Sólo hay que saber apreciarlas y aceptarlas.
Esta pintada la fotografié el jueves en un panel de publicidad vacío en la estación de Ópera. A causa de las obras que están realizando para abrir una nueva estación entre Legazpi y Méndez Álvaro, el camino al trabajo, que antes lo hacía en algo más de media hora en el peor de los casos, ahora tengo que realizarlo por otra ruta completamente diferente que no me lleva menos de 50 minutos.
Se pueden llegar a entender las obras de ampliación de la red, pero tantas de golpe han diezmado considerablemente la calidad del servicio. Los trenes del Metro de Madrid ya se conducen solos, pero no todos tienen aire acondicionado. El conductor es una mera figura que se mantiene por si ocurre una incidencia; las cuales, últimamente, se vienen produciendo con mayor frecuencia de lo habitual. El otro día se estropearon dos trenes seguidos en la Línea 5. Los convoyes que circulan por esa línea suelen ser antiguos, con una ventilación deficiente (hay ventanillas directamente atascadas), lo que los convierte, durante las horas punta, en un verdadero infierno.
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Se están cargando la joya de la corona. No hay un sólo día en el que no haya incidencia, parón o movida alguna que impida hacer el viaje con normalidad. Hay que salir de casa con un poquito de margen, “porsiaca”.
Y en una red subterránea que adolece de las más mínimas condiciones para evitar ese efecto sauna que expresaba el grafitero.
Y luego, como fotografió el colega que me ha hecho el trackback, el servicio en autobús entre Méndez Álvaro y Legazpi tarda más que haciendo el recorrido andando casi. Yo lo cogí un día y tardó más de 20 minutos, por eso ahora voy por una vía alternativa que evita la línea 6.