(Empecé a escribir esto hace ya bastante tiempo, un poco después de la fecha en la que ocurrió el accidente de Spanair, mientras me sacudía de las gafas los restos carbonizados que me saltaban desde las páginas de algunos periódicos. Luego tuve mis dudas y pensé que quizá sería mejor dejarlo correr, pero dejé el borrador guardado, por si acaso. Estos días, mientras los buzos buscan un cadáver en Andalucía, la telebasura, que no necesariamente es un programa del corazón, encuentra su nicho; la misma telebasura de la que ahora parecen beber otros medios que se descuelgan con artículos lamentables con un 2.0 en el titular. Algún día, las cámaras llegarán primero y se quedarán con la exclusiva. Quizá sea mejor terminar ese borrador y escupirlo. Y que no nos pase nada.)
Ocurrió en algún punto del futuro. El auge del turismo espacial, hoteles-cápsula incluidos, había visto nacer la moda de pasar, al menos una vez en la vida, un fin de semana en una habitación geoestacionaria sobre las Bahamas, el Vaticano o el Gran Cañón. Durante un tiempo, tomarse un mojito sorbiendo burbujas ingrávidas a cientos de kilómetros sobre el Caribe fue la nueva histeria colectiva, primero con tarjeta a cuenta de la empresa y putas de lujo y más tarde a base de crédito y niños con los abuelos.
Después llegó el primer accidente.
Las antenas terrestres empezaron a retransmitir mensajes confusos primero, delirantes después y contradictorios cerca del final. Primero había sido un trozo de chatarra espacial el que había impactado contra uno de los módulos vacíos del Hilton Orbital 3, o el Orbital 2, o el Ritz Space Suite, sobre las Islas Canarias, encima de Sudáfrica o proyectando su invisible sombra sobre Nueva Zelanda. Más tarde empezaron a llegar informaciones que aseguraban que había sido una de las lanzaderas encargadas de llevar y traer pasajeros la que había tenido un impacto con un pedazo de basura primero, y se había estrellado a toda velocidad contra los tanques de oxígeno del complejo después. Quizá había sido encima del Índico. Había quién decía que había sido un misil iraní. Otros, que habían sido los chinos. Y todas las combinaciones posibles. Ninguna es cierta. Todas las anteriores. Al final, fueron las Canarias, la chatarra y el Orbital 2. Dos de la tarde, hora local.
Las televisiones españolas se hicieron rápidamente un hueco en la retransmisión mundial del desastre. La retransmisión por Intenet, o por lo que antiguamente se había conocido como Internet, antes de que los políticos decidiesen que lo de la cultura generada por los ciudadanos nunca podría acaparar tanta pasta para gastar en convites como los contenidos manoseados por los intermediarios, y se transformase en un canuto más a través del cuál emitir mierda convenientemente patrocinada y enlatada, fue seguida fundamentalmente por el público patrio. Se reciclaron platós, se cortaron las emisiones de los espacios programados para esa hora, se pasó a publicidad. En dos minutos una, dos, una miríada de caras afectadas en otros tantos distintos escenarios clónicos nos informaban de la terrible tragedia que había ocurrido allí arriba; que estaban con los familiares; que en seguida ofrecerían nuevos datos. Los becarios salieron a la calle armados con cámara, micrófono y la necesidad de rellenar varios minutos de drama humano: el de unas personas a través de los ojos de otras que no tenían nada que ver, convenientemente editado para todos los públicos de la sobremesa. Televisión de entrantes de lágrimas y ánimos mientras encontraban a los allegados de las víctimas y llegaba la carne.
¿Cómo se sentiría usted si alguna víctima hubiese sido un familiar suyo?
La Agencia Espacial Europea, reconvertida en parte en una empresa privada que ofrecía vuelos espaciales a viejos y nuevos ricos, cedió la nave con la que partió el primer equipo de rescate. Era un modelo viejo con tres módulos independientes que podían separarse hasta un máximo de cien metros del componente principal; era el máximo que daba el cable al que estaban anclados. Fue un recurso rápido de emergencia que se puso en marcha mientras otra nave, un modelo mucho más nuevo, más rápido y más versátil, se terminaba de despejar de material científico y se adaptaba su interior para dar cabida a los equipos de reanimación, los electrocardiógrafos, los medicamentos, los tanques de oxígeno, las mantas térmicas y toda la parafernalia necesaria.
