El pequeño montón de libros que se ha formado a mi izquierda a lo largo de estas semanas me recuerda que va siendo hora de hacer limpieza y reseñas colectivas.
The catcher in the rye (J. D. Salinger).
Llevo años diciendo que a ver si me lo compro de una vez, que en el próximo pedido lo encargo, que ya tengo una edad y mira que no habérmelo leído… tuvieron que ponerlo bien visible en un montón en una de las librerías por las que pasé en Londres para que finalmente me lo metiese en el bolsillo. O él a mí, no lo tengo claro todavía.
Coincide ahora que Salinger cumple 90 años haciendo lo que el protagonista de la historia sueña con hacer en un momento dado: aislarse y no hablar con nadie. Holden Caulfield, un adolescente de dieciséis años que muestra la lúcida desorientación propia de su edad, decide irse del colegio del que, de todas formas, le acaban de echar por no dar palo al agua (salvo inglés, eso se le daba bien), y comienza a vagar por la ciudad mientras planea qué es lo que va a hacer a continuación con su vida.
Holden es el personaje que se enfrenta solo y cínicamente al resto del mundo, que es idiota y no tiene ni idea de nada y lo único que saber hacer con soltura es aparentar, que todos hemos sido en mayor o menor medida en algún momento. Por eso, quizá, cae simpático cuando se le ve, perfectamente convencido de sus errores, dar bandazos de uno a otro lado buscando su siguiente derrota. Si nos hubieran hecho leer esto en el instituto en su momento, cuántos lectores no se habrían perdido; qué maravilla de libro.
Yokai attack! The Japanese monster survival guide (Hiroko Yoda y Matt Alt. Ilustraciones de Tatsuya Morino).
Fue una compra de última hora en el aeropuerto de Tokyo. Estaba allí, en medio de un expositor giratorio, con una calavera mirándome a través de su portada, y a mí me sobraban un puñado de yenes.
Como su propio nombre indica, es una especie de guía para sobrevivir al encuentro de monstruos japoneses, y su principal cualidad radica en cómo es capaz de mostrar este aspecto del folclore nipón. Los yokai se remontan a la antigüedad, siendo muchas veces, como remarca el propio texto cuando tiene la ocasión, la personificación de un problema cotidiano. Valga como ejemplo el Akaname, un demonio que aparece en los baños que están sucios. La única protección contra este engendro es… mantenerlo limpio.
Existen unos libros, publicados a partir de 1776, que recopilan mediante ilustraciones un gran número de estos seres: Gazu Hyakki Yakō. Muchos de los dibujos de esos tomos aparecen en las páginas de Yokai Attack, proporcionando un contraste clásico a las ilustraciones modernas de Morino.
Plataforma (Michel Houellebecq).
Me habían recomendado a este autor varias veces y al final tuvo que caer; me alegro de que lo hiciese.
No seré el primero (ni el último) en decir que Houellebecq es asqueroso y que sus personajes, al menos en esta novela, tienen lo que podríamos denominar una ética laxa. Michel, un funcionario francés que recibe una herencia sustanciosa después de la muerte de su padre, decide tomarse unas vacaciones en Tailandia. Dejándose llevar por el famoso donde fueres, haz lo que vieres, se da cuenta de que el futuro del turismo está en los euros que los alemanes viejos y gordos van soltando en los escotes de las tailandesas jóvenes. A la vuelta a Francia, empieza a montar una agencia de viajes especializada en turismo sexual.
La primera idea que me vino a la cabeza al leer esta novela fue que Houellebecq es una especie de Palahniuk, mucho más cabrón, quitándole el humor (cuando lo hay) y las taras mentales. Los personajes de Houellebecq son repugnantes porque son personas normales haciendo algo al alcance de cualquier persona normal. Por eso asusta, supongo.
Pedro Páramo (Juan Rulfo).
Vino a Comala porque le dijeron que aquí vivía su padre, un tal Pedro Páramo, y a partir de ahí todo se me hizo tan cuesta arriba que se convirtió en uno de esos libros que, siendo cortos, parece que tienen cientos y cientos de páginas de sopor todavía por delante.
Aventuras estelares del piloto Pirx (Stanislaw Lem).
Tres historias cortas del señor Lem para terminar, todas siguiendo el rastro de los motores de las naves de Pirx. Nada nuevo bajo el Sol, y al que ya le gustasen los cuentos del escritor polaco antes todo lo que hay aquí le sonará remotamente, y no está mal de vez en cuando un texto sobre el que descansar al vista.
A destacar la última historia, Terminus, que por un momento hizo que me olvidase quién era el autor y esperase un final muy diferente. Quizá si le hubiese echado mano Philip K. Dick…