclavo de Internet y comenzó un experimento que a día de hoy todavía sigue: pasar cuatro meses sin conectarse. Sus motivos hablan por sí solos:
Even when I am away from the computer I am aware that I AM AWAY FROM MY COMPUTER and am scheming about how to GET BACK ON THE COMPUTER. I’ve tried various strategies to limit my time online: leaving my laptop at my studio when I go home, leaving it at home when I go to my studio, a Saturday moratorium on usage. But nothing has worked for long. More and more hours of my life evaporate in front of YouTube. Supposedly addiction isn’t a moral failing, but it feels as if it is.
(Incluso cuando estoy lejos del ordenador me doy cuenta de que ESTOY LEJOS DE MI ORDENADOR y estoy planeando cómo VOLVER AL ORDENADOR. He intentado varias estrategias para limitar mi tiempo on-line: dejar mi portátil en mi estudio cuando me voy a casa, dejarlo en casa cuando voy al estudio, una moratoria de uso los sábados. Pero nada ha funcionado a largo plazo. Más y más horas de mi vida se evaporan frente a YouTube. Supuestamente la adicción no es un fallo moral, pero se siente como si lo fuera.)
La razón principal es que Internet, a pesar de ser un canal de comunicación excelente, también es una fuente de distracciones interminable. Esas distracciones son las que hacen que al final mucho tiempo se vaya por el sumidero. Se publicó hace un tiempo en XKCD una tira titulada El problema con la Wikipedia que es extrapolable a este asunto en concreto:
El autocontrol, muchas veces, no es suficiente. No obstante, la adicción a Internet no se encuentra clasificada como una patología –aún–, pero el problema del tiempo que se evapora no es del canal, sino del contenido. Entre el e-mail, actualizar el perfil en Facebook, poner chorradas en Twitter, navegar de forma compulsiva por las últimas actualizaciones de las suscripciones a blogs, revistas o periódicos, echarse una partida en Kongregate, repasarse lo más recomendado de YouTube o Vimeo, leerse esa entrada en la Wikipedia que no puede esperar, pinchar en los cincuenta enlaces que parten de esa entrada… Una pequeña cosa, más otra pequeña cosa, más otra pequeña cosa, y es la una de la mañana y la ropa por doblar encima de la cama, los cacharros por fregar y Esa Cosa Que Había Que Tener Para Mañana en algún rincón poco atendido de la memoria.
James Sturm decidió cortar por lo sano con todo esto. Una amiga suya cambió las contraseñas de acceso a su ordenador y desconfiguró el acceso a Internet. James publicó en Slate una dirección de correo postal –del de toda la vida, del que lleva sello– con la que sus seguidores podían ponerse en contacto con él. La columna que narra sus vicisitudes en el mundo analógico la escribe y se la pasa a su hija en una memoria USB junto con las imágenes escaneadas; luego ella se encarga de enviar todo a la redacción. El teléfono, que él temía que se tirase sonando todo el día ahora que estaba ilocalizable a través del correo electrónico, siguió en su silencio habitual. Su agente se encarga de sus asuntos. Su mujer ahora tiene que hacer alguna transacción más a través de la página web de su banco, pero poco más.
La viñeta que abre este artículo tiene su origen precisamente en el correo que ha generado todo esto; son unas 30 cartas por semana. James dice que ahora se concentra y dibuja más. Se asombra de la facilidad con la que el tiempo anteriormente empleado en Internet ahora lo puede utilizar en los dibujos. Durante este proceso, pidió a estudiantes del Center for Cartoon Studies que describieran su relación con la red en viñetas. La conclusión oscila entre el reconocimiento del síndrome de abstinencia más agudo –recuerdo cuando me mudé a este piso: la mejor red inalámbrica de los vecinos se recogía justo junto a la vitrocerámica. Y allí estaba yo, con el ordenador sobre la placa– y el reconocimiento de que, en el fondo, esto no es más que una herramienta.
El intento de desintoxicación continúa. Quedan cuatro semanas de experimento y tres columnas por publicar. La evolución de este buen señor (esperemos que con relatos de su vuelta a la vida conectada) se puede leer en esta serie de columnas en Slate.
