¿Pagaría usted, avispado lector (dependiendo de la hora del día en la que lea esto, claro está), por leer este blog? La respuesta, independientemente de la cantidad de alcohol u otras sustancias milagrosas en sangre, de las horas dormidas la noche anterior y las condiciones climatológicas, debería ir encaminada a un férreo y claro no, ni de coña.
Podría intentar convencerles. Podría intentar decir que, cuando escribo algún texto largo, me tiro mis buenas dos o tres horas redactándolo, buscando las referencias oportunas, leyendo los documentos que encuentro y revisando el texto final para matar las erratas (las conceptuales y las horrográficas, que alguna se cuela de vez en cuando). Que, en resumidas cuentas, como esto lo hago por afición y no por el maldito parné, puedo dedicarme a meter el barco en la botella tranquilamente hasta que quede bonito, que no necesito vender tres medio torcidos mañana. Que, puestos a gastarse el dinero en algo, mejor hacerlo en un artículo que, con mayor o menor acierto, ha sido revisado hasta donde mis (limitados) recursos me lo permiten.
Traía Sergio Rodríguez ayer en su blog unas cifras acerca de qué porcentaje de lectores de noticias en Internet pagarían alegremente por seguir accediendo a su diario de referencia (si es que alguien tiene un único diario de referencia; normalmente se arregla con un par de golpes bien dados, aunque muchos de los enfermos de este síndrome padece una edad lo suficientemente avanzada como para que el tratamiento no sea efectivo). La encuesta es del Reino Unido; no sé hasta qué punto los resultados son extrapolables a la población española, pero al final se concluye que un 5% de los lectores sacarían la tarjeta de crédito para seguir leyendo las noticias de LaBola.com si ésta se pasase a un modelo de pago. El 95% restante se pasaría a LaTrola.es.
Yo tengo claro que, si alguno de los periódicos que leo habitualmente (que incluyen tres fijos nacionales -El País, Público y El Mundo-, más alguno internacional -normalmente The Guardian-) empieza a intentar cobrar por acceder a él como lo vengo haciendo habitualmente, han perdido a un lector (pero de verdad, no como los de Mi Mesa Cojea.)
Lo han perdido por la simple razón de que no me es imprescindible. La información que aparece en un periódico puede encontrarse, gracias al milagro de los panes, los peces, las agencias de prensa y las noticias, en cualquier otro, aproximadamente a la misma hora y con las mismas erratas. Además, no pagaría por una información que no tiene uno de los pilares más básicos que debería sostenerla: si el artículo que estoy leyendo me interesa, trata de un tema del que yo tengo algún conocimiento (por bien remoto que sea éste) y tengo un poco de tiempo libre, automáticamente intento verificarlo. Que se supone que es un trabajo que ya tenía que venir hecho. Pero, desgraciadamente, muchas veces (no voy a decir la mayoría, pero lo estoy pensando) no es así.
Estos días estoy disfrutando como un enano con Flat Earth News, de Nick Davies, un relato pormenorizado de los males que aquejan a la prensa, que no tiene tanto una crisis económica sobre la chepa como un problema de credibilidad. En las primeras páginas, Davies explica el experimento que hizo con un joven reportero que entró a trabajar a un periódico local (tres ediciones al día, 24 páginas por edición). Este muchacho llevó una cuenta de lo que hacía al cabo del día, y al final de la semana produjo el siguiente informe (traduzco del original):
Número de historias escritas: 48 (9,6 cada día).
Gente con la que he hablado: 26.
Gente con la que he hablado cara a cara: 4 de 26.
Horas fuera de la oficina: 3 de 45,5.
Quitando las 3 horas de salir a la calle quedan 42,5 horas en la redacción. Sale un total de poco más de 53 minutos por cada noticia. En esos 53 minutos hay que estructurar el texto, contactar con las fuentes, conocer los hechos, contrastar la información de la que se dispone, saber qué es lo importante, extraerlo, redactarlo para que se entienda y revisarlo (y quizá me esté saltando algún paso). Es decir: que muchas veces esto no se hace (y no lo intuyo por las cifras, es algo que queda reflejado en el diario del experimento) y el producto final es el resultado de un refrito de una nota de prensa, que puede ser información ya comprobada, propaganda de alguna empresa de relaciones públicas o, directamente, basura que queda bien en portada.
