Obedience is as basic an element in the structure of social life as one can point to. Some system of authority is a requirement of all communal living, and it is only the person dwelling in isolation who is not forced to respond, with defiance or submission, to the commands of others. For many people, obedience is a deeply ingrained behavior tendency, indeed a potent impulse overriding training in ethics, sympathy, and moral conduct.
El párrafo de arriba es el primero de un artículo publicado en 1974 por el psicólogo Stanley Milgram titulado The Perils of obedience. Milgram realizó uno de los experimentos que mejor ilustran lo hija de puta que puede llegar a ser una persona.
Se utilizan dos personas para el experimento. Una (el alumno) es conducida a una habitación y, con la otra presente (el profesor), es atada a una silla y se le colocan electrodos por el cuerpo. El profesor, tras presenciar este proceso, es conducido a una habitación contigua y situado frente a un panel de mandos con trece interruptores que, según le explican, producen descargas en la persona que está atada a la silla (desde 14 hasta 450 voltios). Los interruptores están etiquetados por grupos: “Shock leve”, “shock moderado”, “shock fuerte”, “shock muy fuerte”, “shock intenso”, “shock extremadamente intenso”, “peligro: shock severo”. Los dos últimos conmutadores están marcados simplemente con XXX.
La prueba consiste en hacer una serie de preguntas y en activar uno de los interruptores cuando el alumno comete un error. El voltaje se incrementa con cada respuesta errónea, y en todo momento hay junto al profesor un supervisor controlando el experimento. A los 75 voltios, el estudiante gruñe, a los 120 se queja en voz alta, a los 150 pide ser liberado y dejar el experimento y a los 285 grita agónicamente.
Lo que hay en la otra habitación realmente es un actor. Pero la persona que está delante del panel de mandos no lo sabe.
A continuación cito una transcripción sacada del artículo original. Prozi es uno de los sujetos puesto a prueba:
Prozi: I can’t stand it I’m not going to kill that man in there. You hear him hollering?
Experimenter: As I told you before, the shocks may be painful, but . . .
Prozi: But he’s hollering. He can t stand it. What’s going to happen to him?
Experimenter (his voice is patient, matter-of fact): The experiment requires that you continue, Teacher.
Prozi: Aah, but, unh, I’m not going to get that man sick in there — know what I mean?
Experimenter: Whether the learner likes it or not, we must go on, through all the word pairs.
Prozi: I refuse to take the responsibility. He’s in there hollering
Experimenter: It’s absolutely essential that you continue, Prozi.
Prozi (indicating the unused questions): There’s too many left here, I mean, Jeez, if he gets them wrong, there’s too many of them left. I mean, who’s going to take the responsibility if anything happens to that gentleman?
Experimenter: I’m responsible for anything that happens to him. Continue, please.
Prozi: All right. (Consults list of words.) The next one’s “Slow — walk, truck, dance, music” Answer please. (A buzzing sound indicates the learner has signaled his answer.) Wrong. A hundred and ninety-five volts. “Dance.” (Zzumph!)
Learner (yelling): Let me out of here My hearts bothering me (Teacher looks at experimenter.)
Experimenter: Continue, please.
Learner (screaming): Let me out of here! You have no right to keep me here! Let me out of here, my hearts bothering me, let me out!
Prozi (shakes head, pats the table nervously): You see he’s hollering. Hear that? Gee, I don’t know.
Experimenter: The experiment requires . . .
Prozi (interrupting): I know it does sir, but I mean — hunh! He don’t know what he’s getting in for. He’s up to 195 volts! (Experiment continues, through 210 volts, 225 volts, 240 volts, 255 volts, 270 volts, at which point Prozi, with evident relief, runs out of word-pair questions.)
Experimenter: You’ll have to go back to the beginning of that page and go through them again until be’s learned them all correctly.
Prozi: Aw, no. I’m not going to kill that man. You mean I’ve got to keep going up with the scale? No sir. He’s hollering in there. I’m not going to give him 450 volts.
Experimenter: The experiment requires that you go on.
Learner: Ohhh. I absolutely refuse to answer anymore. (Shouting urgently now.) Let me out of here! You cant bold me here Get me out. Get-me-out-of-here!
Experimenter: Continue. The next word is “green,” please.
Prozi: “Greengrass, hat, ink, apple.” (Nothing happens. No answering buzz. Just gloomy silence.)
Prozi: I don’t think he is going to answer.
Experimenter: If the learner doesn’t answer in a reasonable time, about four or five seconds, consider the answer wrong. And follow the same procedures you have been doing for wrong answers. Say, “Wrong,” tell him the number of volts, give him the punishment, read him the correct answer. Continue, please.
Prozi: “Green — grass, hat, ink, apple.” Answer, please. (More silence. Subject just sits there.)
Experimenter: Go on with the procedure, please.
Prozi: Three hundred and fifteen volts The answer is “ink.” (Zzumph!)
Learner: Ohh. Ooohh
Prozi: (relieved to her response”). Next one . . .
Learner: I absolutely refuse to answer.
