El vídeo de ahí arriba es una composición de fragmentos de los dos vuelos que le dieron al SpaceShipOne el premio de la X PRIZE Foundation al haberse convertido en los primeros vuelos espaciales de la historia llevados a cabo por entidades privadas. Cantidad: 10 millones de dólares, que se dice pronto.

Ahora, Wendy Schmidt (mujer de Eric Schmidt, pez gordo de Google) ha donado 1.4 millones de dólares a la fundación para poner en marcha el Oil Cleanup X Challenge. Esta vez el objetivo es diferente: mejorar las técnicas de limpieza de vertidos de petróleo. La motivación está muy clara:

Mancha de petróleo del vertido de BP en el Golfo de México con datos del 19 de julio superpuesta sobre la Península Ibérica. Imagen obtenida gracias a ifitwasmyhome.com.

Ha crecido bastante la criaturilla, por cierto. No hay como estar bien alimentada.

A lo que iba: la competición se llevará a cabo en 2011, utilizando para ello una simulación en un tanque de 200×23 metros en el que se simulará el oleaje y otras condiciones presentes en un vertido real. La noticia en la que leí esto, publicada en New Scientist, enumera alguna de las opciones que se barajan:

  • El Gao Research Group, de la Universidad de Pittsburgh, ha desarrollado unos filtros que repelen el petróleo pero dejan pasar el agua. Hay más información y vídeos sobre este proyecto en esta página.
  • Kevin Costner ha proporcionado fondos para el desarrollo de un sistema que emplea un método de centrifugación para separar agua de petróleo. Pero ya ha sido utilizado en el Golfo de México, así que no está claro que pueda entrar a concurso.
  • Más: barcos con agujeros en sus cascos que navegan por el vertido y se quedan con el petróleo que van encontrando. Se envió uno al Golfo de México pero nunca se usó porque en las pruebas su rendimiento había sido lamentable.

Estas son solamente algunas de las opciones posibles. Desde hace mucho tiempo se viene hablando de bacterias que comen crudo, pero como se explica en este artículo de Newsweek, la verdadera utilidad no es como para tirar cohetes, y menos en vertidos de estas características, en los que hay que retirar gran parte de la porquería por medios manuales.

(Este artículo se publica aquí y en Escolar.net. Nacho se ha ido de vacaciones y nos ha dejado la llave del chiringuito a unos cuantos descastados. Aprovecharé la ocasión para ir poniendo por allí artículos de divulgación).

Así sonaba anoche la Gibson de Mark Knopfler en la plaza de conciertos –que a veces se usa para otras cosas, al tiempo– de las Ventas. La única noticia que he encontrado a estas horas es esta nota de EFE con la que estoy de acuerdo a trozos: ni Knopfler retorció anoche las melodías –cosa que sí hizo en el concierto que dio en 2008, en el que muchos solos parecían estar ahí por el mero hecho de tener que hacerlo– ni ha perdido voz con el paso de los años: se diría que ahora es cuando está aprendiendo a cantar, que nunca es tarde.

Todo esto no es más que una excusa para enlazar a este artículo del Irreductible, a ver si alguien más se descarga el concierto de esta gira en el Royal Albert Hall (el enlace para hacerlo está al final del texto) y se engancha al calvo escocés.

Por cierto, que una de las cosas que vi al entrar al recinto es que hay una empresa, cuyo nombre he olvidado convenientemente, dedicada a vender la grabación del concierto inmediatamente después de que se produzca. Aunque eso le puede quitar algo de encanto a las grabaciones piratas que realiza el público, ésas que si la suerte acompaña pueden incluso salir de la mesa de mezclas, diría que es como si las discográficas estuviesen empezando a reaccionar un poquito.

Con el fin de saltarse a la torera la prohibición de torturar Miuras y semejantes, se decidió, a finales del año 2029, instaurar la novedosa tradición de torear linces. «Si no, se extinguirían», declaró uno de los proponentes de la propuesta.

Nuestro intrépido reportero temporal ha conseguido las imágenes:

Resultó que en el Science Museum (Museo de la Ciencia) de Londres vendían esto:

A la izquierda: "bolígrafo espacial ruso". A la izquierda, equivalente americano.

A la izquierda: "bolígrafo espacial ruso". A la derecha, equivalente americano.

La diferencia de precio es notable: 15 libras para el bolígrafo americano y solamente 1.5 para el lápiz.

En general, si a cualquier persona le pedimos que nos cuente una historia que contenga las palabras «americanos», «rusos», «bolígrafo» y «carrera espacial», lo más normal es escuchar un relato de este estilo, que más de uno reconocerá:

Los americanos descubrieron que necesitaban un bolígrafo para escribir en sus naves espaciales en plena carrera espacial; los bolígrafos convencionales de la época no servían. Después de que la NASA se gastase un pastizal [normalmente las cantidades mencionadas aquí oscilan entre el millón de dólares y varias decenas], encontraron finalmente un cacharro que era capaz de escribir en el vacío, en situación de ingravidez y en general en las condiciones en las que se realizaban los viajes espaciales.

Cuando los rusos tuvieron el mismo problema, emplearon un lápiz.

Moraleja: ja, ja, ja, qué idiotas son estos americanos. Dinero no habrá, pero para tonterías…

La historia del bolígrafo espacial es una leyenda urbana pero tiene detrás una historia totalmente verídica.

Al principio de la carrera espacial, tanto los americanos como los rusos utilizaban lapiceros. En 1965, la NASA encargó a Tycam Engineering Manufacturing, Inc. una serie de lápices con partes mecánicas –imagino que algo similar a un portaminas– al precio de 128.89 dólares por unidad (dólares de la época). Ante varias quejas recibidas por lo elevado del presupuesto, recularon y emplearon otras soluciones.