El problema de los periódicos es, en general, que no me creo que lo que me cuentan, salvo honrosas excepciones. No me lo creo porque los periódicos no tienen como objetivo contar la verdad. Si tuviesen como objetivo contar la verdad, no tendrían todos los días el mismo número de páginas: algunos días se tendrían que explicar cosas que ocuparían más espacio, otros ocuparían menos; otros directamente no habría edición, porque no habría dado tiempo a terminar de redactarla de forma clara y concisa. Un periódico es un conjunto de N páginas (grapas opcionales) rellenas con un texto cuyo único objetivo es que el lector comprador vuelva mañana a dejar su dinero en la misma cabecera. En la misma, no en otra; al abrir un determinado periódico no sé qué me van a contar, pero posiblemente ande bastante acertado si alguien me pregunta qué no está en sus páginas. Cada periódico tiene su lector, y es algo que parece normal. Lo parece tanto que esta línea, que abría una noticia reciente del New York Times, no escandaliza:
When loyal readers opened Spain’s leading daily newspaper, El País, last Sunday, some may have spilled their morning café con leche.
El periodismo está fatal no porque nadie dé un duro por sus contenidos, sino porque cada periódico espera un tipo de lector que espera un determinado tipo de periódico. Además de las torpezas pasadas, presentes y futuras, consistentes en publicar cualquier teletipo que entre si se adapta al hueco que hay al lado de un anuncio a toda prisa, y si sale en la portada de la web, mejor, que da clicks, está esto; la pescadilla que se muerde la cola (y además se queja; se quejan las dos: la cola y la cabeza, pero la primera menos).
Y luego me preguntan que si quiero pagar. Pues miren, no. Para que me digan lo que quiero oír ya me puedo escuchar yo, y gratis. Y con menos erratas.









Pingback: 23 DE SEPTIEMBRE, DÍA DE SANTA TECLA DE ICONIO « LCMAG
Que no, que no. Que la culpa es de los redactores, que las visten como noticias. Cuando en realidad son otra cosa (normalmente opinión).
Tonterías aparte, lo triste es que una misma noticia se pueda retorcer para favorecer a unos o a otros. Aunque lo más triste es que eso no le extrañe a una gran mayoría. Que los periódicos lo hagan no me sorprende, porque son un negocio más, con todo lo que la palabra negocio implica últimamente:
1.- Cojo teletipo
2.- Lo adapto a la forma de pensar que creo que tienen mis lectores
3.- …
4.- Profit!
Lo digo porque mi padre, por poner un ejemplo cercano, está empeñado en que El Mundo y el ABC son parciales y derechuzos (razón no le falta; y de La Razón ya ni habla), y que al mismo tiempo El País es objetivo y cuenta las cosas como son. Estoy segura de que existe un alto porcentaje de la población que cree que su periódico (o noticiario televisivo, o radio, o lo que sea) es el único que cuenta bien las cosas.
Si pago, ¿derecho a exigir?
Porque desde la libertad de lector puedo estar de acuerdo
o no con el que escribe, aplaudirle o negarle el saludo.
Puedo ejercer mi libertad de leer así como el que escribe
la libertad de escribir sobre y como desee.
Doble ventaja
Pero si pago…y lo que leo no me gusta…
La información de calidad vale dinero y tiempo. Precisamente las dos cosas en las que no están dispuestas a invertir las empresas de medios. Es más barato y mucho más sencillo un ejército de becarios (prescindibles apenas empiezan a pedir sueldos dignos y esas cosas) que una cuadrilla de redactores con cierto sentido común. Se fusila a Efe o a EP y todos tan felices.
Internet ofrece suficiente información sobre cualquier tema. El trabajo de un medio de comunicación, ahora mismo, ya no es contar noticias, sino ordenarlas y ofrecerlas en un mismo sitio. Con un número suficiente de blogs en los que se publica cuando hay algo que contar y no cuando lo exige la paginación (o la renovación de homes, que lo mismo da) ese trabajo lo hace google reader. Cobrar por algo que cualquiera puede hacerse en casa con un poco de tiempo será cada vez más inútil.
Pingback: Ley de la prescindibilidad de la información at Así no son las cosas
Pingback: Twitter Trackbacks for Las penas del Agente Smith » No estamos para tirar el dinero [rinzewind.org] on Topsy.com
Estupendo post.
Pero en mi opinión la utilidad de los periódicos ha sido siempre la de crear opinión, defendiendo una ideología o los intereses de una clase social. Gran parte de esta labor ha consistido en sacar a la luz información que el poder ha tratado de ocultar.
Evidentemente, esto tiene interés cuando el periódico no está alineado con la ideología imperante y el objetivo es la transformación de la sociedad. Qué glorioso el papel de los periódicos durante la transición, contribuyendo a que llegase la democracia. O los periódicos de izquierda exigiendo más y más derechos para los trabajadores durante más de un siglo.
Lamentablemente, cayó el muro, se diluyeron las clases sociales y desaparecieron las ideologías. Ningún grupo social relevante reclama ningún cambio, los partidos políticos y los periódicos están básicamente de acuerdo en casi todo.
