Llevo desde finales de agosto viviendo en la casa que no es de mis padres. No me traje demasiadas cosas: la ropa que tenía en el armario y un puñado de libros que aún no me había leído y que ayudaron a rellenar un poco la estantería más barata que pude encontrar en Ikea, de donde también saqué una mesa trapera (apenas un tablero con sus cuatro patas, que además quedaron levemente cojas cuando las monté, pero nada que no arregle un trozo de papel doblado varias veces) y una pequeña cajonera.
También me traje el ordenador, claro; un regalo de mi padre por terminar la carrera (¡de una puta vez!, añadiríamos los dos) y que llegó justo antes de que se colapsase el anterior, que me acompañaba desde principios de siglo. En las cajas de la mudanza también entraron mis guitarras y algún póster.
El resto de mis compañeros de piso también trajeron sus cosas, pero hay un objeto que no estaba en las mochilas de ninguno: no tenemos televisor. Sí es cierto que tenemos un sintonizador que se conecta a un monitor de ordenador; también es verdad que me parece que se utilizó un par de veces al principio para ver partidos de baloncesto, pero ahora coge polvo en un rincón. A mí, que el deporte en directo por televisión no me dice nada, la situación me sirve para darme cuenta de que la ausencia de televisión no produce mono.
No es que antes la viese mucho, pero una cosa es no utilizar algo frecuentemente y otra prescindir por completo. He de decir que el síndrome de abstinencia, si lo hubo, fue tan breve y ligero que lo sudé durmiendo la primera noche de verano que pasé aquí.
Las cadenas de televisión están empezando a subir sus vídeos a YouTube, multitud de documentales están disponibles en Google Video, sin las restricciones temporales que impone la parrilla, y sin los cambios repentinos de la contraprogramación. Las series y las películas se pueden conseguir, sin cortes publicitarios, por los cauces habituales. La televisión, en resumen, es una copia mala, del streaming y del P2P, con publicidad añadida y restringida en contenido -puesto que generalmente ya ha pasado un filtrado para adaptarse a lo que la mayoría prefiere ver y poder enganchar anuncios- y en tiempo.
Lo que antes no veía, ahora lo sigo sin ver. Currys Valenzuelas, tomates y corrillos de hombres en pantalón corto pateando un balón se han quedado en standby permanentemente. Del resto, con las ventajas de ofrece el formato televisivo, tengo lo mismo con una presentación mucho mejor, cuando a mí me da la gana y sin que salga El Corte Inglés a mitad del episodio a venderme felicidad encorbatada.
Pruébenlo. Apaguen la televisión una semana entera. Si pasado ese tiempo no la quieren volver a encender, bienvenidos. Si la idea les produce aversión inicialmente, piensen que la campaña electoral ya está aquí y ellos van a estar apareciendo día y noche intentando comprarnos el voto.