The republican war on science (Chris Mooney)
De acuerdo a la RAE, la ciencia es aquel conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales. La palabra también se utiliza algunas veces en referencia al proceso de obtención de este conjunto. Es el esquema de pasos que se sigue (método científico) para obtener una visión de la realidad lo más parecida posible a la realidad misma (la verdad).
No es de extrañar, por tanto, que de un tiempo a esta parte se haya convertido en un elemento de referencia a utilizar por aquellos a los que pagamos para que perciban los problemas del mundo real y actúen en consecuencia: los políticos. Una acción gubernamental respaldada por un estudio científico serio tiene más probabilidad de aceptación por parte de los ciudadanos que un señor presidente saliendo en televisión y repitiendo, sin pruebas que lo sostengan, el conocido mantra del créanme, que sé lo que digo. O al menos esa debería ser la tendencia en un mundo ideal con habitantes completamente racionales, y a estas alturas ya sabemos cómo es el mundo.
En todo caso, cuando un gabinete (en el caso que nos ocupa, los diversos gobiernos del bando republicano que han habitado la Casa Blanca) quiere ganarse una reputación seria en cuanto a utilización datos científicos para la elaboración de sus iniciativas queda muy, pero que muy feo hacer todo lo contrario.
Este libro enumera todas las tácticas utilizadas por aquellos que decían que la ciencia les importaba muchísimo de cara a la galería, mientras en privado hacían todo lo contrario. Estas tretas incluyen, pero no están limitadas, a:
- Denunciar que los informes presentados en contra o a favor de una iniciativa determinada no están basados en ciencia sólida o que aún no presentan pruebas suficientes para tomar la acción que se sugiere.
- Atacar personalmente al autor del estudio. El ad-hominem de toda la vida.
- Encargar estudios propios mediante agencias estatales de dudosa independencia o esgrimir informes de conclusiones contrarias, aunque sean una minoría (véase el diseño inteligente o el cambio climático).
- Ignorar los datos contradictorios.
El libro, que tiene una página web para aquellos que tengan curiosidad por el asunto, se centra en el lado republicano como máximo exponente de un desdén por la ciencia que no tiene comparación posible en los tiempos actuales, pero deja claro que no han sido los únicos en pasarse por el arco del triunfo informes que les dejaban en mal lugar.
En definitiva, un libro que todo el mundo debería leerse para poder estar al tanto de las maniobras de los políticos cuando de esquivar a los científicos se trata. El autor, Chris Mooney, lleva tiempo escribiendo un blog sobre la intersección entre política y ciencia donde van apareciendo, triste y continuamente, nuevos desbarres.









Creo que es algo generalizado, la verdad. El problema es que las leyes de la naturaleza y la sociedad no entienden demasiado de política, y continúan pertinaces haciendo lo que deben, en vez de dejarse seducir por la bella oratoria de los políticos. La ciencia, que elabora teorías que tratan de desvelar dichas leyes, es un poco más receptiva a lo que dice el poder, en particular las ciencias sociales, pero sigue teniendo una tendencia a la objetividad que los políticos, como profesionales de lo subjetivo, encuentran molesta.
Aquí en España es lo mismo: cuando lo del Prestige, se dijeron una serie de estupideces desde el poder que no eran de recibo. Por aquellos días un compañero de trabajo de mi padre, muy conservador él, vino a cenar, y claro, salió el tema. La discusión propiamente dicha duró un par de minutos, y enseguida se convirtió en una especie de monólogo para dos: para mi padre y su compañero, ingenieros ambos, estaba clarísimo que ni el fuel se iba a congelar, ni se debía enderezar el barco (adrizar, decían), ni por supuesto poner en marcha el motor para que las vibraciones destrozasen el casco. La ingeniería no entiende de siglas políticas. Ahora bien, aún siguen los sinvergüenzas diciendo que “se hizo lo que se debía hacer” y que “podría haber sido mucho peor”. ¿Como? Novecientos kilómetros de costa tocados. ¿Como podría haber sido peor?
Obviamente, el tema daría mucho que hablar si nos referimos a la más prostituida de las ciencias: la Economía. Las restantes ciencias “blandas” (como la Pedagogía, la Psicología, la Sociología) tienen también mucho que rascar. No está por aquí la Biología, en particular la teoría evolutiva, aún bajo la presión a que la someten en USA, pero todo se andará.
Comentario por Golias — 17/12/2007 @ 10:00 am
Uno de los libros que anuncian en Libertad Digital es Guía políticamente incorrecta de la Ciencia, que tiene pinta de ser la caña de Ejpa!ña. Desgraciadamente no está en la bestia de carga. La Guía Políticamente del Islam sí.
Comentario por SuperSantiEgo — 17/12/2007 @ 10:24 pm
Ah, y si miráis en la Wikipedia la entrada “malaria” veréis que el graciosillo wikipedista mete las tesis que defiende liberlismo.org, que dice que el DDT es buenísimo, y que los malvados progres ecologistas son los culpables de que no se utilice esa gran herramienta de verdadero progreso fruto de la poderosa industria química que ha creado esa inevitabilidad histórica que es el capitalismo… con lo cual los progres izquierdosos son los responsables directos de todas las muertes de malaria que se producen en el mundo.
No sé como os podéis seguir mirando al espejo, genocidas. Ahora diréis también que el agente naranja es malo, no te jode.
Comentario por SuperSantiEgo — 17/12/2007 @ 10:30 pm