Por la misma épica, Fisher Pen Co. invirtió cerca de un millón de dólares en desarrollar un bolígrafo que utilizaba un cartucho de tinta a presión utilizando nitrógeno comprimido y que podía funcionar en el vacío, en ausencia de gravedad, dentro de otros líquidos y en un rango de temperaturas entre -10 y 204 grados centígrados. Esta inversión y la posterior patente se realizaron sin petición previa de la NASA y empleando únicamente fondos privados de la propia compañía, al contrario de lo que afirma la versión que va saltando de boca en boca. Una vez que el ingenio estuvo terminado, la empresa se dirigió a la NASA para ofrecerles el producto.

Para el proyecto Apollo se compraron 400 de estos bolígrafos al módico precio de 6 dólares por unidad (muy alejados de los portaminas inicialmente considerados en 1965). En 1969, los rusos compraron 100 bolígrafos y 1.000 cartuchos de tinta para sus Soyuz. A día de hoy, estos bolígrafos se siguen utilizando. La empresa que los inventó creó otra empresa diferente para su comercialización al público: Fisher Space Pen.

Pero: si ya tenían un lápiz, ¿para qué complicarse la vida buscando un bolígrafo tan especial? Sencillo: las puntas de los lapiceros contienen grafito, que es un material conductor. Se descubrió que las puntas de grafito rotas podían flotar por la nave y terminar llegando a hacer contacto en algún circuito. Eso, unido a que los lápices son inflamables (y el Apollo 1 estaba acechando en la memoria reciente), requería una solución más segura.

Y ahora, después de todo esto y de tener la historia perfectamente clara, les dejo con unas palabras de Pedro Duque desde el espacio:

Estoy escribiendo estas notas en el Soyuz con un boli barato. ¿Por qué tiene eso importancia? Resulta que llevo diecisiete años trabajando en programas espaciales, once como astronauta, y siempre he creído, porque así me lo han explicado, que los bolígrafos normales no escriben en el espacio.

La tinta no cae, decían. Escribe un momento boja abajo con un boli y verás como tengo razón, decían.

En mi primer vuelo, como todos los astronautas del Shuttle, yo llevé un boli muy caro de esos que tienen el cartucho de tinta a presión. Sin embargo, el otro día estaba con mi instructor de Soyuz y vi que estaba preparando los libros para el vuelo, y estaba poniéndonos un boli con un cordel para escribir una vez en órbita. Ante mi asombro, me dijo que los rusos siempre han usado bolis en el espacio.

Yo también metí uno nuestro, de propaganda de la Agencia Europea del Espacio (no vaya a ser que los bolis rusos sean especiales) y aquí estoy, no deja de funcionar y ni “escupe” ni nada.

No he sido capaz de encontrar nada más al respecto. Lo que cuenta Duque contradice todo lo que hay escrito en la propia página de la NASA, sin ir más lejos, acerca de la utilización de bolígrafos convencionales y la necesidad de utilizar un dispositivo especial. Si alguien tiene más información, la agradeceré eternamente. Imagino que también el resto de los lectores, porque, ¿a que jode cuando todo encaja de maravilla menos la última pieza?

(Publicado en Amazings.)

El imán principal de una resonancia magnética no es un electroimán normal y corriente que pueda desactivarse en caso de emergencia: la corriente de la bobina circula a través de un superconductor que se mantiene a bajas temperaturas utilizando helio líquido que necesita ser constantemente refrigerado. Si esa refrigeración falla, el semiconductor comienza a resistir el paso de la corriente, se calienta y se produce lo que se denomina quench: la rápida expulsión de un helio que se está pasando a estado gaseoso a marchas forzadas. Bajo circunstancias controladas es algo como lo siguiente:

En condiciones no controladas, cuando no hay una vía obvia de escape para el gas o la expansión se produce de forma brusca, abre las noticias:

El imán se puede apagar, pero el proceso es costoso: hay que vaciar el circuito de refrigeración de forma controlada, tras lo cual el electroimán queda completamente inerte; luego hay que volver a rellenarlo y volver a poner en marcha el circuito de corriente. De forma que, si una silla con partes metálicas se acerca demasiado al imán y no hay mucho tiempo para reparaciones, la única solución es palancas, fuerza y paciencia:

Esto debe de ser lo que llaman humor inglés.

Edinburgo (16)

Pintada original: "¡Levántate o cállate!". Añadido: "¡O ninguna de las dos cosas!"

Este falso dilema y otro montón de fotografías del Reino Unido, aquí.

  1. Nunca utilices una metáfora, un símil u otra figura literaria que veas habitualmente en los medios impresos.
  2. Nunca utilices una palabra larga cuando una corta sirve igualmente.
  3. Si es posible borrar una palabra, bórrala.
  4. Nunca uses la voz pasiva si puedes usar la activa.
  5. Nunca utilices una frase extranjera, un término científico o jerga si puedes pensar en un término habitual equivalente.
  6. Rompe cualquiera de las normas anteriores antes de escribir una barbaridad.

George Orwell, en la últimas páginas de su Why I write (Por qué escribo), pequeño libro que me compré en la Wellcome Collection en previsión de que el tocho escogido para el viaje (Drood) se acercaba a su final. El equivalente en una línea, parafraseando a Einstein, de las normas de Orwell, recogidas originalmente en Politics and the English language, y que sirven perfectamente para el castellano en la traducción de arriba, sería: «escribe todo de la forma más sencilla posible, pero no más».

Efectivamente, he vuelto. Poco a poco iré recuperando el ritmo habitual. Hace calor en Madrid, ¿eh?