Sadako Sasaki nació el 7 de enero de 1943 y vivía en Hiroshima, a menos de dos kilómetros del lugar sobre el que explotó la bomba atómica. Aunque estaba dentro de casa en el momento de la explosión, y durante los años siguientes no pareció haberse visto afectada por los efectos de la radiación, poco después se le diagnosticó leucemia.
Uno de los objetos que me traje de Japón fue el libro The Spirit of Hiroshima, que contiene un resumen en inglés y japonés del Hiroshima Peace Memorial Museum. Sus páginas cuentan parte de la historia de la niña, que paso a traducir a continuación:
Tras oír que doblar 1000 grullas de papel curaría su enfermedad, Sadako comenzó a avanzar hacia la consecución de ese objetivo, utilizando el papel en el que venían envueltas sus medicinas o cualquier otro resto que pudiese utilizar. Su deseo no se vio cumplido. El 25 de octubre de aquel año [1955], después de una batalla de ocho meses contra la enfermedad, Sadako murió a la edad de doce años.
Sus compañeros de clase respondieron, convirtiéndose en el núcleo de un grupo que pidió apoyos para construir un monumento a la paz – un lugar en el que la gente pudiese rezar por los muchos niños que, como Sadako, habían muerto debido a los bombardeos. Las donaciones proporcionadas por varias fuentes permitieron que el Monumento de los Niños a la Paz se completase. La estatua fue mostrada al público el 5 de mayo de 1958.
Parte de las grullas que hizo la niña son las que pueden verse en la imagen de la derecha, y están dentro del museo. El monumento de los niños es este de aquí. La estatua está rodeada de urnas a las que cualquiera puede enviar su grulla con un mensaje de paz. La búsqueda en Flickr por sadako cranes proporciona 790 resultados de bonitas piezas de origami en su mayoría.
A muchos kilómetros de allí, y antes de saber nada acerca de esto, en Kyoto, una pareja de niños que no superarían los doce años de edad nos asaltó (es bastante fácil divisar a un turista en Japón) y nos preguntó qué es lo que más nos había gustado del país, y que de dónde éramos. Era un proyecto para el colegio, nos explicaron. No teníamos demasiada prisa y estuvimos contestando pacientemente a sus preguntas mientras anotaban las respuestas en sus cuadernos. Nos dieron un regalo del que me olvidé hasta que llegué a mi casa en Madrid y empecé a desempaquetar los bártulos:
Creo que está a medio doblar, pero se va a quedar así; ya es bonita.
Ésta es la última historia del año en el blog. Influenciado por las historias de Gaiman, Miéville y Dickens (y una libra que va camino de valer lo mismo o menos que el euro), me voy a ver si en los callejones de Londres hay criaturas que salen por la noche.
Sean buenos.




Pues nada, Feliz Año Nuevo y que ningún merodeador nocturno londinense te secuestre y te sirva como cena. Sería una pena no leerte más ;)
Saludos,
Tu grulla está terminada y perfecta para encajarla con otras 999 en esa especie de cadenetas que hacen en Japón para colgarlas. Hay dos versiones, la de las alas cerradas que es la que tienes y la que tiene las alas abiertas. Puedes ver las dos versiones en esta foto que he encontrado a partir del link que has puesto más arriba. Empezando por la izquierda tienes primero una de cerradas y luego una de abiertas.
A mi, si es para juntarla con muchas amigas, me gusta más con las alas cerradas.
Felices fiestas.
Por supuesto, me he dejado la foto:
http://tinyurl.com/grullasmil
Nos dieron una cerrada y una abierta. Yo tengo la abierta en mi poder.
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Estuve en Hiroshima este septiembre y creo que eran 10.000 grullas…
El Grupo Zaragozano de Papiroflexia lleva dos años conmemorando el evento:
http://www.gruzapa.org/modules.php?name=News&file=article&sid=51
Muy bonito post, y muy bonita historia.
A mi me pasó algo parecido. Cuando estuve por Japón, mientras dábamos una vuelta por el parque Ueno, decidimos meternos en un templo. No es que tuviera nada de especial, pero nos metimos sin saber que había dentro. Más que un templo era un pequeño santuario dentro de la espesura del parque, porque estaba todo rodeado por árboles y el único edificio que tenía era del tamaño de una caseta. Pues bien, casi al llegar a esta caseta, a la derecha había un pequeño totem de granito con una paloma de metal frente al totem. La paloma dentro tenía una pequeña llama y a la derecha un cartel contaba la historia de la llama.
Un tokyota, al enterarse de la Bomba sobre Hiroshima, quiso ir a comprobar si unos parientes que vivían allí se encontraban bien. Viajó hasta Hiroshima y al llegar a casa de sus parientes se encontró con que la casa estaba totalmente destruída y todavía con algunas llamas. Lo que hizo fue tomar un palo y prenderlo con el fuego que aún consumía la casa. Esta llama se la trajo a casa como forma de honrar a sus parientes muertos. La gente, al enterarse de esto, le pedía que ‘compartiese’ la llama y mucha gente iba simplemente a prender palos para llevarse parte de esa llama a sus hogares y así conmemorar, de igual manera, a sus parientes y conocidos muertos por la masacre de Hiroshima. Con el tiempo la historia fue adquiriendo más y más difusión. Cuando se hizo el Museo de la Paz en Hiroshima, pidieron a este hombre que ‘compartiese’ su llama para usarla para conmemorar aquel día. Por lo tanto, la llama que hay justo al final del Parque de la Paz, frente al Museo, es la misma llama que tomó este tipo cuando fue en 1945 y la misma que consumió las casas de la ciudad.
Sea verdad o no, esté exagerada o no, me pareció una historia muy bonita. La placa terminaba diciendo que la llama arderá hasta que no quede ninguna bomba atómica en el mundo: no le queda por arder…
Páselo usted bien, que se lo ha ganado. ¡Feliz año!
Un abrazo.
Enternecedora historia la de Sadako. Casi tanto como las de peregrinaciones a Lourdes.