Prozi: You got to. You get a shock if you don’t answer. (Experiment continues with learner refusing to answer, and, finally failing even to grunt or groan. At 375 volts, the subject stands up.)
Prozi: I think something’s happened to that fellow in there. I don’t get no answer. He was hollering at less voltage. Can’t you check in and see if he’s all right, please?
Experimenter (with same detached calm): Not once we’ve started. Please continue, Teacher.
De los 40 sujetos empleados en la primera tanda de experimentos, 25 siguieron las instrucciones del supuesto supervisor hasta el final. En repeticiones sucesivas se consiguió que hasta un 85% de las personas puestas a prueba obedeciesen las instrucciones. Milgram demostró (según una de las interpretaciones) que cuando una persona se ve a sí misma como una herramienta de una autoridad superior que carga con la responsabilidad de sus actos, se entra en una dinámica del todo vale. Y que no te pillen por medio.
Pero el de Milgram sólo fue, como decía al principio, uno de los experimentos de este tipo. El más famoso, el que se ha llegado a trasladar a la gran pantalla, fue el experimento de la prisión de Stanford. Lo traigo a colación justo hoy porque, tras meses de surgir en las conversaciones a la hora de la comida con los compañeros del curro, el otro día encontré un pequeño documental (cortado en tres partes) que narra el desarrollo del mismo: 1, 2, 3.
No me quiero extender mucho más, porque las dimensiones de este artículo se acercan peligrosamente a las que lo colocarían sin dudarlo en la categoría de ladrillo, y porque todo está explicado en los vídeos minuciosamente (incluso parte del experimento de Mingram aparece durante los primeros minutos de la primera parte). Lo ocurrido en Stanford fue una prueba de roles: se simuló una prisión en los sótanos de un edificio de la universidad y unos estudiantes fueron seleccionados para ser guardianes y otros para ser prisioneros. Los guardias comenzaron a abusar de los prisioneros; a los pocos días, uno de los presos se puso en huelga de hambre y la cosa rápidamente se empezó a ir de las manos. Con dos semanas previstas de duración en un principio, el proceso tuvo que detenerse al sexto día.



«cuando una persona se ve a sí misma como una herramienta de una autoridad superior que carga con la responsabilidad de sus actos, se entra en una dinámica del todo vale»
Cualquiera que haya pasado por un entorno (pseudo)militar en este país sabe perfectamente hasta dónde llega un idiota con una gorra de plato amparándose en la «obediencia debida».
#2 Y ya no sólo en un entorno militar (aunque ahí, por su naturaleza, las consecuencias suelen ser más graves). Pongamos por caso lo que le ocurrió a un compañero mío de la facultad (al que hace más de quince años que no veo, por cierto). Consiguió un trabajo, malo y mal pagado, vendiendo enciclopedias por puertas. En cuanto entró en la empresa, se dio cuenta de algo que no le hizo gracia: los clientes que constituían el objetivo de la empresa eran ancianos con problemas mentales o que figuraban en sus ficheros como de nivel cultural muy bajo. La idea era vender enciclopedias obsoletas o simplemente muy malas a gente a la que se pudiese engañar con facilidad, sin importar lo escaso de sus recursos.
Hay que decir que mi compañero se largó de la empresa antes de una semana; pero otra gente se quedaba, porque querían el (escaso) sueldo y porque, después de todo, “la responsabilidad no era suya; seguían órdenes”. Todo esto me lo contó meses después, en una entrevista de trabajo en la que coincidimos (en un trabajo que, por cierto, se anunciaba como comercial de banca, y era para vender seguros a puerta fría; ¿qué confianza se puede tener en una empresa en la que los primeros engañados son los aspirantes a trabajar en ella?).
Este asunto es interesantísimo, si bien muy triste. La “obediencia debida” y el miedo a quedar en ridículo o a “meterse en un lío” explican, en ocasiones, comportamientos de absoluto desinterés por los demás que, si no, sólo podríamos atribuir a una depravación increíble (estoy pensando en el famoso caso Genovese, por ejemplo).
No hace falta pasar por un entorno militar para saberlo. Los crímenes de guerra, la ESMA y la “picana”, las violaciones sistemáticas en la guerra de la exYugoslavia.
Lo que me acojona de veras es saber que todo eso está ahí. Vale, está muy enterrado por capas de civilización, de saber lo que está bien. Pero nadie puede poner la mano en el fuego por sí mismo. ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar, por ejemplo, por comer?
Aquel que dice “yo nunca haría esto” o es muy fuerte, o es muy idiota.
en los dos tomos de Psicología Social de Moscovici habla de todo esto. Muy muy interesante.