Así, las diferencias ideológicas se reducen a votar por partidos distintos. Los periódicos se limitan entonces a denunciar lo obvio (corrupción, escándalos individuales y por tanto anecdóticos), a defender los intereses empresariales de sus propietarios y alinearse con un partido político para fidelizar a sus votantes y quizá obtener favores cuando este llegue al poder.
Evidentemente, existen debates todavía, típicamente ligados a la resistencia de la sociedad civil frente a la tentaciones demagógicas: culpar de todo a los criminales (¡mano dura!), a los funcionarios incompetentes, los parados perezosos y los inmigrantes parásitos. Quizá el futuro de los periódicos es el amarillismo, pero definitivamente no es para mí.
Pingback: meneame.net
7# Sergio, la cosa no iba mal hasta que he leído: “Lamentablemente, cayó el muro, se diluyeron las clases sociales y desaparecieron las ideologías…” y me he despertado con sobresalto.
¿Mande? ¿Cómo? ¿Qué? ¿La caída del muro es la causa de lo demás y además hay de deplorarla?
¿Lo de las clases sociales tiene que ver con lo del muro? ¿Y cinco palabras describen los cambios sociales de dos generaciones, o describen el mundo, o yo las veo grotescas y una caricatura por rarezas mías?
La tercera frase es directamente falsa, desde luego: y precisamente el caso de la prensa del que habla la entrada es una demostración incontestable de lo contrario. Lo que parece sobrar es ideología. Lo que parece faltar es lo demás.
Por mi parte, si las clases sociales de verdad se diluyeran (o acercaran entre sí, o la estratificación social perdiera magnitud o importancia, que me parece más exactamente dicho) no vería mas que motivo de jolgorio, y si las ideologías fueran menos toscas y menos parecidas a ser hincha de fútbol, lo mismo.
La pena es que va a ser que no.
De lo del muro me alegré y me alegro por los que estaban detrás, y aunque se demostrara (cosa que no se ha hecho) que ellos tenían que estar jodidos para que a los partidos socialdemócratas occidentales de la guerra fría les fuera bien, me parecería una canallada defender ese statu quo por tal motivo.
Si esas frases representan una opinión extendida (o un tópico más bien) entre la izquierda tradicional, empieza a estar más claro por qué el declive de esa izquierda tradicional.
Jopé qué mal me explico. Eso es por escribir con prisas, espero:
- El “lamentablemente” de la caída del muro era en relación a la relevancia de la prensa, foco de mi improvisada teoría. Sobre si fue un hecho positivo o negativo supongo que habría que preguntar a la gente de aquellos países.
- La disolución de las clases sociales se refiere realmente a la desaparición de la conciencia de clase (lo pasado de moda que está el término es otra muestra de lo que digo). El empresario ya no es un explotador sino un creador de riqueza (el héroe de nuestro tiempo), los sindicatos son considerados unos parásitos y cualquier reivindicación en defensa de los trabajadores es un anacronismo.
- Finalmente, las ideologías han desaparecido en el sentido de que ningún partido relevante ni ningún medio de comunicación dudan del crecimiento económico y la globalización como único camino posible para el futuro. El que alguien considere que el debate político en España tiene algo de “ideológico” demuestra que el concepto de ideología ya ni se concibe.
Una vez más, perdón por la confusión, aunque quizá no he hecho más que acrecentarla.
“[...] los sindicatos son considerados unos parásitos y cualquier reivindicación en defensa de los trabajadores es un anacronismo.”
Habría que matizar: los sindicatos mayoritarios españoles son considerados unos parásitos y cualquier reivindicación en defensa de los trabajadores les parece un anacronismo.
Los sindicatos tendrían que estar que trinan por la situación actual. Más aún: tendrían que estar que trinan por la situación anterior que ha permitido la actual y el desproporcionado crecimiento del paro en los últimos meses. Y lo más que se ha sabido de ellos es que los periodistas pronuncian mal el apellido del secretario general de CCOO.
El trabajo de mierda no es de ahora; la inseguridad laboral no creció de la nada; las lamentables condiciones que padecen muchos trabajadores, los infrasueldos, los horarios y contratos basura. Si ya bastante lamentable era la autofelación del Gobierno por las buenas cifras económicas pese a la alarmante degradación del empleo, el mirar para otro lado de los sindicatos tiene delito. ¿Cómo esperan recabar la confianza de los trabajadores así?
Simplemente quería recalcar que los sindicatos tienen una pésima fama en España, no trataba de discutir si es merecida. Pero lo que sí creo es que los sindicatos tenían fuerza y respeto cuando defendían un modelo alternativo de sociedad.
Nunca te podré agradecer bastante que hayas puesto el enlace a “Mi mesa cojea”. Hacía tiempo que no me daba una panzá de reir tan grande…
Creo que no podría estar más de acuerdo.
Salud y eso.