Lo noté por primera vez hace ya varios meses. Fue gracias a una explosión: si a esa hora no hubiesen programado aquella película del tipo de apellido impronunciable yo no estaría contándoles esto. Dio la casualidad de que yo pasaba por delante de la puerta en el mismo instante en el que un coche saltaba por los aires. No le di mayor importancia.
Al volver a casa, bien entrada la madrugada, me dio por acercar la cabeza a la puerta. Tenía que pasar por allí para llegar tanto a la escalera como al ascensor que me llevaban a mi piso, no pude evitarlo. Sólo pude distinguir un ligerísimo zumbido. Lo dejé pasar.
Dos días más tarde, a las siete de la mañana, volví a caminar por delante de la puerta de aquel piso cuando iba de camino al trabajo. Me pareció oír un eco lejano. Consciente de que quedaría muy feo si alguien me viese, y aún más consciente de las horas que eran, decidí pegar la oreja con todo el descaro del que era capaz. Una voz lejana, con forzada seriedad, distorsionada posiblemente por la distancia y probablemente por una mala sintonización, informaba de que cierto jugador de fútbol se había lesionado el tabique nasal en una fiesta (aunque decían que era el ligamento cruzado). En algún país terminado en -istán había explotado algo cerca de algún sitio y había ocasionado algunos muertos. Tal cantante había confesado que su mayor éxito era un plagio de una canción menor de una banda desconocida.
A las 7:00, las noticias de la mañana.
En un principio lo consideré una afición. Le dije a mi mujer que no fumaría más dentro del piso y que saldría a la calle a dar un paseo cada vez que quisiese echarme un cigarro. Al pasar por delante del Bajo C, escuchaba. Me quedaba allí unos minutos: a veces se me olvidaba bajarme el paquete de palitos para el cáncer.
Al cabo de un par de semanas me compré una guía de programación, y en tres días logré averiguar el canal.
A las 13:30, la Ruleta de la Fortuna.
A las 17:50, un documental. Mañana, otro. Los sábados, una película dos horas antes.
Cada vez pasaba con más asiduidad. Necesitaba oír aquellas voces relajantes, personalizadas. No tenía que pelearme por el mando a distancia. El canal que necesitaba ya estaba puesto cuatro pisos más abajo. Y me daba lo que quería; sólo tenía que ir a él. Los presentadores, las modelos, el hombre del tiempo, todos eran amables conmigo.
A las 19:00, entrevista con una médium.
Todo va a salir bien.
A cualquier hora, publicidad.
Sabes quien eres. Sabes lo que quieres.
Una noche, ya tarde, comenté que iba a bajar la basura y a dar una vuelta, justo cuando mi mujer y yo íbamos a irnos a la cama. El sofá cama del salón se abrió del portazo. Me daba igual.
A las 2:00, Rocco conquista Polonia.
Ayer por la mañana supe que algo andaba mal cuando oí más ruido del habitual en el pasillo al bajar las escaleras. La policía estaba sacando los restos del dueño de la casa en una camilla cubierta con una sábana. Al parecer, le había dado un infarto mientras estaba sentado en el sillón, varios meses atrás.
Del interior del piso no salía ningún ruido.
Ninguno en absoluto.
Les cuento esto mientras rompo el precinto judicial de la puerta. Necesito oír su voz una vez más. Por lo menos otra vez. No, no sólo otra vez: necesito sacarla de ahí y despertarla. Porque sé que ella me cuidará como cuidó a su anterior dueño, que siempre podré contar con sus historias cada vez que la necesite. Porque sé que, en el fondo, ella me hablaba a mí y sólo a mí. Y que me mantendrá entretenido siempre.
Siempre.
Puedo contar con ello.
(Hace unos días, la policía encontró el cadáver momificado de un anciano, Vincenzo Riccardi, que había muerto hacía más de un año. La televisión que tenía puesta cuando falleció aún estaba encendida. No serán las cucarachas las que hereden el planeta: será nuestro ejército de cajas tontas emitiendo estupideces 24 horas al día a través de la señal de alguna pequeña emisora local que sufrió un corto.)
[tags]televisión, relato[/tags]










2 eProps
Dicen que murió de muerte natural, pero esto suena a conspiración por todos los lados, leed este fragmento de la noticia:
«Neighbors said Riccardi had diabetes and had become blind in his 50s»
Si es así, ¿por qué estaba viendo la televisión en vez de escuchar la radio? ¿Qué se nos quiere ocultar? ¿Qué interés hay en que no se sepa de qué murió realmente? ¿Por qué no dicen si se encontró ácido bórico en el piso? ¡Queremos saber!
Claramente había ácido bórico en la casa, porque como bien dice Chema las cucarachas no serán las que hereden la tierra, y para ello es indispensable la presencia del ácido bórico por doquier.
Por cierto, que el tipo vivía en una casa de esas americanas que están a varias decenas de metros de las demás. Al menos los vecinos no estaban tan sordos ni tenían el olfato afectado ;)
Vaya, gracias por los eProps, casi me había olvidado de ellos XD