Qué vamos a decir de los jemeres rojos, p.e. Hace poco que se juzgó a uno de sus dirigentes y en todo momento se escudó en el “cumplía ordenes”
K hijo d la gran puta el cavronazo k izo eso. No es justo :(
Hay una cosa que me parece destacable. Tenemos a gente que, sometida a obediencia, por miedo del castigo, por costumbre, o por la presión del grupo, hace cosas inmorales. Pero tenemos también a gente que, aprovechando la obediencia debida, hace cosas inmorales porque así lo desean y se amparan en las órdenes recibidas, yendo en ocasiones mucho más allá de lo que se les había ordenado. Hace poco, leyendo sobre Auschwitz, me llamó la atención que se describiese al comandante como “una persona absolutamente ordinaria, sin nada destacable en particular”. También me resultó curioso saber que, en el momento que se consiguieron más ejecuciones en los campos de concentración de Polonia, fue a causa de un director que habían nombrado y que, en su pasión por matar gente, llegó a colapsar toda la organización porque mataba a muchísimas más personas que las que tenía asignadas, razón por la cual recibió una reprimenda y fue apartado de su puesto. Obviamente, por causar problemas burocráticos, no por que se considerase que hubiese algo malo en los asesinatos masivos.
Esto nos lleva a lo siguiente: desde el punto de vista penal ¿son iguales los que cometen atrocidades por miedo a represalias, los que lo hacen por miedo a rechazo, y los que lo hacen porque les gusta y se amparan en las órdenes? ¿Donde trazamos la línea entre la gente que debe sufrir las mayores represalias y aquella que, por una u otra razón, puede ver al menos mitigada su responsabilidad (porque si no hacen lo que les ordenan los afusilan, por ejemplo)?
Mola como empieza a crearse el rol el guardia malo, mola cuando se encuentran cara a cara con el 416 xD y sobretodo las reflexiones de que un sitio maligno hace malas a buenas personas..
Muy buen video, y excelente blog. Sigue así =)
chiste:
en un experimento sobre obediencia a un superior, eligen a tres sujetos: un curtido ex marine, un militar en activo y una negra del bronx. a los tres les dicen lo mismo:
“en el cuarto contiguo está tu mujer/marido. para salvar a tu país tienes que matarle disparándole en la cabeza con ésta pistola que te voy a proporcionar”.
el ex marine entra a la habitación donde está su esposa y a los pocos minutos sale lloriqueando:
“no puedo, no he podido hacerlo, señor, no tengo corazón, es mi mujer, la quiero…”
el militar entra en la habitación y sale también al ratito, sollozando:
“dios… me ha mirado con esos ojos… no puedo, no he sido capaz de hacerlo, soy una vergüenza para mi país…”
la tía del bronx entra en la habitación y al rato comienzan a oírse golpes y gritos. cuando sale, el jefe le pregunta:
-”pero, qué coño ha pasado ahí dentro???”
-”joder, tííío, la puta pistola era de fogueo, así que he tenido que cargármelo a ostias, al cabrón…”
(vale es malo y no viene a cuento…)
Respecto del experimento de Stanford, una de las cosas que siempre me he preguntado es por qué en la simulación en tan sólo seis días la cosa ss va de madre y sin embargo, en el entorno real aguanta mucho más.
#7: imagino que la diferencia en actitud es la misma que entre la del hombre que aparece en el vídeo enseñando el experimento de Milgram (que lo quiere dejar, pero sigue ante la promesa de que la responsabilidad no caerá sobre él) y la del guarda “John Wayne” en el experimento de Stanford.
Al final, los dos están realizando una elección. Uno porque cree que no tiene otra (que estaría por ver hasta qué punto) y otro porque la que ha tomado le pone, y la extiende más allá del mero cumplimiento. No te sabría decir así, a bote pronto, si veo mucha diferencia entre ellos. Otra cosa es el instinto de supervivencia: hay cosas contra las que es muy difícil luchar. El “o lo haces o te fusilo” es un caso extremo que tiene que ser tratado aparte, creo.
Opino lo mismo en lo último que has puesto, no creo que sea el mismo caso.
Lo que sí que demuestran estos experimentos es que da mucho miedo meterse en qué mecanismos mueven algunos comportamientos humanos, porque aparece lo que de normal “no frenamos” y la verdad es que da puro pánico.
Cuando se cuentan no violaciones, sino verdaderas carnicerías acompañadas de violacion, gritos, sangre, vistos y realizados por personas, a veces deseo pensar que no son de mi especie, o que ese potencial no está en el interior de todos, sólo en el de alguna minoría de locos.
Y contestando a cosas de por ahí arriba, no hace falta irse a un militar, dale una placa a una persona y dile que es policía…
#11 y #12 No, si claramente no es el mismo caso. Lo jodido es que lo de “o lo haces o te fusilo” se convierte en la excusa de todos aquellos que disfrutan con el abuso de poder. Casi ningún nazi, comunista o ejecutor de dictadura bananero se declara culpable. Todos “cumplían órdenes”, y decían que, en realidad, ellos estaban en contra. Todos eran unos demócratas convencidos, los jodidos.
Lucas, yo aún diría más: jefecillos de empresa, administración pública, incluso de organizaciones sin ánimo de lucro, que como tengan la oportunidad hacen perrerías que le pueden costar la salud o incluso la vida a sus subordinados y se amparan en “cumplimiento de órdenes”, los hay a cientos. Me viene a la mente más de un jefe de personal. Decía nada menos que el general Bradley que este es un mundo de gigantes atómicos y enanos morales, y no le faltaba razón.
Pingback: experimentando « el mundo de rodya