(De todo esto me enteré gracias a Bloguionistas.)










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Hay por ahí un artículo que afirma que la adquisición de conocimiento y comprensión de un problema genera las mismas endorfinas que otras drogas. Seguro que tú la puedes encontrar ántes que yo.
Pero ¿Para qué desintoxicarse? Es sólo un asusto de gestión del tiempo y las prioridades, es exagerado compararlo con un problema médico. No creo que el ansia de información pueda producir degeneración en la persona. más bien al contrario.
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A mi se me ocurre un término intermedio. Un 486 rescatado de la basura, un modem de 33.6k – o en su defecto la conexión más miserable disponible – y en la pantalla un triste terminal linux desde el que mandar emails editados con vi. Lynx para visitar las pocas páginas que todavía pueda cargar. Disquetes y un monitor de 14″ que solo mirarlo se desprenda la retina
Se ha hablado de que a gran escala se está sufriendo de un síndrome de déficit de atención relacionado con cómo utilizamos el correo y la navegación por internet. Dificultades para concentrarse, necesidad compulsiva de saltar de un tema a otro, de mirar el correo, etcétera.
Una fuente reciente que acude a la memoria es El Crash de la Información, de Max Otte, pero hay más.
Merece la pena pararse un poco a reflexionar sobre esto. Por lo menos los que quieran cuidar su productividad personal y los que estén criando niños. Saludos.
Cuando yo tenía unos 7 años (allá por el 69), ante mi mente inquieta e imparable, mi padre inventó un juego para tenerme ocupado: cada día me daba un lista de palabras que yo debía buscar en el ‘Monitor de Salvat’ (un diccionario enciclopédico). Si aparecía alguna llamada a otra definición (identificable por un asterisco) debía seguirla. Por la noche, cuando llegaba mi padre a casa, debía relatarle lo que había descubierto en mi búsqueda.
Cuando apareció el hipertexto, allá por los 90, sentí que se me quitaba un peso de encima: ¡aquellos volumenes enciclopédicos!
Pero a mis casi cincuenta, mi necesidad de leer y de investigar sigue siendo tan imperiosa como la de navegar por internet, dejando que los vientos de los hiperenlaces me lleven a conocimientos que ni imaginaba que andaban por ahí.
Otra cosa es la compulsividad en los actos: malo con el comer, malo con el beber, malo con el fumar… El ecosistema informático que hemos creado puede generar parásitos, información-dependientes y bit-pervertidos… cosas de las poblaciones… sin olvidar los modelos presa-predador de Lotka-Volterra que podrían aplicarse a los modelos de phising, cracking y demás delincuencia….
Bueno, yo no tengo tan claro que el medio sea “neutro”, que el problema este solo en los usuarios. Internet, por su estructura basada en hipertexto, es como un libro sin fin en el que siempre puedes pasar una pagina más. Vamos, que es facil pasar mas tiempo del que nos gustaria delante del cacharro. Tambien es discutible que la adquisición de conocimiento siempre sea algo bueno; el conocimiento cuando no se adquiere en consonancia con unas inquietudes concretas, o en relación a personas o grupos sociales concretos, ya no es conocimiento, son datos. Que no es lo mismo. Las técnologias evolucionan tan deprisa que los analisis de su impacto en la sociedad van siempre muchos años por detras. Dentro de algun tiempo se verán las consecuencias,las buenas y las malas.
Tengo un amigo que no tiene ni PC ni conexión a internet, y hablandolo con él, creo que gana en calidad de vida. Cuando necesita reservar algun viaje o hacer alguna gestión, se va a la biblioteca municipal y listo. En realidad, Internet, el uso que se hace de ella es en un 70% – 80% ocio, y ni siquiera me parece que sea ocio de calidad en muchos casos.
¿Por qué desengancharse? Yo también soy adicta a Internet. Y a meter la comida en el frigorífico, y a encender la luz por la noche, y a llevar mis diccionarios para el ordenador en vez de los tochazos para los viajes. Cuando era pequeña, como #6, leía la enciclopedia durante horas. Ahora es más cómodo hacerlo; ¿por qué renunciar a ello?