Estimado Señor Múgica:
Terminando mis tareas diarias, y como viene siendo costumbre, repaso la prensa en busca de los últimos acontecimientos cuando leo, no sin sorpresa, que en una entrevista en la COPE perpetrada en el programa La tarde con Cristina, presentado por Cristina López Schlichting, se puso usted tonto[1] y dijo que los que pensamos que las corridas de toros son una tontería somos tontos, sin ofrecer mayores argumentos que sustentasen su afirmación. En realidad, y para ceñirnos escrupulosamente a los hechos, ante la pregunta de qué le diría usted a los que piensan que los toros son una tontería, respondió que hablar a tontos es muy difícil. Confío en que recuerde de qué le hablo, porque quería comentarle algunas cosas al respecto.
Ocurre que hay gente que tiene una opinión diferente de la suya, señor Múgica. Siempre he mantenido que no todas las opiniones son igual de respetables, y que cuando se expresa una que es una estupidez, así conviene señalarlo. No obstante, las personas me merecen respeto por el mero hecho de serlo, y lo menos que se puede hacer ante una diferencia de opinión es atacar los argumentos y no al mensajero; cosa que usted no fue capaz de hacer porque se puso a hablar a tontas y a locas[2]. Por eso, considero que su meada fuera del tiesto no corresponde al nivel de un cargo público cuya función principal se supone que es proteger a los ciudadanos de los abusos cometidos por parte de otros miembros de la administración.
No todas las personas somos, como usted, como tontos para los toros[3]. Quizá sea que un espectáculo consistente en atravesar a un animal con metales afilados mientras se le ve hincarse entre vómitos sanguinolentos al tiempo que los espectadores solicitan entre vítores asfixiados un pedazo del cadáver para el ejecutor de la faena no nos termina de convencer. Quizá porque la consecución de un placer cruel similar al que reciben los niños cuando le arrancan las alas a una mosca nos parece pueril incluso llegada la edad adulta. Habla usted de sensibilidad, de que no se pueden dar motivos para que alguien aprecie el arte del toreo. Cuando alguien me habla de creencias, de sensibilidades y de elementos completamente incomprensibles a los que agarrarse para defender la existencia de algo, me entran dudas. Yo, en este momento, dudo de que usted sea la persona idónea para el cargo que ocupa.
Toda la vida pensé que alguien que fuese a la emisora de los obispos a hablar de corridas generaría polémica, pero nunca imaginé que sería por los motivos que nos ocupan en la presente carta. No sé a quién acudir cuando el Defensor del Pueblo insulta públicamente a una parte de la población. Quizá usted esté pensando que puede pronunciarse en los términos en los que lo hizo y que como quien no quiere la cosa, a lo tonto[4], no habrá consecuencias. Yo, por mi parte, espero una disculpa. Como los políticos nos tienen acostumbrados, imagino que en caso de producirse no será tal, sino una excusa, una matización, un no pretendía decir eso, un sí pero no que no dejará nada claro y usted se irá de rositas. Espero que tenga los arrestos para hacer lo que le pido (que, en el fondo, es lo que debe) y no lo que le digo que intuyo que ocurrirá.
Otras cartas como esta le llegarán, no le quepa duda. Confío en que no se haga el tonto[5] y sepa rectificar.
Atentamente,
El tío Rinze.
[1] locución verbal coloquial. Mostrar petulancia, vanidad o terquedad. Diccionario de la Real Academia Española.
[2] locución adverbial. Desbaratadamente, sin orden ni concierto. Diccionario de la Real Academia Española.
[3] locución verbal coloquial (Chile). Ser muy aficionado a algo. Diccionario de la Real Academia Española.
[4] locución adverbial. Con disimulo. Diccionario de la Real Academia Española.
[5] locución verbal coloquial. Aparentar que no advierte algo de lo que no le conviene darse por enterado. Diccionario de la Real Academia Española.