Las televisiones consiguieron hacerse con otro vehículo. A día de hoy, nadie sabe de dónde salió, ni cuánto se pagó con él, ni como consiguieron la tripulación ni los sistemas de soporte, ni cómo se pusieron de acuerdo.
Un mensaje de nuestros patrocinadores.
Una grabación telefónica enviada por un telespectador muestra las últimas palabras de su padre antes de oír una fuerte explosión y los gritos de los ocupantes del módulo vital. ¿Quieren obtenerla? Manden un mensaje con la palabra QUIEROMAS al 5454. ¡Envíen sus grabaciones y consigan ustedes también una suscripción a nuestro canal de autopsias de famosos!
Un remolcador que se encargaba de retirar piezas de basura espacial consiguió apartarse de su trayectoria y acercarse lo suficiente al complejo como para captar algunas imágenes nítidas. Aunque el lugar del impacto estaba al otro lado de la estructura, toda la zona estaba cubierta de desperdicios. Algunos se movían. Parece ser que algunos ocupantes del hotel habían conseguido ponerse los trajes de emergencia antes de que la despresurización de los distintos módulos los expulsara al vacío.
Otros, al parecer, también habían conseguido acoplar los tanques de oxígeno portátiles.
Nunca hemos emitido otra cosa. Siempre hemos estado trabajando en esta tragedia.
En el espacio nadie podía oír los gritos de los supervivientes flotando a la deriva. Descubran por qué con nuestro experto después de la publicidad.
La nave fletada por las televisiones consiguió llegar al lugar del impacto media hora antes que la segunda nave de rescate. La primera, con toda su antigüedad, sus grietas reparadas y su antiguo motor de fisión, se había quedado finalmente en tierra mientras los técnicos intentaban encontrar una avería en el sistema de navegación.
Al teléfono, recibiendo la mirada afectada del presentador a través de la pantalla, estaba una chica de menos de treinta años que explicaba, entre sollozos, que su padre estaba en el hotel; que su habitación se encontraba al otro extremo de donde se produjo la colisión inicial; que, por favor, le buscasen.
¿Será su padre el ocupante del traje al que se acerca el cámara en estos momentos? Envíen SI o NO al 5544 y consigan una estancia en el Ritz Space Suite para dos personas.
Un miembro del equipo de rescate consiguió llegar a tiempo de evitar que el asistente soltase el último cierre del casco de aquel cadáver errante. El share bajó veinte puntos.



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¡La madre que te parió! Qué bueno, qué bueno, qué bueno…
Arg, da grimilla y todo… qué bueno ^^
Muy bueno. A pesar de ser ciencia ficción es la mar de realista. Es así de triste.
Joder, da asco..
Pero asco por saber que eso no tiene tanto de ficción como queremos pensar. Y no me refiero a la parte técnica…
Me alegro que haya dado un poco de grima :D
no es nuevo el que periodistas retiren la manta a un muerto para fotografiarlo, o entrevisten a un herido en vez de prestarle ayuda.
Lamentablemente tan brillante como real.
Da grima sí, y miedo, esto no es ciencia ficción sino ciencia a secas.
Oye, no puedo evitar decirlo, lo siento por la repelencia, no hay órbitas geoestacionarias sobre el vaticano o el gran cañón :\ Aunque a lo mejor es un hotel que compensa el movimiento de la Tierra con retrocohetes y he metido la pata :\
Joder, cuánta grima, me has revuelto las tripitas, chico. Lo malo es que ese comportamiento carroñero es cada día más real. Chapeau
#9: tienes razón. En todo caso, sería una órbita geosíncrona. Culpa mía por no mirármelo bien.
Da grima entre tus lectores, pero entre ellos me da que no está ni el Mariñas ni la Patiño. ;o)
Genial. No estuve por allí cuando el accidente, pero me imagino perfectamente los buitres peleando por la carroña.
Hay veces que me alegro de estar en Inglaterra (y no porque estas cosas no sucedan aquí, donde son los maestros, sino porque nunca me ha interesado ver la tele de aquí).
Tócate un pezón o fúmate un puro, como prefieras. Te mereces cualquiera de los dos.