Dos locos consiguen escapar de las habitaciones en las que estaban recluidos dentro de un psiquiátrico. Tras mucho perderse por los pasillos, consiguen llegar a la azotea del edificio, desde la que no se puede llegar a ninguna parte. A cierta distancia, consiguen avistar el tejado de otra casa desde el que podrían alcanzar, si son capaces de llegar, la ansiada libertad.
Uno de ellos saca una linterna del bolsillo y dice:
- Tengo un plan. Yo enciendo la linterna, apunto a la casa y tú caminas sobre la luz hasta que llegues. Luego te tiro la linterna y haces lo mismo, y escapamos.
- ¡Eres idiota! ¡Ese plan no funcionará nunca!
- ¿Por qué?
- Porque cuando vaya por la mitad, seguro que apagas la linterna.
Mis recuerdos me dicen (y la mayor parte de las veces me cuentan lo que quiero oír, no lo que ocurrió en realidad) que ese chiste de ahí arriba se lo contó, con otras palabras, el Joker a Batman en las últimas páginas de The killing joke. Como he podido comprobar mientras escribía esto y leyendo en la Wikipedia, por una vez mi cabeza tiene razón (el chiste es parecido, no igual; pueden leer el original en el enlace anterior).
El chiste es gracioso por varios motivos. Para empezar, sabemos que es un chiste. Lo es para nosotros, porque vemos la acción desde fuera; el interior de una historia es un sitio oscuro y confuso en el que uno no sabe si se encuentra en una comedia o en una tragedia. Harold Crick tuvo que llevar un cuaderno para apuntar qué demonios estaba pasando y aún así las pasó putas. También sabemos que están locos. No solamente es un dato de partida, sino que además sus acciones concuerdan con lo que una gran parte de nuestros coetáneos (no voy a decir que todos, que hay genta pa tó) consideraría que corresponde a los actos de un verdadero zumbado. Si alguien no se ríe del chiste, hay motivos para pensar que cree que el plan de fuga, en el fondo, era bueno.
Y esto es porque los locos no ven a los locos. Ni siquiera se ven a sí mismos: tiene que llegar primero alguien y explicarles que, por muy real que parezca, el elefante que les transmite los pensamientos de la vecina de abajo desde el armario en realidad no está ahí. La línea que separa una comedia de tarados de una tragedia de gente perfectamente cuerda puede ser tan fina que solamente puede verse desde fuera de la historia.
Ayer, en una parada de autobús de Madrid, entre anuncios que ofrecían los servicios de una chica con excelente educación que solamente buscaba cuidar bebés o ancianos o el alquiler de una habitación, alguien había colocado un anuncio de venta de un piso por un millón de euros. En una parada de autobús. Un millón de euros. Un uno seguido de seis ceros. Un esquizofrénico encendiendo su linterna.
Y no solamente no había gente partiéndose la caja alrededor, sino que algunos de los flecos en los que se había apuntado el número de teléfono estaban arrancados. Alguien que cree que se puede huir de un manicomio paseando sobre un haz de luz.
Estamos locos.
PD: si durante este artículo se han dado cuenta de que no saben quién es Harold Crick, no hay gran cosa que yo pueda hacer por ustedes. Lo más, dejarles aquí el principio de la historia y confiar en que se dejen convencer.